• 20-nov-2019

El funeral de un dignatario mexica

Juan Alberto Román Berrelleza y Leonardo López Luján

En sus célebres Memoriales, Motolinía consagra un capítulo entero a los funerales de los señores y principales indígenas. Allí, el franciscano consigna con detalle cómo el difunto era velado en su casa durante cuatro días, al término de los cuales se le introducía un piedra preciosa dentro de la boca y se le cortaba un mechón de la coronilla. Estos cabellos eran colocados en una caja junto con un mechón que le había sido quitado, mucho tiempo atrás, con motivo de su nacimiento. A continuación, se cubría el rostro del cadáver con una máscara, se envolvía su cuerpo inerte con ricas mantas de algodón, y se ataviaba el bulto con atributos de la deidad en cuyo templo se enterraría.

Según Motolinía, ese mismo día el fardo mortuorio era conducido al pie del templo principal, donde se le quemaba con copal y tea. Numerosos servidores y esclavos eran inmolados en la piedra de los sacrificios, y ya sin vida, los cuerpos de las víctimas alimentaban otra pira funeraria para que sus almas se desprendieran y pudieran así acompañar a la de su señor. Exactamente con el mismo propósito, en esa ceremonia se sacrificaba un perro. Asimismo, ricos manjares y flores eran entregados al fallecido para hacerle más placentera su estancia en el otro mundo.

Después de que el fuego había consumido los restos mortales del señor, los sacerdotes depositaban las cenizas, los huesos parcialmente calcinados y la cuenta de piedra verde en la caja que contenía sus cabellos. Acomodaban sobre el receptáculo funerario una imagen escultórica del señor, y le hacían ricas ofrendas a lo largo de cuatro días. Transcurrido ese lapso, enterraban la caja. Nuevos sacrificios y ofrendas formarían parte de las innumerables ceremonias de duelo, que finalizaban al cumplirse cuatro años de la defunción.

Gracias a las narraciones de Motolinía y de otros cronistas del siglo XVI, tenemos una idea bastante acabada de las exequias que los mexicas solían hacer en honor de sus dignatarios. Sin embargo, existen ciertos detalles de la ceremonia que no son descritos en las fuentes históricas y que, por fortuna, podemos conocer gracias a las exploraciones arqueológicas llevadas a cabo en las ruinas de Tenochtitlan. A continuación describiremos el hallazgo de la sepultura de un dignatario realizado por el Proyecto Templo Mayor/INAH.

Una sepultura en la Casa de las Águilas

La sepultura del personaje en cuestión fue descubierta en 1994 durante las exploraciones del edificio bautizado por los arqueólogos como la Casa de las Águilas. Este singular complejo arquitectónico se distingue por una ubicación privilegiada a sólo 15 m al norte del Templo Mayor, y por su rica decoración de estilo “neotolteca”. Durante las dos últimas temporadas de campo, fueron exhumadas de su interior varias esculturas de cerámica que representan seres semidescarnados y personajes vestidos con trajes de águila, así como pinturas murales tipo códice, banquetas con relieves policromos y suntuosas ofrendas.

La sepultura que nos ocupa se encontró en el exterior de la tercera fase constructiva de la Casa de las Águilas, ampliación que se remonta a las dos últimas décadas del siglo XV, es decir, al reinado de Tízoc o al de Ahuítzotl. La ceremonia de inhumación se hizo al pie de la escalinata de acceso al ala oriental del edificio, lugar donde se cavaron tres fosas cilíndricas. Cada una de ellas sirvió para alojar un recipiente de cerámica, así como parte de los restos mortales de un mismo individuo y de una rica ofrenda funeraria.

La ofrenda funeraria y el estatus del difunto

Este triple depósito funerario contenía abundantes restos esqueléticos cremados pertenecientes a un hombre, un perro, un jaguar, un águila real y un gavilán. Además, había objetos de cerámica, obsidiana, pedernal, basalto, piedra verde, turquesa, oro, cobre, bronce, pirita, hueso, concha, copal, algodón y palma. Éstos suman en total 101 piezas completas y 350 fragmentos.

