• sábado, 20 de octubre de 2018

El rojo

Enrique Vela

En la época prehispánica, al cinabrio, la hematita y la cochinilla se sumaban los tintes rojos obtenidos de plantas. Los principales eran el palo de Campeche, el achiote y el palo de Brasil, los cuales se utilizaban principalmente para teñir textiles y decorar el cuerpo.  Además de los tintes y pigmentos que se obtenían de minerales y plantas, se recurría a otros elementos para conferir los significados inherentes al rojo a atavíos y objetos, entre ellos plumas, conchas y piedras preciosas.

Para referirse al color, los nahuas utilizaban la palabra tlapalli, sin embargo, el mismo término, dependiendo del contexto, indica que algo es rojo. Esto muestra la importancia que éste tenía pues hay que recordar que a fin de cuentas es el color del fluido vital, la sangre.

En combinación con otros colores el rojo podía adquirir significados específicos, por ejemplo, con amarillo simbolizaba al dios del fuego. Otros casos son los difrasismos nahuas como in tlilli in tlapalli, “la tinta negra-la tinta roja” –es decir, la escritura–, y Tlillan Tlapallan, “la región negra y roja”, lugar de la sabiduría situado al oriente, donde fue a morir Quetzalcóatl.

El adorno del cuerpo con pintura era una práctica común en la época prehispánica. Con él se buscaba transmitir mensajes específicos en función de diseños determinados y, muy importante, de las cualidades concretas atribuidas a los colores (o a la combinación de éstos), como es el caso del rojo.

El rojo es un color con diversos significados en el mundo antiguo. En China se le asociaba con la buena suerte; para los egipcios presagiaba peligro. Los árabes lo relacionaban con la virilidad, y en Roma con el poder.

El rojo era uno de los colores de uno de los rumbos del universo, aunque su asociación específica variaba entre las distintas culturas. Para los toltecas y mayas era el color del norte, y para los nahuas el del este.

El término en náhuatl para referirse al rojo era tlatlauhqui. Era un vocablo relacionado con el calor y el fuego, y por lo tanto con la cocción y la luz.

Se asociaba con el fuego, el calor, el Sol y la guerra. Hay que considerar que el Sol, desde su nacimiento por la mañana hasta su desaparición en el oeste, va adquiriendo tonalidades que incluyen el amarillo y el rojo.

La asociación del rojo con el calor se muestra en las características atribuidas a la apariencia de Xiuhtecuhtli, dios del fuego, en las que el color rojo, sobre su rostro, denota su calidad de deidad ígnea.

El rojo era un elemento característico del dios viejo del fuego, pero al mismo tiempo representaba la juventud, la vegetación y el hombre.

Para pintar de rojo el cuerpo humano, y las representaciones de los dioses, se utilizaban varios elementos: plumas de guacamaya, granos de maíz rojo, pinturas de achiote y cochinilla, así como pigmentos minerales, en especial hematita.

Entre los dioses que tenían algún elemento de color rojo –la pintura corporal, el vestido, el tocado, alguna joya– se encuentran: Xiuhtecuhtli, Tlatlauhqui Tezcatlipoca, Huitzilopochtli, Tonatiuh, Xochipilli, Macuilxóchitl y Chicomecóatl.

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

 

Vela, Enrique, “El rojo”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 80, pp. 20-45.

 

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