• 18-nov-2019

Una nueva perspectiva de la antigua América (Parte III)

Esther Pasztory

¿Fue Teotihuacan una monarquía o una república? Esta pregunta afecta cuanto sabemos de la antigua América. ¿Fue un lugar participativo o despótico? ¿Debe ser emulado o aborrecido? No solamente se trataba de que muchos creyeran que se trataba de una monarquía, sino que cuando se emprendieron finalmente excavaciones en los últimos 20 años, la atención se centró en las pirámides del Sol y de la Luna para descubrir los sepulcros reales que se supuso debían contener. Concretando: nunca se encontraron tumbas de reyes. No hay una sola estructura que pueda identificarse como un palacio central, aunque existen varias alternativas. El conocimiento actual considera que Teotihuacan bien pudo haber tenido un gobierno republicano, o que, al modo romano y su larga línea temporal, a veces fue reinado, a veces república, a veces imperio, y sus formas de gobierno variaron. Las excavaciones recientes brindan resultados interesantes, sin embargo… enterrados en las pirámides había víctimas sacrificiales de origen no teotihuacano, supuestamente gobernantes forasteros.

Se supone que los constructores de Teotihuacan fueron los habitantes de Teotihuacan. En la antigua América no había esclavos ni ejército o policía regulares que obligaran a la población a construir (los hubo entre los mayas y los aztecas). En Teotihuacan la gente parece haber estado dividida en linajes jerárquicos –según los emplazamientos de conjuntos habitacionales y de los entierros– que estaban formados por grupos emparentados. Para sobrevivir, el trabajo agrícola prevaleció sobre el constructivo. Todo parece indicar que hubo grandes segmentos de población no calificada disponible para los proyectos constructivos en la mayoría de las culturas de la antigua América, como muestra también la reciente investigación con láser sobre los mayas…

Los monumentos mismos indican un elevado nivel de planeación por parte de la elite. Pero los caudillos o gobernantes de Teotihuacan no se glorificaron a sí mismos en los monumentos donde la población rendía culto. Glorificaban el cosmos y la comunidad como un todo, sin crear un culto histórico de alguna personalidad individual. Al no haber coerción, la gente debe haber estado motivada por estímulos positivos como la religión, bienes materiales básicos, comida y alojamiento, y la participación sociopolítica se manifestaba, literalmente, en las obras que estaban creando.

Los mesoamericanos también pudieron unirse por la agresión contra enemigos o grupos ”forasteros”, cuyos jefes fueron preciadas víctimas sacrificiales. Aunque las víctimas de sacrificios más espectaculares se encuentran en la Pirámide de la Luna de Teotihuacan, encontramos paralelos en otros centros. En Monte Albán, por ejemplo, durante los primeros siglos, tampoco hay imágenes de gobernantes, pero encontramos más de 300 lápidas con representaciones de víctimas de guerra desnudas o muertas, algunas de ellas con glifos que indican nombres y lugares de origen.

Tecnología en piedra

Aunque rara vez se menciona la lentitud de la tecnología en piedra como factor en la organización y naturaleza de la construcción en las Américas, fue esencial. Los instrumentos de piedra deben afilarse constantemente y la construcción y labrado requieren mucho tiempo, gran paciencia y muchos obreros. ¿Por qué no se desarrollaron en la América antigua herramientas más eficientes de metal si se conocía la tecnología del oro, la plata, el cobre y el bronce para los objetos preciosos? La respuesta a esta interrogante se encuentra probablemente en la historia de los lugares donde sí la desarrollaron: en el Viejo Mundo. Las culturas del Viejo Mundo transitaron muy pronto de la Edad de Piedra a la de Bronce y la de Hierro. ¿Por qué? El Viejo Mundo consta de muchas civilizaciones distintas (seis al menos) en frecuente contacto y conflicto unas con otras, compartiendo ideas e inventos. Dichos inventos eran también absolutamente necesarios para sobreponerse a la hostilidad constante de unos frente a otros. Más aún, se trataba de culturas invasoras y rapaces, como la de los jinetes nómadas, cuyo modo de vida era el pillaje y el rapto, y que difundían tanto ideas como peligros. El Viejo Mundo tuvo muchos contactos posibles para intercambiar innovaciones e incentivos constantes para mejorar sus herramientas y armas porque fue excesivamente belicoso. Las condiciones de tensión política del Viejo Mundo alentaron la innovación tecnológica.

El Viejo Mundo no es la “norma”, sino una circunstancia especial. El Nuevo Mundo, en cambio, tuvo solamente dos civilizaciones, apenas en contacto, y que no representaban una amenaza la una para la otra (Mesoamérica y los Andes). Si bien tuvieron sus propias guerras intestinas, éstas nunca alcanzaron la intensidad aniquiladora que muestran los conflictos del Viejo Mundo. Como todos tenían armas de piedra, no necesitaban nada mejor. La construcción y el labrado de la piedra tomaba mucho tiempo, pero es evidente que consideraron que tenían tiempo y mano de obra suficientes para completar lo que quisieran, fuera el sistema de caminos de 4 800 km de los incas, el abigarrado mosaico de piedra de los mayas del Puuc, o Chachapoyas en Perú. Tenían menos prisa porque no tenían ejércitos enemigos pisándoles los talones, ni por tierra ni por mar. La longevidad misma de la tecnología en piedra del Nuevo Mundo parece indicar una mayor seguridad existencial. Tenían tiempo, tenían espacio y más aún, parecían tener incluso una relativa paz.

Esther Pasztory. Profesora emérita de la Universidad de Columbia.

 

Pasztory, Esther, “Una nueva perspectiva de la antigua América”, Arqueología Mexicana, núm. 157, pp. 78-83.

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