• 20-oct-2020

La evangelización forzada

Alfredo López Austin

3. El objeto de estudio. La cosmovisión de la tradición mesoamericana

La nueva historia

Con Carlos I, la intolerancia consolidada por Fernando e Isabel en la península se transformó en política mundial. Paradójicamente, la España que se expandía sobre el viejo orbe conocido y sobre el que apenas se vislumbraba era una España negada a infieles y herejes. La defensa y difusión de la religión cristiana eran razón de Estado y justificaban toda acción política.

No hubo dos conquistas. El avance militar y la imposición hegemónica se validaban con la conversión de los infieles, y ésta se implantaba con el nuevo dominio militar y político. Así, la apropiación del trabajo de los indígenas descansó en la encomienda de su evangelización. Las órdenes franciscanas, dominicas y agustinas, encargadas de la cristianización respectivamente desde 1524, 1526 y 1533, se distribuyeron el territorio. La conversión de la población nativa significó un esfuerzo titánico, pues la desproporción entre el número de frailes y el de los indígenas era enorme; pero esa misma desproporción es suficiente para entender que la enseñanza masiva fue superficial.

La nueva realidad enfrentó a los evangelizadores en conflictos sobre las disyuntivas de los caminos que debían seguir. ¿Era legítima –y cristiana– la evangelización forzada? Al fin lo fue. ¿Debía aceptarse la veneración a las imágenes cristianas (iconodulía) o podía ésta propiciar mistificaciones por referencias a las imágenes de los dioses indígenas? Se aceptó, pues se temió caer en la iconoclasia de los reformistas protestantes. Se criticó el aprovechamiento de paralelismos entre dioses y santos –como San Juan el joven y el Joven Tezcatlipoca–, pero se hizo.

La religión indígena fue satanizada, y frente a cada imagen, frente a cada relato milagroso de los dioses, ante todo arraigo o retorno a la antigua fe, los cristianos creyeron descubrir, terrible, la figura del Demonio. Si bien muy pronto los indígenas, por ser neófitos, se libraron de la jurisdicción del Santo Oficio, su condición de conversos fue la de eternos menores de edad, incapacitados para la ordenación en el sacerdocio.

Los intentos por abolir la religión indígena se dirigieron desde los primeros contactos a la destrucción de imágenes de los dioses, el derrocamiento de los templos, la supresión de las grandes ceremonias rituales y la persecución del sacerdocio. La conversión se inició con la nobleza, recurriendo a una autoridad que se impusiera al pueblo. Todo esto debilitó la institucionalidad de la religión indígena: pero persistió en ella, como soporte, su fuerte carácter agrícola y aldeano que ligaba al hombre común con la fecundidad de la tierra.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM. Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas (UNAM). Profesor de Posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM).

López Austin, Alfredo, “3. El objeto de estudio. La cosmovisión de la tradición mesoamericana” , Arqueología Mexicana, edición especial núm. 68, pp. 39-55.

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