Después de moverse por América, el maíz no permaneció igual. En cada región fue cultivado, observado y seleccionado por comunidades humanas distintas. Esa selección ya no corresponde a la domesticación en sentido estricto, sino a la diversificación: el proceso por el cual un linaje domesticado se transforma en múltiples razas, variedades, tipos y ecotipos. Si la domesticación explica el nacimiento del linaje maíz, la diversificación explica por qué hoy existen tantos maíces.
Al mirar el continente completo, vemos que la diversidad del maíz no se organizó de una sola manera. En Norteamérica, muchas clasificaciones distinguen tipos como flint, dent, flour, popcorn y sweet corn, ligados a la textura del grano, su composición y sus usos. Los flint tienen granos duros y vítreos; los dent forman una hendidura al secarse; los flour son blandos y fáciles de moler; los popcorn revientan al calentarse, y los sweet corn acumulan más azúcar.
En México, en cambio, la tradición más fuerte habla de razas de maíz: poblaciones históricas definidas por la forma de la mazorca, el grano, la planta, su distribución, adaptación ecológica y usos culturales. En Sudamérica, la diversidad suele describirse tanto por razas como por grandes conjuntos eco-geográficos, en especial maíces andinos y maíces tropicales de tierras bajas, aunque estudios modernos han mostrado núcleos locales propios.
Cuando se observa su diversidad genética a escala continental, el maíz parece organizarse alrededor de tres grandes polos: Norteamérica, México/Mesoamérica y Sudamérica. No son compartimentos cerrados, porque la historia del maíz estuvo llena de movimiento, mezcla e intercambio. Pero sí ayudan a imaginar la escala continental del proceso: a partir de un origen común, el maíz fue transformado en regiones muy distintas por generaciones de agricultores.
En Norteamérica, uno de los núcleos más importantes está en el suroeste de Estados Unidos y norte de México, donde la agricultura indígena mantuvo maíces adaptados a ambientes secos, contrastes fuertes de altitud y estaciones de crecimiento limitadas. En regiones hopi y pueblo, por ejemplo, el maíz de temporal seco puede sembrarse profundamente y en grupos o “macollos”, con varias semillas por hoyo. Esos grupos pueden contener varias plantas juntas, pero suelen espaciarse ampliamente para reducir la competencia por agua; por ello, el sistema combina protección local dentro del macollo con baja densidad general en el campo.
Esta forma de siembra favorece plantas capaces de emerger desde mayor profundidad, resistir viento, calor y sequía, y producir en ambientes con lluvias escasas. Esa forma de cultivo también se relaciona con la arquitectura de la planta. En maíces sembrados más densamente, las hojas más erguidas pueden reducir el sombreado entre plantas y permitir un uso más eficiente de la luz dentro del dosel. La investigación agronómica moderna ha mostrado que el ángulo foliar es un componente clave de la arquitectura del maíz y que hojas más erectas favorecen la tolerancia a mayores densidades de siembra.
En el suroeste indígena, donde varios tallos pueden crecer juntos dentro de un mismo macollo, una arquitectura más vertical puede ser ventajosa localmente, aunque el campo completo no tenga necesariamente una densidad alta. Más al norte y al este, los northern flint representan otro núcleo importante de diferenciación: maíces duros, adaptados a latitudes altas, frío y temporadas cortas. Más tarde, la mezcla entre materiales tipo flint y dent sería fundamental para el origen de los maíces templados modernos del cinturón maicero, aunque eso pertenece ya a una etapa de mejoramiento histórico más reciente.
En México, la diversidad alcanza una densidad excepcional. Aquí no basta hablar de tipos de grano: se habla de razas, cada una con historia, distribución, forma y usos propios. Razas como palomero toluqueño, chapalote, naltel, cónico, tuxpeño, jala, bolita, cacahuacintle u olotillo no son simples variedades; son poblaciones construidas por la interacción entre agricultores, paisajes, cocinas y preferencias culturales. Perales y Golicher identificaron seis grandes centros mexicanos de diversidad racial: el Complejo Chiapas, los Valles y Sierras de Oaxaca, la Franja Montañosa-Costera Occidental, el Altiplano Central, las Sierras del Noroeste y las Barrancas de Chihuahua.
Vistas en conjunto, estas regiones muestran que México fue mucho más que el lugar de origen del linaje maíz; fue también uno de los grandes laboratorios históricos de su diversificación.
Las prácticas de siembra también ayudan a explicar esta diversidad. En muchas milpas mexicanas, el maíz se siembra en surcos, cajetes o golpes, a densidades y arreglos variables según humedad, suelo, pendiente, asociación con frijol y calabaza, disponibilidad de riego y propósito del cultivo. En general, el maíz mexicano tradicional no responde a un solo modelo arquitectónico. Algunas razas altas altas y de hojas más extendidas funcionan bien en arreglos menos densos o asociados con otros cultivos; otras toleran mejor densidades mayores.
En la agronomía moderna, por contraste, la selección hacia hojas más erectas y plantas más compactas ha permitido aumentar la densidad de siembra, pero ésa es una trayectoria de mejoramiento distinta a la diversidad campesina tradicional. Los datos genómicos de maíces mexicanos modernos refuerzan esta idea. Estudios con razas recolectadas recientemente muestran que la variación genética no se explica únicamente por nombres raciales, sino también por la interacción entre altitud y latitud.
Los maíces mexicanos son diversos porque fueron seleccionados en paisajes muy distintos: costas húmedas, valles templados, altiplanos fríos, sierras, barrancas y regiones tropicales. Cada ambiente impuso retos; cada comunidad seleccionó soluciones.
En Centroamérica y el Caribe el maíz ocupa una posición de puente. Conviene no imaginarla sólo como un corredor pasivo entre México y Sudamérica, sino como una región de tránsito, mezcla y mantenimiento de diversidad. Por ahí circularon semillas, personas y prácticas agrícolas en distintas direcciones. Esa posición intermedia ayuda a explicar por qué algunos linajes muestran afinidades complejas entre Mesoamérica, Sudamérica y regiones costeras.
En Sudamérica, la diversidad moderna revela varios mundos. Uno corresponde al conjunto andino y de la costa del Pacífico, con maíces adaptados a valles altos, terrazas agrícolas, climas contrastantes y usos alimentarios o rituales específicos. Muchos maíces andinos son harinosos, de granos grandes y colores diversos, asociados con cocinas locales, chicha, preparaciones ceremoniales y sistemas agrícolas de altura. Otro conjunto corresponde a las tierras bajas tropicales, incluyendo la Amazonia, sabanas y regiones cálidas del oriente sudamericano. Durante mucho tiempo estas tierras bajas se pensaron como zonas de mezcla entre maíces andinos y tropicales; sin embargo, estudios modernos muestran que también contienen acervos propios.
Miguel Vallebueno Estrada. Doctor en biotecnología de plantas por el Cinvestav-Langebio. Tiene 16 años de experiencia en proyectos de paleogenómica. Ha recuperado los genomas de los maíces más antiguos de México y Perú, contando las historias evolutivas de la adaptación de las poblaciones antiguas de maíz en 11 publicaciones indexadas.
Tomado de Miguel Vallebueno Estrada, “El maíz. Memoria biológica de América”, Arqueología Mexicana, núm. 199, pp. 52-61.


