• 29-nov-2020

Una semana antes de la Noche Triste

Carlos Javier González González

La llamada Noche Triste

La noche del 30 de junio de 1520, Hernán Cortés  tomó la decisión de salir de Tenochtitlan, ya  que la situación se había vuelto insostenible.  Una semana antes, el 24 de junio, día de San  Juan, había regresado de Cempoala, Veracruz,  tras enfrentar y capturar a Pánfilo de Narváez, enviado a  su vez por Diego Velázquez, el gobernador de Cuba, para  removerlo del mando y castigarlo, entre otras cosas, por  haberlo hecho a un lado en el desarrollo de su expedición.  Todo se empezó a complicar precisamente por la llegada  de Narváez y luego la terrible matanza que Pedro de Alvarado  –a quien Cortés dejó al mando en Tenochtitlan  cuando partió para Cempoala– perpetró en el recinto  sagrado el 22 o 23 de mayo, con motivo de la celebración  de tóxcatl, la fiesta de Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, para  la cual los mexicas habían solicitado autorización 

La reacción no se hizo esperar. Los tenochcas, de hecho,  sitiaron a Alvarado y los españoles en el Palacio de  Axayácatl o Casas Viejas, donde fueron alojados desde su  llegada, en noviembre del año anterior, e incluso le prendieron  fuego, como hicieron con los cuatro bergantines  que Cortés había mandado hacer unos meses atrás. Algunos días después, al enterarse de la derrota de Narváez,  Moctezuma ordenó cesar las hostilidades, si bien  persistió el sitio sobre el cuartel español; tal vez por esa  razón, cuando regresó de Cempoala, Cortés entró con  tranquilidad a Tenochtitlan, aunque encontró varios  puentes o compuertas de las calzadas quitadas, lo que le  produjo mala impresión.

Como el conquistador en jefe estaba al tanto de que  Moctezuma había tenido un “coqueteo” con Narváez a  través de mensajeros, a su regreso desairó al huei tlatoani  cuando éste lo buscó para darle una bienvenida cordial,  e incluso se refirió a él de manera despectiva e insultante  cuando, al cabo de un rato, el soberano envió a unos dignatarios  para solicitarle que lo fuera a ver. Esto, probablemente,  influyó en lo que estaba por venir.

En la mañana del lunes 25 de junio, creyendo que la calma  se había recobrado, Cortés envió un mensajero con  destino a Veracruz para comunicar las buenas noticias,  entre ellas que la ciudad estaba segura, pero tras media  hora el enviado regresó descalabrado, herido y dando voces  de alarma. A partir de ese momento se iniciarían seis  días de acoso y ataque continuo a las Casas Viejas, con  sus ocupantes resistiendo y saliendo ocasionalmente para  tratar de ganar posiciones. Dada la cantidad y magnitud  de las piedras que les arrojaban desde las azoteas, los sitiados  fabricaron tres máquinas de guerra, llamadas “ingenios”  por Cortés y “torres” por Bernal Díaz. Ante la falta  de buenas descripciones o ilustraciones (las únicas que  conocemos son las muy esquemáticas del Lienzo de Tlaxcala), debemos imaginar que se trataba de armazones  de madera cubiertas de tablas, con tamaño suficiente  para alojar veinte hombres, entre ballesteros y  escopeteros. Sin embargo, no resultaron suficientes y los  tenochcas lograron averiarlas. 

 

Carlos Javier González González. Arqueólogo por la ENAH y doctor en estudios mesoamericanos por la UNAM. Profesor investigador del Museo del Templo Mayor.

González González, Carlos Javier, “La llamada Noche Triste”, Arqueología Mexicana, núm. 163, pp. 48-55.

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