• 22-jul-2019

El Templo de Quetzalcóatl. Parte IV y última

Rubén Cabrera Castro y George Cowgill

La rica ofrenda incluye diversos materiales de concha trabajada en forma de cuentas, orejeras, pendientes, cascabeles, así como gran cantidad de piezas sin trabajar. Se recuperaron también restos de textiles, que por su fragilidad sólo se encuentran muy raras veces en excavaciones arqueológicas; aunque se trata de fragmentos muy destruidos, posiblemente pertenecen a restos de pequeñas bolsas de manta que contenían algunos de los objetos mencionados.

La información que basta ahora se ha recuperado es verdaderamente valiosa; estamos ante un caso insólito y de gran trascendencia en la arqueología de Teotihuacan. El estudio de los materiales recobrados y los nuevas datos que aportan cambiaran muchas de las ideas que se tenían acerca del gobierno y de la ideología de los habitantes de esta antigua e importante ciudad.

Con estos hallazgos se comprueba la existencia de la practica a gran escala del sacrificio humano, ya que sin contar los entierros descubiertos en las excavaciones de 1917, en la parte superior del Templo de Quetzalcóatl, hasta ahora se han encontrado 126 esqueletos asociadas a este monumento. Por otro lado, si tomamos en cuenta la distribución simétrica de las tumbas, tanto en el interior como en el exterior del edificio, en realidad habría al menos 272 individuos, cifra por demás impresionante si se piensa que se trata de un solo edificio.

Esta nueva información trae como consecuencia nuevas interrogantes. Por un lado, ¿Cuál era la función específica del sacrificio a gran escala en Teotihuacan? ¿A quién estaba ofrendado? Si bien era una forma de mostrar el poder, así como un acto coercitivo por parte de quienes tenían el control de la sociedad, ¿se trataba también de una ofrenda o de un acto de dedicación a una deidad de la fertilidad o de la guerra? ¿Fueron ofrecidos a un personaje o gobernante de suma importancia para los teotihuacanos? ¿Tenía ese acontecimiento estrecha relación con la cosmogonía, el calendario y la astronomía?

De momento no podemos dar respuestas precisas a estas preguntas, pero la ubicación simétrica de los entierros hasta ahora explorados en el Templo de Quetzalcóatl, orientados hacia los cuatro puntos cardinales y hacia los cuadrantes intermedios, parece expresar las cuatro regiones cosmogónicas de la concepción indígena, tal y como se encuentran en otro edificio de La Ciudadela, cuyas paredes con pintura mural al fresco muestran dibujos calendáricos y astronómicos, semejantes al Quincunce referido en el Códice Féjerváry-Mayer. En éste aparecen representadas las cinco regiones del universo, una de las cuales se ubica en la parte central de las cuatro que marcan los puntos cardinales. Además, en diversos signos del calendario prehispánico y en los mitos indígenas se representan con frecuencia algunos números sagrados, especialmente el 20 y el 13. Son los signos de los días del año solar. El 13 se refiere al sistema tolteca de las constelaciones que tenia un zodiaco de 13 signos; existe también un periodo o ciclo de 13 años. Además, el dios Quetzalcóatl, a quien tomaron los aztecas como sacerdote sabio, era considerado como el inventor  del calendario; este mito pudo derivar de una tradición de origen teotihuacano.

Otra hipótesis es que los sacrificios humanos a gran escala en el Templo de Quetzalcóatl y en La Ciudadela estén relacionados, entre otras cosas, con la invención del calendario prehispánico.

También nos preguntamos acerca de cuál era el estatus social al que pertenecían los individuos sacrificados y cual su actividad y su importancia en la sociedad. Al respecto hay suficientes datos como para plantear que se trataba de guerreros, sobre todo aquellos esqueletos encontrados en el exterior del edificio, así como los de las dos tumbas encontradas en el interior, individuos a quienes se les ofrendaron abundantes puntas de proyectil y que tenían discos de pizarra como parte de su atuendo.

Posiblemente los maxilares son también elementos diagnósticos para identificar a estos personajes, sobre todo los maxilares de canidos, ya que el coyote ha sido considerado un elemento asociado a la acción militar en algunas sociedades prehispánicas.

Otro problema por investigar es saber si estos sacrificados eran extranjeros o teotihuacanos. Aunque a la fecha hay pocos datos acerca de la definición de las poblaciones prehispánicas, esperamos que el análisis de los restos óseos encontrados y su estudio comparativo den a los antropólogos físicos información significativa que nos aclare estas y otras interrogantes.

 

Rubén Cabrera Castro

Arqueólogo. Maestría en Antropología. UNAM. Ha realizado investigaciones en diversas regiones del país, principalmente Guerrero, Michoacán y Teotihuacan. Su campo fundamental de interés son las culturas del Altiplano, en especial Teotihuacan. Investigador, de la zona arqueológica de Teotihuacan.

George Cowgill

Arqueólogo. Doctorado en Antropología. Universidad de Harvard. Ha trabajado en diversos proyectos en Teotihuacan. Intereses fundamentales: origen de las sociedades complejas y aplicación de modelos matemáticos y estadísticos en la investigación arqucológica. Profesor titular. Universidad Estatal de Arizona.

 

Cabrera Castro, Rubén y George Cowgill, “El Templo de Quetzalcóatl”, Arqueología Mexicana, núm. 1, pp. 21-26.