• 19-sep-2019

El culto a los ancestros entre los tarascos

Hans Roskamp

Igual que otros grupos mesoamericanos, los tarascos prehispánicos de Michoacán desarrollaron un culto a los antepasados deificados que eran representados a través de diversas imágenes y envoltorios, práctica que incluso podría explicar el origen de su gentilicio.

 

Cuando en 1522 los conquistadores españoles llegaron al occidente de Mesoamérica, los tarascos habían logrado construir un gran iréchequa o reino que abarcaba el actual estado de Michoacán, así como partes de Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Querétaro y estado de México. El linaje gobernante, conocido como uacúsecha (que significa “águilas”), tenía su centro de poder en Tzintzuntzan, ubicado en la zona del lago de Pátzcuaro. Sus dominios también eran habitados por otros grupos indígenas, como nahuas, mazahuas, matlatzincas y otomíes, entre otros.

Los tarascos desarrollaron una visión muy detallada del mundo que estructuraba y regulaba el funcionamiento de la sociedad, en la cual los dioses desempeñaron un papel de primordial importancia. Creían que vivían sobre la espalda de una diosa madre que estaba acostada sobre su vientre mientras otras deidades la tomaban por la cabeza, los pies y los brazos extendidos. De esta manera se conformaban los cuatro puntos cardinales y sus deidades correspondientes. Las últimas también estaban asociadas al cielo o al inframundo, que junto con la tierra conformaban los tres niveles verticales del cosmos. Las fuerzas divinas estaban presentes en numerosos elementos de la geografía (cerros, cuevas, lagos, ríos), cuerpos celestes (sol, luna, estrellas), fenómenos naturales (fuego, truenos, lluvia, vientos, tormentas), así como en la flora y fauna. Durante el año solar, dividido en 18 meses de 20 días (más cinco días sobrantes), se celebraban rituales especiales dedicados a honrar y complacer a las principales deidades mediante ofrendas, rezos y danzas.

 

La vida tras la muerte

 

Una parte fundamental de la cosmovisión tarasca era la relación cíclica entre la muerte y la vida, compartida también por otros grupos mesoamericanos. En su propia mitología es ejemplificada bellamente en un relato sobre la derrota del dios Achuri Hirepe y la resurrección de la deidad Cúpanzieeri, el cual posiblemente simbolice el primer nacimiento del Sol y su victoria sobre las fuerzas de la oscuridad. Otro ejemplo es una narración que refiere las sucesivas creaciones y destrucciones del mundo y de sus pobladores, según la cual el mensajero de los dioses, Curita Caheri, mezclaba su propia sangre con huesos o cenizas humanos para dar origen al hombre. El mismo líquido vital, obtenido de sacrificios, también era esencial en los rituales que se llevaban a cabo para alimentar y complacer a los dioses, asegurando de esta manera la continuidad del cosmos y la supremacía de la elite uacúsecha. Las creencias tarascas sobre la creación eran compartidas por otros grupos que vivían en su territorio, como consta en un antiguo lienzo (de aproximadamente 1565) que perteneció al asentamiento nahua de Jicalán (al sur de Uruapan).

 

Roskamp, Hans, “El culto a los ancestros entre los tarascos”, Arqueología Mexicana núm. 106, pp. 47-52.

 

Hans Roskamp. Etnohistoriador por la Universidad de Leiden (Países Bajos). Profesor-investigador de El Colegio de Michoacán (México). Estudia las tradiciones históricas indígenas plasmadas en documentos pictográficos y alfabéticos de la época colonial.

 

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