• 16-oct-2019

La historia póstuma de la Piedra de Tízoc

Alfredo López Austin, Leonardo López Luján

Este célebre monumento mexica y la Piedra del Antiguo Arzobispado, posiblemente esculpida por órdenes del rey Axayácatl, han tenido un accidentado y significativo devenir desde la caída de Tenochtitlan en 1521 hasta nuestros días.

 

Los monumentos arcaicos, testimonios del pensamiento y la acción de generaciones desaparecidas, producen ante nuestros ojos la vana ilusión de transmitir un nítido mensaje. Creemos escuchar en ellos la lejana voz de los creadores grabada en la dureza de las formas, en la perfección de los contornos y en la armonía de la composición, preservada gracias a la tenacidad de una materia casi inmune al paso del tiempo. Olvidamos, al menos por momentos, que el mensaje no queda mecánicamente cristalizado en su soporte pétreo; que las formas impresas son simples detonantes dirigidos a la imaginación de los más variados espectadores, y que el significado se crea y se recrea en la eterna interacción del objeto y los códigos mentales del sujeto. Así, la apariencia material unívoca se irá transformando en la esfera de lo ideal: las figuras se tornarán en sacerdotes, guerreros, genios o danzantes; los usos serán astronómicos, mágicos, lúdicos o conmemorativos; los volúmenes contendrán flujos sagrados, dioses, demonios o la mera rotación de los átomos. Todo según quién y cómo lo mire. Y esta pluralidad de lecturas, aún más mutable en el choque de culturas y en el vuelco de los siglos, es con frecuencia el factor más importante en el destino de los monumentos.

Tal es el caso del monolito mexica que lleva en nuestros días el nombre de Piedra de Tízoc, cuya talla ordenó ese controvertido soberano de Tenochtitlan entre 1481 y 1486 d.C. Su cambiante destino, como el de otras esculturas semejantes, ha estado marcado por las más diversas apreciaciones y por un insólito desplazamiento a través de las calles, las plazas y los museos de la ciudad de México. El monolito, actualmente en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología (inv. 10-162), es un cuerpo cilíndrico de andesita que se define por su gran magnitud: 94 cm de altura, 265 cm de diámetro y unas 9.5 toneladas de peso. Las caras superior y lateral del cilindro están bellamente labradas bajo los cánones del estilo que ha sido llamado “mexica imperial”. La superior luce la representación convencional del Sol. La lateral tiene una secuencia de 15 escenas, cada una conformada por un guerrero sometiendo a una deidad que personifica al señorío particularizado con un glifo toponímico. La secuencia está limitada por dos bandas horizontales, una arriba y otra abajo, que figuran respectivamente un cielo nocturno y un reptil terrestre. En forma desconcertante y como seña distintiva, una concavidad central y un profundo canal dañan la labra de la escultura, rompiendo en forma radial el disco solar de la cara superior y una de las escenas de conquista de la cara lateral.

 

López Austin, Alfredo, y Leonardo López Luján, “La historia póstuma de la Piedra de Tízoc”, Arqueología Mexicana núm. 102, pp. 60-69.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM e investigador emérito de la misma institución.

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre y profesor-investigador del INAH.

 

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