• sábado, 23 de junio de 2018

De cuerpos floridos y envolturas de pecado

Por: Mario Humberto Ruz

Incontenible, el cuerpo mesoamericano se desborda proyectándose a la naturaleza completa. Contenido, se imagina y vive como minúsculo cosmos, condenado a desaparecer y reaparecer en un ciclo interminable de renovaciones y reverberaciones: “En yerba de primavera venimos a convertirnos: llegan a reverdecer, llegan a abrir sus corolas nuestros corazones, es una flor nuestro cuerpo: da algunas flores y se seca”, cantó el poeta nahua. Por su parte, embriagado ante el placer del gozo carnal - que su cultura simboliza con la Plumeria o flor de mayo-, declaraba el maya campechano en el umbral de una boda: “Alegría cantamos porque vamos al recibimiento de la flor. Todas las mujeres mozas [tienen en] pura risa y risa sus rostros, en tanto que saltan sus corazones en el seno de sus pechos ... darán su virginidad femenil a quienes ellas aman”.

Historias del cuerpo, antropologías del alma. Cincelados, esculpidos en jade, piedra, hueso o madera; modelados en yeso, estuco o barro; pintados o sencilla y magistralmente esgrafiados, se asoman en estelas, espían a través de los murales. Se yergue majestuosa por hierática la deidad, se hinca el jugador de pelota, gira el danzarín, se agazapa un rostro pícaro brotando de caracoles o corolas de flores, mientras a otro le estallan flores cuatripétalas en las mejillas. Las cortesanas parecen tender el oído a las intrigas palaciegas a la vez que escancian las bebidas rituales; la mujer del pueblo se afana frente al telar que urde la manta tributaria. Torsos desnudos, ropajes coquetamente deslizados sobre el hombro frente a senos que caen flácidos. Señores cubiertos de ricos atavíos que mal ocultan el orgullo de cuerpos donde palpita sangre pretendidamente divina; cuerpos de propaganda brutalmente contrastantes con la desnudez del cautivo en ocasiones vuelto escabel de su captor.

Imágenes y figuraciones gigantescas o diminutas, contenidas o desenfadadas, que traslucen formas específicas de imaginar y vivir una peculiar corporeidad, cuyos centros rectores ubicarán los nahuas en una tríada de entidades anímicas -tonalli, teyolía, ihíyotl- vinculadas con el espacio cósmico (cielos superior e inferior e inframundo, respectivamente), el tiempo astrológico y la vida cotidiana; fuentes del vigor y la valentía y, por ende, de la fama y el prestigio social; o de la pasión, el deseo y otros sentimientos, incluidos la codicia, el aborrecimiento y la ira, cuyas emanaciones hepáticas podían dañar a los otros. Raíces de la interioridad, la sensibilidad y el pensamiento que al mismo tiempo relacionaban al hombre con las deidades y con el espacio físico y social.

En el mundo maya, en cambio, el sitio privilegiado parece haber sido aquel del corazón, centro primario del yo; lugar donde se suponía el origen de la mayor parte de las funciones corporales y los sentimientos. Lenguas como la tzeltal mostraban sin ambages tal preeminencia delatan, “corazón”. Así, de acuerdo al Vocabulario de Domingo de Ara (ca. 1560), un hombre pensativo era llamado ghatal otan (“el corazón que piensa muchas veces”); en quien poseía un corazón bravo, ardiente, radicaban fortaleza y valentía; aquel capaz de enfriar o amansar corazones sería un pacificador, muy distante del coghotan, el de “corazón empalagoso”, que “da en rostro “, provocando enfado. Arraigarse algo en el corazón, yal otan, equivale a estar enamorado, pero querer entrar en el corazón de otro haciéndolo “bajar” vale por “hacerse codiciar hombre o mujer” y “componer” el corazón de alguien podía usarse como un método mágico para lograr su amor. Mientras que lo que el corazón mira puede quedar en él y tentarlo (ylyotan) , lo que de él se aparta (yanigh otan) y lo abandona es aquello de lo que uno se arrepiente. Flores (nichim) y juego (loil), elementos placenteros para el hombre, sirven para denotar a un ser alegre (loyotan, nichim yotan), alguien cuyo corazón florece ...

Mario Humberto Ruz, “De cuerpos floridos y envolturas de pecado”, Arqueología Mexicana, núm. 65, pp. 22-67.

 

Mario Humberto Ruz. Médico cirujano (UNAM) y doctor en etnología (École des Hautes Études en Sciences Sociales de París). Investigador del Centro de Estudios Mayas del IIFL, UNAM, y profesor en esta misma universidad y en la UAM-Iztapalapa. Divide sus intereses entre la historia colonial y la etnología de los grupos mayas contemporáneos de México y Guatemala

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