• 20-nov-2019

Hallazgo de dos esculturas en la plaza de armas de la Ciudad de México

Eduardo Matos Moctezuma

Corría el año de 1790. El virrey Revillagigedo había ordenado hacer trabajos de emparejamiento y atarjeas en la plaza principal de la capital de la Nueva España. El 13 de agosto se encuentra un monolito que es descrito así por un guardia de palacio que lo vio en el lugar del hallazgo: “... en la plaza principal, enfrente del rial palacio, abriendo unos cimientos sacaron un ídolo de la gentilidad, cuya figura era una piedra muy labrada con una calavera en las espaldas, y por delante otra calavera con cuatro manos (y) figuras en el resto del cuerpo pero sin pies ni cabeza ... “ (Gómez, 1986).

Mucha razón tenía José Gómez, alabardero del palacio virreinal, en que la escultura no tenía ni pies ni cabeza. Se trataba de la Coatlicue, de cuyo cuello cercenado surgen dos chorros ele sangre en forma de serpiente y por pies tiene enormes garras. Los trabajos continuaron hacia el poniente de la plaza y el 17 de diciembre del mismo año se encontró la Piedra del Sol o Calendario Azteca. Pasó el tiempo y ambos monolitos tuvieron destinos diferentes: en tanto que la diosa de la tierra era enviada al patio de la Universidad, la piedra solar quedaría empotrada en la torre poniente de la Catedral de México. Una pregunta surge de inmediato: ¿por qué tan desigual destino? ¿Por qué la Piedra del Sol queda a la vista pública en tanto que la otra se guarda en el recinto universitario? Más aún, ¿qué lleva a los frailes que regían la Universidad a enterrar a la deidad terrestre? La respuesta está en todo lo que venimos relatando. Resulta que la Piedra del Sol es un círculo perfecto con los glifos de los días grabados en ella, lo que manifestaba la destreza y conocimientos de quienes la elaboraron, claro indicio de que eran pueblos civilizados, Jo que refutaba el decir de los enemigos de España. Por su parte, la Coatlicue no va a ayudar en esto, pues como ya se dijo, no se le encontraban ni pies ni cabeza. El estudio que de las dos esculturas emprende don Antonio de León y Gama, sabio ilustrado, es claro al respecto:

Me movió también á ello el manifestar al orbe literario parre de los grandes conocimientos que poseyeron los indios de esta América en las artes y ciencias, en tiempo de su gentilidad, para que se conozcan cuán falsamente los calumnian de irracionales o simples los enemigos de nuestros españoles, pretendiendo deslucirles las gloriosas hazañas que obraron en la conquista de estos reinos. Por la narración de este papel, y por las figuras que se presentan á la vista, se manifestará el primor de los artífices que fabricaron sus originales; pues no habiendo conocido el fierro ni el acero, gravaban con tanta perfección en las duras piedras las estatuas que representaban sus fingidos simulacros, y hacían otras obras de arquitectura, sirviéndose para ellas, en lugar de templados cinceles y acerados picos, de otras piedras más sólidas y duras (León y Gama, 1990).

Todo lo anterior queda expresado en el primer libro conocido que trata de objetos arqueológicos, titulado Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella en el año de 1790. Publicado en 1792, incluye la descripción del hallazgo, las medidas y grabados de las piezas y su interpretación, que se acompañan con estudios basados en las fuentes históricas hasta entonces conocidas, así como del análisis del tipo de roca en que están esculpidos los monumentos. La publicación se anunció en la Gazeta de Alzate y provocó una polémica pública entre este último y el autor. Si bien todo esto ocurrió dentro del ámbito académico de la época, también tuvo repercusiones de tipo social y político.

Resulta que los frailes que enseñaban en la Universidad decidieron enterrar a la Coatlicue en el patio de la real y pontificia. ¿Las razones? La respuesta nos la da don Benito María Moxó y Francoly en una carta que escribe en 1805 y que a la letra dice:

La estatua se colocó ... en uno de los ángulos del espacioso patio de la Universidad en donde permaneció en pié por algún tiempo, pero al fin fue preciso sepultarla otra vez ... por un motivo que nadie había previsto. Los indios, que miran con tan estúpida indiferencia todos los monumentos de las artes europeas, acudían con inquieta curiosidad a contemplar su famosa estatua. Se pensó al principio que no se movían en esto por otro incentivo que por el amor nacional, propio no menos de los pueblos salvajes que de los civilizados, y por la complacencia de contemplar una de las obras más insignes de sus ascendientes, que veía apreciada hasta por los cultos españoles. Sin embargo, se sospechó luego, que en sus frecuentes visitas había algún secreto motivo religioso. Fue pues indispensable prohibirles absolutamente la entrada; pero su fanático entusiasmo y su increíble astucia burlaron del todo ésta providencia. Espiaban los momentos en que el patio estaba sin gente, en particular por la tarde, cuando al concluirse las lecciones académicas se cierran a una todas las aulas. Entonces, aprovechándose del silencio que reina en la morada de las Musas, salían de sus atalayas é iban apresuradamente a adorar a su diosa Teoyaomiqui. Mil veces, volviendo los vedeles de fuera de casa y atravesando el patio para ir a sus viviendas. sorprendieron á los indios, unos puestos de rodillas, otros postrados ... delante de aquella estatua, y teniendo en las manos velas encendidas o alguna de las varias ofrendas que sus mayores acostumbraban presentar á los ídolos. Y esto hecho, observado después con mucho cuidado por personas graves y doctas ... obligó a tomar, como hemos dicho, la resolución ele meter nuevamente dentro del suelo la expresada estatua (Moxó y Francoly, 1999).

 

Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.

 

Tomado de Moctezuma Matos, Eduardo, “La Arqueología y la Ilustración (1750-1810)” Arqueología Mexicana, núm. 53, pp. 18-25.

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