• 18-jul-2019

La noche

Enrique Vela

Aunque las actividades no requerían más que la luz del día, la vida en Tenochtitlan no cesaba con la puesta del Sol. La ciudad no quedaba en la oscuridad total, la iluminaban los fuegos que permanecían encendidos en los templos. En las casas, las familias podían convivir a la luz del fogón; en las escuelas, los aprendices debían llevar a cabo diversas actividades –prácticas algunas, rituales otras–; los especialistas en el calendario continuarían con la práctica de escudriñar el cielo; el tlatoani organizaba rondines de vigilancia para que ningún intruso sacase provecho de la quietud. La noche era además el marco para los encuentros furtivos, mayormente entre los jóvenes que acudían al cuicacalli, la escuela de danza y cantos. También era propicia para la aparición de mendigos, delincuentes hechiceros y seres del inframundo.

El toque de queda

Entre las medidas que se tomaban para mantener el orden estaba el toque de queda. El sonar del tambor en el Templo de Quetzalcóatl, a la puesta del Sol, era la señal para que la gente cesara sus actividades. Los habitantes de la ciudad debían dirigirse a sus casas y los forasteros a las posadas. Según Pablo Escalante, es posible que el toque del Templo de Quetzalcóatl fuera un primer aviso, para prevenir a quienes se encontraban lejos de sus hogares o no podían concluir abruptamente sus labores; el toque efectivo sería el que, mediando entre la puesta del sol y la media noche, hacían los jóvenes del calmécac (Escalante, 2004a, pp. 212-213).

La muerte del Sol

Para la cosmovisión mesoamericana, la noche es una de las dos partes del ciclo que dio origen al mundo; ése que se repite cada día con el nacimiento del Sol y su recorrido hacia el occidente. Cuando llegaba al final de su transcurso diario, el Sol moría y durante la noche permanecería en el inframundo para renacer por el oriente al otro día. Entre otros elementos, en ese lapso ascienden a la tierra desde el inframundo seres fantasmales que representan un peligro para los hombres, y llegan también vientos malignos que atacan no sólo a los noctámbulos sino también a sus familiares cercanos. En ese momento el Sol no estaba en condiciones de controlar a esos seres (López Austin, 2016b, pp. 69-71).

Bribones y fantasmas

Cuitlapanton, “la espaldilla”. Fantasma que aparecía como una enana a quienes acudían a un baldío de noche a defecar.

Temacpalitotique, “los que hacen bailar a la gente con la mano”. Hechiceros que adormecían a la gente con la mano cortada al cadáver de una mujer que había muerto en el primer parto.

Tlacanexquimilli, “envoltorio humano de ceniza”. Nombre de cierto fantasma.

Yohualtepuztli, “el hacha nocturna”. Nombre de un fantasma sin cabeza y con el pecho abierto.

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

Vela, Enrique, “La noche”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 75, pp. 86-87.

 

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