Las cualidades de color amarillo y brillo metálico hicieron del oro un material valioso y único. Asimilado simbólicamente al Sol, fue componente de piezas usadas en la indumentaria y parafernalia de dignatarios, militares y sacerdotes mesoamericanos. Como tal, contribuía a establecer relaciones de poder.
Oro y objetos de oro circulaban sin interrupción en tiempos prehispánicos de un sitio a otro por toda Mesoamérica: como regalos, artículos de trueque, tributos y botines de guerra.
El dominio espléndido de la tecnología del vaciado a la cera perdida, con herramientas sencillas y conocimientos empíricos, provocó la admiración de conquistadores y cronistas, y que la sigue provocando en los visitantes de museos de culturas prehispánicas.
Entre el siglo VIII y la llegada de los españoles, los residentes en el sitio de Chichén Itzá, en el norte de la península de Yucatán, construyeron algunas de las pirámides más emblemáticas del mundo maya.
Aunque la mayoría de los objetos metálicos era de carácter suntuario y estaba asociada al poder político y religioso, también existían entre los antiguos michoacanos ejemplares de uso común.