Sin lugar a dudas, los objetos más impresionantes eran los tres recipientes cerámicos empleados por los mexicas como urnas funerarias. Se trata de tres bellas piezas pertenecientes a épocas diferentes. La más antigua de ellas es un vaso que data de fines del periodo Clásico y que representa, sobre sus superficies externas, al famoso hombre-mariposa de la iconografía teotihuacana. Le sigue temporalmente una olla-efigie en forma de cabeza de anciano, la cual fue elaborada en el Posclásico Temprano. La tercera urna es un botellón policromo del Posclásico Tardío que presenta una elaborada decoración de cuentas, grecas, flores y corazones.

Los restos óseos humanos se encontraron tanto dentro como fuera de las urnas. Pese a que habían sido rotos intencionalmente y expuestos durante largas horas a la acción del fuego, pudimos determinar que todos ellos pertenecían a un individuo adulto de sexo masculino. Las cenizas y los fragmentos de hueso de este personaje estaban acompañados de animales y objetos muy semejantes a los que se acostumbraba enterrar como ajuares mortuorios en Tenochtitlan, Tlatelolco y Tenayuca. Entre ellos destacan los restos de un perro, una cuenta globular de piedra verde, varias cuentas de obsidiana en forma de cabeza de pato, un anillo de obsidiana, varias miniaturas de puntas de flecha de obsidiana y pedernal, pedazos de copal, además de cordeles de algodón y palma,

El cadáver también estaba acompañado de bienes de uso exclusivo de la nobleza. Entre ellos sobresalen los fragmentos carbonizados de cuando menos tres prendas de vestir elaboradas con finísimos hilos de algodón y decoradas con brocados. Igualmente significativos son los numerosos pendientes, hemiesferas y esferas de lámina de oro, piezas que posiblemente estuvieron cosidas a alguna de las prendas de algodón. También son dignos de mención los cascabeles de cobre y bronce, los fistoles de cobre y los mosaicos de turquesa. Estos últimos probablemente formaron parte de una corona o de un ornamento nasal. Como es sabido, dichas coronas y ornamentos eran colocados en los bultos mortuorios de los señores (tetecuhtin) y de los guerreros muertos heroicamente. Finalmente, durante la exploración se recuperaron dos colmillos recortados intencionalmente. Pertenecen a un jaguar adulto, de acuerdo con la identificación del biólogo Óscar J. Polaco. A nuestro juicio, es verosímil que ambos colmillos hayan servido al dignatario como amuletos o como insignias de su poder.

Reconstrucción del funeral del dignatario

A partir del análisis de laboratorio pudimos determinar que, antes de la cremación, el cadáver del dignatario y su ofrenda sufrieron un proceso sistemático de destrucción intencional. Como consecuencia, buena parte de los restos humanos y animales, así como de los artefactos, quedaron reducidos a pequeños fragmentos que aún conservan las huellas de los impactos recibidos. No necesitaron o escaparon a la destrucción los objetos diminutos.

En el caso del cadáver, los golpes fueron dados directamente sobre los huesos, libres éstos de sus tejidos blandos, pero aún frescos. En las zonas de fractura de los huesos largos, las vértebras y el cráneo, se descubrieron nítidas hendiduras de unos 4 mm y en forma de letra V, seguramente ocasionadas por un hacha de piedra de entre 350 y 500 gr de peso. En otros huesos se observaron diferentes tipos de fracturas, provocadas por torsiones y palancas manuales.

El análisis detallado de los huesos puso de manifiesto la ausencia de huellas de corte que fueran resultado de un presunto descarnamiento o desmembramiento. Siguiendo lo dicho por Sahagún, podríamos especular que el bulto mortuorio fue sometido a una primera quema que eliminó los tejidos blandos del cuerpo. Proponemos que al terminar esta cremación, los huesos y la ofrenda parcialmente consumidos por el fuego fueron unidos y fraccionados con un hacha y con las manos. Esta acción haría más eficaz la segunda quema y, tiempo después, facilitaría la introducción de los restos óseos y de otros objetos dentro de la urna funeraria.

