• sábado, 20 de octubre de 2018

Cuerpos de barro. Las efigies de Monte Albán, Oaxaca.

Hacia el fin de la época anterior a Cristo o principios de nuestra era, no muy lejos de Monte Albán, Oaxaca, un consumado artesano alfarero produjo varias efigies cerámicas casi idénticas. No obstante, sus características tan especiales las hacen a la vez singulares. Hoy día se conocen tres de esas piezas. Si poco sabemos acerca del pasado remoto de esos objetos, su historia más reciente es igualmente enigmática. Un ejemplar, el más completo, forma parte de las colecciones del Museo de Arte en Cleveland, Ohio; el otro, despostillado de una parte, está en el Museo de las Culturas de Oaxaca; y la tercera pieza, de la que sólo queda la cabeza, yace relegada en la bodega del Museo Nacional de Antropología. Las dos efigies que se encuentran en México llegaron a sus respectivos repositorios a finales del siglo XIX, y nada se sabe acerca de su procedencia precisa ni de cómo fueron descubiertas. La que está ahora en Oaxaca perteneció primero a José Juan Canseco, un cura de Ejutla. Antes de llegar al Museo Nacional, la cabeza había sido parte de la colección del arzobispo Francisco Plancarte y Navarrete. Por otra lado, el museo en Cleveland adquirió su estatuilla en 1954 de un coleccionista particular, y falta constatar si su manufactura es antigua o si es una reproducción aproximada de la pieza que aún se conserva en Oaxaca. Las dos efigies enteras miden aproximadamente 37 cm de altura.

La técnica de elaboración de las efigies explica el porqué de las semejanzas entre ellas. Aunque los cuerpos fueron modelados, los rostros se manufacturaron con un molde. Así lo asegura Nicolás León, quien tuvo la oportunidad de observar ciertos detalles antes de que él mismo restaurara la fragmentada pieza ahora en Oaxaca. Así, usando un barro fino de color blanquecino, y después de ensamblar los cuerpos y las caras, el antiguo alfarero dejó que las piezas endurecieran lo suficiente para permitir la incisión y el raspado de los glifos, para después dejarlas secar completamente, aplicarles un engobe café, pulirlas y hornearlas. Su elaboración siguió el ideal de un cuerpo humano delgado y esbelto, y evidentemente representan a un adolescente o a un adulto joven. La representación aparece desnuda, pero no hubo interés en representar los genitales. Aunque los pezones saltan a la vista, por haber sido añadidos al pastillaje, no hay indicación de senos desarrollados, pues quizá se deseaba representar a una jovencita o a un jovencito para significar simultánea y explícitamente una dualidad de género (femenino-masculino).

La falta de representación de los genitales contrasta con otros aspectos de manufactura que implican un profundo conocimiento y una penetrante observación de la anatomía humana, pues además de marcar rasgos tan obvios como los ya mencionados pezones y el ombligo –este último indicado mediante una depresión con una impresión circular al fondo–, también se modelaron sutilmente las honduras en la base anterior del cuello, originadas por la proyección anterior de las clavículas; el volumen del músculo deltoides que conforma cada uno de los hombros; la hendidura vertical a lo largo de la espina dorsal, y las prominencias en el lado lateral de las muñecas, que resultan por la proyección de la apófisis estiloides del cúbito.

Es la práctica de aplicar un engobe café pulido lo que permite establecer las fechas aproximadas de las piezas. El apego a una forma deseada del cuerpo humano también corrobora dicha fecha, pues hay cierto parecido entre las efigies y tres figuras cerámicas encontradas en la tumba 113 de Monte Albán, así como la semejanza con los personajes representados en un grupo de piedras fina- mente incisas, también de Monte Albán, que debieron formar un programa narrativo que decoraba una estructura arquitectónica monumental. Y ese ideal del cuerpo humano, especialmente la cara, evidentemente se basó en una fisonomía real, como se puede observar aún hoy en rostros juveniles en varias comunidades de los Valles Centrales de Oaxaca.

Tres detalles en las estatuillas dejan entrever modificaciones corporales. Una concierne a los dientes limados, aunque el patrón dental que involucra ese limado en los incisivos centrales superiores no ha sido documentado aún en restos humanos de Oaxaca. Es evidente que originalmente las tres cabezas tenían orejas con grandes lóbulos perforados, horadaciones en las que seguramente se insertaron discos de otro material, tal vez jade, concha, alabastro u obsidiana. El hecho de que las tres piezas estén rotas de los lóbulos sugiere que los ornamentos fueron arrancados, posiblemente al momento de su descubrimiento. Una vista de perfil de las cabezas indica la representación de una marcada modificación intencional de la cabeza, una alteración evidente a pesar del bonete que portan las efigies.

 

Tomado de Javier Urcid, “Efigies de cerámica benizaa”, Arqueología Mexicana, núm. 121, pp. 18-24.

 

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