• 14-ago-2020

La ceiba

Elsa Hernández Pons

 

A la maravillosa Cristina Payán

Presencia prehispánica de la ceiba

Sin pretender abarcar todas las posibilidades sobre lo que los árboles pudieron representar entre los pueblos de Mesoamérica, nos limitaremos a los indicios arqueológicos y fuentes documentales que registran su importancia. Entre estas últimas, el trabajo de Doris Heyden (1988) ofrece un conjunto de plantas y árboles representados por los mexicas en su peregrinación y como parte de su simbología religiosa. De todos ellos, la figura que más se asemeja a una ceiba es el árbol cortado de Coaticámac, el lugar donde, según la Tira de la Peregrinación, los aztecas se separaron de otros grupos e iniciaron su propio destino.

En cuanto a las evidencias arqueológicas, nos circunscribiremos al área maya. Del periodo Preclásico Superior (500 a.C.), encontramos una muestra iconográfica importante de árboles en el llamado “arte de Izapa”. En los monumentos 2, 5, 25 y 27 hay raíces lagarto alusivas a la potencia de la tierra, ofrendantes y frutos útiles, como el morro, del que se hacen jícaras. En la Estela 5, que algunos autores interpretan como el “árbol de la vida”, se encuentra la representación más sugerente relacionada con la ceiba; en ella, además de otros atributos iconográficos, se aprecia una serie de actividades que tienen lugar bajo la copa de la ceiba, a manera de un árbol-mercado.

Respecto del Clásico maya, Palenque es el sitio que mejores ejemplos de árboles ofrece. La Cruz Foliada representa una planta de maíz, pero, según opinan Frans Blom y Alberto Ruz, las otras cruces, principalmente la del Templo de las Inscripciones, son estilizaciones de ceibas. En cuanto al Posclásico yucateco, contamos con las representaciones arbóreas del Códice Dresde.

Debemos mencionar que, además de la ceiba, había otros árboles significativos para los mayas. El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas quiché, por ejemplo, menciona el árbol de jícaras-calavera y alude al origen del linaje que hace la voz del árbol como principio de la descendencia o la vida.

Trabajando con documentación histórica y etnográfica, muchos autores se han abocado al estudio de los mitos antiguos de origen del universo maya, los cuales, por cierto, se mantuvieron durante la Colonia. En nuestro caso, lo que nos interesa es el papel de la ceiba en lo que Miguel León-Portilla (1986) llama la “dimensión vertical del universo”. Este concepto, que implica una división del universo en dos sectores de nueve y trece cielos, estuvo vigente hasta el siglo XVIII, cuando se redactaron los textos del Chilam Balam.

Entre los mayas de Yucatán, según Tozzer, los planos celestes están dispuestos verticalmente, uno sobre otro, y tienen en su centro un hoyo por el que atraviesa un frondoso árbol de ceiba o yaxché, el cual extiende sus ramas sobre cada piso; por ellas van subiendo las almas de los antepasados, dependiendo de sus virtudes, hasta llegar al plano más alto, donde reside –y aquí se ve la influencia evangelizadora– el dios de los cristianos.

Otros estudios sobre los grupos mayas plantean también esa relación entre la ceiba y la morada del dios. Asimismo, la asociación del árbol con la cruz como principal símbolo cristiano se expresa claramente en las cruces que se plantan en la base de algunos troncos, principalmente las que se alzan en las encrucijadas o en las salidas de los caminos, y en las que adornan y celebran en común todos los pueblos agrícolas de México. Por lo demás, la cruz también se asocia al inicio de la cosecha.

La ceiba y los grupos mayas actuales

La ceiba forma parte importante del centro de las plazas en poblaciones de Tabasco, Campeche, Yucatán, Quintana Roo y Chiapas, en México, y, asimismo, de muchos otros poblados en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, y, como en los tiempos antiguos, bajo su sombra se desarrollan diferentes actividades que agrupan a la comunidad, entre las que destacan, “cambios de varas”, mercados, ferias, etcétera: “Bajo el cielo esmeralda de las ceibas, sahumándolas antes con incienso, se hacían las elecciones de autoridades en forma plebiscitaria”.

El último “cambio de varas” que se llevó a cabo bajo la ceiba de Tuzantán, Chiapas, tuvo lugar a principios de los años treinta, cuando lo prohibió el gobierno del estado por contener elementos religiosos; un caso semejante tuvo lugar en Ocosingo.

Una de las actividades cotidianas y tradicionales es el mercado, como el que tiene lugar en Palín, Guatemala, donde, bajo una sombra de más de 50 m de diámetro, todos los días se hace mercado alrededor del tronco de la ceiba: bajo su copa se dispone una verdadera multitud de olores, colores y sabores.

Otros mercados-ceiba fueron los de Ixtapa, Simojovel y Soyaló, hasta que se cambió a las vendedoras a otro lugar como parte de los procesos de “modernización” de las poblaciones, pero haciendo desaparecer con ello leyendas y charlas antiguas y rompiendo con tradiciones, usos y costumbres, como sucedió también en el caso de Tonalá, en la costa de Chiapas, si bien ninguna otra ceiba ha dado lugar a tantas leyendas corno la de Chiapa de Corzo.

La ceiba de Chiapa de Corzo dejó de ser mercado a principios del siglo XX, cuando se trasladó a los comerciantes a otro lugar. El traslado provocó el rechazo inicial de parte del pueblo: se habló del posible enojo de los antepasados, de que no debía perturbarse a los espíritus ni a las almas en pena, se mencionaron los espantos del rumbo y en muchos escritos, poemas y ensayos de artistas chiapanecos se plasmaron historias y leyendas. Desde entonces el árbol ha sufrido muchos intentos por destruirlo, incluso de vecinos “molestos” por sus ramas y hojas, pero siempre ha retoñado nuevamente y su aceptación social ha permitido su permanencia. En esto ha sido más afortunada que otras ceibas que fueron derribadas intencionalmente, ya fuese por disposiciones religiosas, oficiales o sociales, con lo que se destruyó un gran número de creencias y tradiciones sociales que dieron origen a su presencia en las poblaciones.

 

Elsa Hernández Pons. Arqueóloga por la ENAH e investigadora de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH.

Hernández Pons, Elsa, “La ceiba”, Arqueología Mexicana, núm. 28, pp. 68-73.

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