• 13-dic-2019

Bezotes

Enrique Vela

Para las sociedades prehispánicas llevar bezote era una señal de dignidad, una manera de hacer patente que se habían conseguido los méritos suficientes para portarlo. No es de extrañar que fuera uno de los ornamentos distintivos de los gobernantes, quienes incluso los usaban con características adecuadas a distintas ocasiones. Ejemplo de ello son los bezotes de oro con forma de cabeza de águila que llevaban como parte de su atuendo como guerreros; varios de los mejores ejemplos conocidos de bezotes muestran esta forma. En el retrato de Nezahualcóyotl vestido para la guerra que aparece en el Códice Ixtlixóchitl, el famoso gobernante texcocano luce uno de ellos. Vale la pena señalar que una de las provincias tributarias de la Triple Alianza entregaba periódicamente hasta 40 “bezotes amarillos”, seguramente de oro. Se ha sugerido además que las distintas formas de los bezotes que portaban los gobernantes tenían relación con el discurso que dirigían a su pueblo. Con todo y que los bezotes de ciertos materiales y con diseños específicos debieron estar reservados para el uso de los señores, eran de uso común entre otros miembros de la elite, como los líderes militares y los sacerdotes.

Los bezotes se fabricaban en diversos materiales, entre ellos obsidiana, cristal de roca y oro. El nombre que ahora reciben este tipo de objetos procede de la palabra española bezo, utilizada para referirse a la parte exterior de la boca que cubre la encía.

En náhuatl se le llamaba téntetl, “piedra del labio”, y a la acción de horadar el labio se le conocía como netenxapotlaliztli. Había otros tipos de bezotes, como el bezote curvo llamado tencolli o tencololli, literalmente “el curvo del labio”; el “bezote curvo de ámbar”, apozonaltencololli; el “bezote largo de ámbar”, apozonaltenzácatl, y el “bezote curvo azul verde”, xoxouhqui tencololli.

La horadación para colocar el ornamento debió ser bastante dolorosa. Con un cuchillo de obsidiana se abría un círculo en la piel bajo el labio y se introducía el bezote para que la herida cicatrizara sin cerrarse. Esto ocurría durante ceremonias públicas que además cumplían el propósito de proclamar que el individuo al que se le colocaba el bezote había hecho los méritos necesarios para portarlo.

Cuando un personaje importante era hecho prisionero, entre los castigos que recibía estaba el quitarle el bezote; así no sólo se le humillaba señalando la pérdida de su estatus, sino que en adelante derramaría saliva por el orificio.

 

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

 

Vela, Enrique, “Bezotes”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 37, pp. 76-81.

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