Sea o no correcto nuestro razonamiento, la evidencia arqueológica demuestra que tras su destrucción intencional, los huesos y los objetos fueron mezclados metódicamente y arrojados a una pira al aire libre. En efecto, cuando unimos los diversos fragmentos de un mismo hueso o de un mismo artefacto, observamos que no estuvieron expuestos a la misma intensidad calórica. Esto se debe a que la temperatura de este tipo de piras varía muchísimo de su interior a sus extremos, así como a lo largo de la combustión.

En un paso sucesivo de la ceremonia, una parte de los residuos de la pira fue llevada al pie de la escalinata principal de la Casa de las Águilas para su enterramiento en el interior de las tres fosas arriba descritas. Dichos residuos estaban compuestos por una mezcla amorfa de ceniza, huesos, pequeños artefactos completos y pedazos de artefactos más grandes. De acuerdo con nuestro inventario, faltan muchos fragmentos tanto del esqueleto del personaje como de los objetos que componían la ofrenda. Esto puede deberse, por una parte, a que numerosas fracciones quedaron reducidas a cenizas después de su exposición prolongada al fuego y, por la otra, a que ciertos residuos tuvieron otro destino diferente al de la inhumación en la sepultura: por ejemplo, pudieron haber sido desechados, entregados a los deudos o ingeridos ritualmente.

En lo que toca al rito de inhumación, logramos distinguir tres momentos consecutivos. En el primero de ellos, se separaron de la mezcla en estado incandescente el 95% de los fragmentos óseos de mayores dimensiones. Inmediatamente después se depositó parte de la mezcla incandescente en el fondo de la fosa oriental y en el interior del botellón policromo. El botellón fue introducido entonces en dicha fosa y el conjunto cubierto con más mezcla incandescente. Esto produjo quemaduras tanto en la pared de la fosa como en las superficies interna y externa del botellón. En un segundo momento, se repitió la misma acción en la fosa central y con el vaso teotihuacano. Para ese entonces, la mezcla ya se había enfriado, por lo que ni la fosa ni este recipiente se quemaron. El tercer paso consistió en depositar dentro de la olla-efigie el 95% de los fragmentos óseos mayores, ceniza fría y agujas de cobre, para colocar a continuación esta urna en la fosa occidental. Al parecer, ya se había acabado la mezcla, por lo que la cavidad tuvo que ser rellenada con arcilla. Una vez concluida la ceremonia, las tres fosas se taparon definitivamente con la tierra y las lajas del piso anteriormente removidas.

A partir de lo expuesto, podemos formular algunas conclusiones básicas. Debido a que el cadáver fue cremado, a que entre sus restos había huesos de perro, y a que se encontró una cuenta de piedra verde que habría sido colocada dentro de la boca del difunto, es claro que el personaje murió de tlalmiquiztli o muerte natural. El rito de incineración tuvo el propósito de liberar el teyolía (una de las tres entidades anímicas) para que emprendiera su viaje al Mictlan. Por otra parte, hay que resaltar la gran jerarquía de este personaje dentro de la sociedad mexica, atestiguada tanto por la riqueza de la ofrenda mortuoria como por el lugar del enterramiento dentro del Recinto Sagrado de la capital del imperio. Por desgracia, carecemos de los elementos suficientes para discernir si el individuo en cuestión era un tecuhtli o un militar de alto rango. Únicamente estamos en condiciones de afirmar que no se trataba de un tlatoani o de un cihuacóatl, pues fray Diego Durán y Hernando Alvarado Tezozómoc nos refieren en sus escritos que los dos máximos dignatarios mexicas eran sepultados en el Templo Mayor o en un edificio ubicado al occidente de este último, el Cuauhxicalco.

 

Juan Alberto Román Berrelleza. Antropólogo físico por la ENAH. Investigador del Museo del Templo Mayor INAH. Actualmente lleva a cabo investigaciones sobre la identificación del sexo de individuos infantiles a partir del DNA.

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Universidad de París. Investigador del Museo del Templo Mayor, INAH. Actualmente realiza estudios sobre la política y la religión de las sociedades prehispánicas del Centro de México.

Román Berrelleza, Juan Alberto  y Leonardo López Luján, “El funeral de un dignatario mexica”, Arqueología Mexicana, núm. 40, pp. 36-39.