• 11-dic-2019

La escultura de Tlaltecuhtli del Templo Mayor de Tenochtitlan

Corría el año 2006. Nuestras excavaciones se habían extendido hacia la parte frontal del Templo Mayor de Tenochtitlan. En la mañana del 2 de octubre de aquel año nuestra sorpresa fue mayúscula al enterarnos de que se había hallado una enorme escultura de piedra volcánica que a poco supimos representaba a la diosa de la Tierra, Tlaltecuhtli. Su hallazgo lo hicieron miembros del Programa de Arqueología Urbana (pau) y su investigación la encomendé a Leonardo López Luján, quien se dio a la tarea de conjuntar a un equipo de especialistas para enfrentar de esta manera lo que ante nosotros se presentaba.

La labor paciente de arqueólogos y restauradores fue develando la esencia de la escultura. Al quitar las capas de tierra que la cubrían, quedó desnudo ante nosotros el cuerpo de la diosa pintado de amarillo. Pronto advertí que el pelo de la deidad no le correspondía, sino que al parecer traía colocado sobre su cabeza el cabello de un sacrificado, como lo indicaba el corte de la piel, aunque se han planteado otras posibilidades (López Luján, 2009). La posición de los brazos levantados y con enormes garras se asemejaba a otras tantas expresiones de los dioses asociados a la Tierra y al inframundo. Las piernas, abiertas en posición de parto, tenían en la garra derecha un glifo 2 o 10 conejo. El primero guarda relación con los dioses del pulque, en tanto que el de 10 conejo puede referirse tanto a la entronización como tlatoani de Ahuítzotl en 1486 como a su muerte en 1502 (López Luján, 2009, p. 432), fechas que abarcan la etapa constructiva en que se encontró la escultura.

¿A qué obedecían tan singulares características? Lo primero que hay que recordar es que a esta deidad se le representa de dos maneras: por un lado, en su versión masculina; por la otra, en versión femenina. Esta última es la que tenemos a la vista. También es necesario advertir que la mayoría de las veces la deidad no se expone a la mirada del común, sino que permanece oculta, ya sea labrada debajo de otra escultura o colocada boca abajo, pegada a la Tierra, como corresponde a la deidad a la que representa. Además, no hay que olvidar que no se conoce templo dedicado a su exclusivo culto ni se le consideró en ninguna de las fiestas mensuales en que se rinde reverencia a otras deidades, aunque sabemos de ciertas ceremonias a ella dedicadas. La enigmática deidad tenía una función importante: era la devoradora de los hombres, por un lado, y del Sol mismo, cada tarde en que el astro es tragado por ella, de ahí la enorme boca que le permite cumplir con su misión y que en este caso sorbe un chorro de sangre que proviene de su interior. Las piernas abiertas son preámbulo del parto por medio del cual el individuo muerto o sus esencias serán enviadas a su lugar de destino: el Sol, si era guerrero, o al Tlalocan, si había muerto en relación con el agua, o al Mictlan, si cualquier otra forma de muerte lo hubiera alcanzado. Varios códices nos muestran a la diosa engullendo el bulto mortuorio de diversos individuos. Este carácter de devoradora/paridora, de muerte y vida, se acompaña de algo importante: el rito de paso o de transición que el personaje devorado experimenta en el interior de la diosa para ser, finalmente, parido hacia lo que será su destino. En la lámina 39 del Códice Borgia tenemos un relato al respecto:

 

Porque allí, en medio del patio hundido,

está acostado el enorme Sol Nocturno,

que canta y vive, y que es como una parturienta.

Su cuerpo es la oscuridad inmensa, devoradora,

con ojos y dientes en las articulaciones,

Con manos y pies de jaguar, con poder de naual

(Códice Borgia, 1993, pp. 225-226).

 

Las anteriores palabras dedicadas al sol del inframundo parecieran una descripción cabal de Tlaltecuhtli. Es la conjunción de Tierra y Sol, de madre e hijo, en donde éste adquiere la posición de la madre poco antes de ser parido por ella.

Cabe señalar que al igual que el Sol y la Luna, la Tierra también tiene varias versiones que se aprecian en distintas representaciones de acuerdo con las funciones de la diosa. Así, la Coatlicue encontrada en 1790 es la madre de dioses, decapitada y de cuyo cuello cercenado emergen dos serpientes a manera de chorros de sangre que, al unirse en la parte alta de la pieza, forman un rostro. Las manos han corrido igual suerte y de los muñones manan cabezas de serpiente. En otra imagen que ha llegado hasta nosotros se le ve con el rostro parcialmente descarnado. Invariablemente lleva su falda entretejida con serpientes, de donde proviene su nombre. Por otra parte está cipactli, especie de animal fantástico que habita en las aguas primordiales con cuerpo escamoso y del que se ha dicho que tenía muchos ojos y bocas. Es la Tierra creada por los dioses, pero también es el comienzo de la numeración, de los días. Existen otras deidades femeninas como Toci, asociadas a la Tierra y la fertilidad, y que junto con otras imágenes componen el grupo de las diosas matronas.

Atendamos ahora al significado de la Tlaltecuhtli encontrada aquel 2 de octubre, pieza excepcional, la de mayor tamaño hallada hasta ahora en la escultórica mexica. Se localizó frente al Templo Mayor, muy cerca de un edificio circular identificado como el Cuauhxicalco, excavado por los arqueólogos López Luján y Barrera Rodríguez y sus respectivos equipos de colaboradores; de aquél se dice que fue el lugar de enterramiento de varios tlatoanis, como Axayácatl, Tízoc y Ahuítzotl. Corresponde a la sexta etapa constructiva del Templo Mayor, es decir, cuando Ahuítzotl gobierna Tenochtitlan, como quedó dicho. El tlatoani era considerado un Sol, y así lo comentan algunos escritos en que se hace alusión al tema. Veamos como ejemplo las palabras pronunciadas al momento de ocurrir la muerte de Chimalpopoca, tercer soberano mexica, y cuando se necesita nombrar a su sucesor: “…haced cuenta ó mexicanos, que por breve tiempo se eclipsó el sol y que se oscureció la tierra y que luego tornó su luz a la tierra: si se oscureció México con la muerte de vuestro rey salga luego el sol: elegid otro rey…” (Durán, 1951, I, p. 67).

Al morir el Sol-tlatoani, éste va a ser devorado por la Tierra al declinar por el poniente. La posición de la diosa con su cabeza hacia ese rumbo del universo y su enorme boca son preludio de la función que va a ejecutar. Al ser devorado el soberano, pasa a las entrañas de Tlaltecuhtli, en donde ocurre la transformación por medio de la cual se dará a luz por el oriente al nuevo Sol, ahora en la figura del sucesor de Ahuítzotl, Moctezuma II. Lo anterior no es fortuito: en el Códice Telleriano-Remensis vemos estos pasos.

Tomado de Eduardo Matos Moctezuma, “El decir de las piedras. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua”, Arqueología Mexicana núm. 134, pp. 22 – 33.

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