• 21-oct-2020

El escudo nacional

Xavier Noguez

Del 3 de marzo de 2017 hasta mayo del mismo año se presentó en la Sala de Exposiciones Temporales del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México una interesante exposición intitulada “Escudo nacional: flora, fauna y biodiversidad”, donde se enfatizan, por primera vez, los elementos biológicos del conjunto simbólico que se convirtió en nuestro emblema nacional. La muestra es extraordinaria y abarca desde los ejemplos prehispánicos hasta los decretos de 1968 y 1984 que establecen las directrices oficiales de representación y uso de nuestro escudo. Precisamente en este último año, y a través del Diario Oficial de la Federación, se dieron a conocer las características con las que debería ser representada la escena fundacional de México-Tenochtitlan: “El Escudo Nacional está constituido por una águila mexicana, con el perfil izquierdo expuesto, la parte superior de las alas en un nivel más alto que el penacho y ligeramente desplegadas en actitud de combate; con el plumaje de sustentación hacia abajo tocando la cola y las plumas de ésta en abanico natural. Posada su garra izquierda sobre un nopal florecido que nace de una peña que emerge de un lago, sujeta con la derecha y con el pico, en actitud de devorar, a una serpiente curvada, de modo que armonice con el conjunto. Varias pencas del nopal se ramifican a los lados. Dos ramas, una de encino al frente del águila y otra de laurel al lado opuesto, forman entre ambas un semicírculo inferior y se unen por medio de un listón dividido en tres franjas que, cuando se representa el Escudo Nacional en colores naturales, corresponden a los de la Bandera Nacional” (fig. 1).

Como un elemento adicional, que no se menciona en la anterior descripción, pero sí en un artículo posterior, están las palabras “Estados Unidos Mexicanos”, que se colocan en la parte superior formando un semicírculo. A pesar de la ubicua presencia de este símbolo y el trabajo de investigadores nacionales y extranjeros, aún persisten algunos aspectos que no han sido completamente aclarados sobre el significado general y los componentes de este emblema. Esto se debe, en gran medida, a las contradicciones que se registran en las fuentes escritas e iconográficas disponibles, así como a errores producidos por deficientes reproducciones de textos e ilustraciones.

Tenemos el caso de la piedra donde nace el nopal, que en la versión oficial se registra como una “peña” (en náhuatl texacalli), dato que también se encuentra en la obra de fray Diego Durán. En otras narraciones antiguas se describe una piedra (tetl) donde, en medio del lago, fue a caer el corazón de Cópil, sobrino de Huitzilopochtli, después de ser sacrificado. De ese corazón va a nacer el nopal donde se posará el águila. Y no fue sino hasta 1968 cuando en el escudo nacional se incluyeron, con claridad, los glifos tradicionales de atl (agua) para el lago de Texcoco y el ya citado de piedra. En previos ejemplos, la piedra y el agua habían sido expresados de diversa manera, predominando un montículo, por la piedra, y un panorama realista o un medio acuático con círculos y olas, por el lago.

Uno de los aspectos que más llama la atención en las imágenes de nuestro emblema nacional es el que se refiere a los animales o símbolos que sostiene el águila con el pico. Incluso puede representársele sin ninguno de ellos como en el Códice Mendoza o la Tira de Tepechpan, códice colonial procedente del Acolhuacan (lámina 5) (fig. 2). En la parte histórica de la obra de fray Diego Durán, la Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, se incluye un ejemplo de la fundación: en el capítulo V se muestra al águila sosteniendo una serpiente con su pico y una de sus garras (fig. 3). Una segunda versión en la compilación de Durán se colocó al principio del Tratado de los Ritos y Ceremonias y el Calendario: aquí el ágºuila devora un pájaro que también sujeta con el pico y una de sus garras. Quizá se trata de un ave de plumaje precioso, “pájaros cantores”, como el zacuán, el tzinitzcan, el xiuhtótotl, el centzontli o el coyotótotl, y cuya presencia en esta escena todavía está por dilucidarse (fig. 4). Se ha expresado en numerosos textos que la presencia de la serpiente parece ser ya una influencia cristiana relacionada con la idea del bien (el águila) con el mal (la serpiente). Este argumento se sustenta en el único ejemplo prehispánico de la fundación de México-Tenochtitlan, el ahora llamado Teocalli de la Guerra Sagrada, que muestra al águila sosteniendo con su pico el glifo de atl-tlachinolli (entrelazamiento de los signos de agua-cosa quemada u hoguera). Sin embargo, existe la posibilidad de que a este conjunto se haya agregado parte del cuerpo de una serpiente. Se trata de una prolongación, al lado derecho del tlachinolli, que ahora está semidestruida (fig. 5). Considérese esta hipótesis. Sabemos de la existencia de ejemplos prehispánicos donde se asocia el águila con la serpiente, sin embargo, no proceden del contexto mexica-tenochca.

Aunque no aparece en todos los ejemplos aquí brevemente reportados, la serpiente siempre tuvo un papel preponderante no solamente en este conjunto sino en la cosmovisión mesoamericana en general. Enrique Florescano afirma que fue “un símbolo de fertilidad entre los pueblos agricultores”. Alfredo López Austin especifica más la naturaleza fértil de la serpiente asociándola con el agua. Mostramos dos interesantes ejemplos prehispánicos donde la serpiente particularmente se asocia al maíz y su crecimiento. El primero es una escultura en basalto de gran tamaño de la cola de una serpiente con el crótalo. Entre sus escamas se entreveraron seis mazorcas de maíz. Actualmente se encuentra en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología (fig. 6). El segundo ejemplo proviene del Códice Fejérváry Mayer (lám. 29), documento pictográfico prehispánico de carácter mántico adivinatorio que se ha asociado al grupo Borgia (fig. 7). Se trata de una escena donde el Cipactli (“Monstruo” de la Tierra) abre completamente sus fauces para que salga de sus entrañas una serpiente con los colores rojo, blanco negro y azul y dos mazorcas de maíz. Al lado derecho aparece una deidad con características solares y con el cuerpo pintado de azul y ¿blanco? y una barba. Muestra un máxtlatl rojo con flecos blancos y porta un huictli (coa) con los colores rojo y amarillo. El conjunto parece remitirnos a la presencia de fuerzas del supramundo que parecen estar contribuyendo al crecimiento del maíz, junto con una serpiente inframundana. Además, en la parte superior de la escena, se agregaron siete círculos de diversos colores.

Quedan aún preguntas no sólo en relación con el águila, el nopal, de donde surgen las tunas duras, la piedra en el medio acuático y la serpiente, sino también sobre los personajes que participaron en el portento y los relatos de lo que sucedió antes, durante y después del tetzáhuitl. Exposiciones como la que hemos hecho referencia al principio de esta nota han reavivado el interés de especialistas y público en general por acercarse al conjunto iconográfico que ha trascendido sus antiguos orígenes para convertirse en el emblema de nuestra nación.

 

Xavier Noguez. Profesor-investigador de El Colegio Mexiquense, dedicado al estudio y publicación de códices coloniales del centro de México.

Noguez, Xavier, “El escudo nacional”, Arqueología Mexicana, núm. 45, pp. 12-13.

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