• jueves, 19 de julio de 2018

¿Un cambio revolucionario?

A lo largo de la historia de la arqueología, algunos autores han considerado el origen de la agricultura como un momento revolucionario en la prehistoria humana. Si bien la domesticación de distintas plantas ha ocurrido en diferentes lugares, sus consecuencias para la evolución de sociedades de mayor complejidad socioeconómica son variadas. Las manifestaciones en diferentes regiones del mundo son resultado de procesos específicos a lo largo de milenios. El cultivo y la domesticación de plantas no necesariamente promueve cambios rápidos en la organización social de los grupos que adoptan la tecnología agrícola. La evidencia paleoetnobotánica en Mesoamérica sugiere un patrón gradual de adopción de plantas silvestres como complemento a los productos de la caza, con la integración posterior de plantas cultivadas, mediante la sustitución gradual del componente animal en la dieta por un mayor consumo de vegetales. Así, Macneish propuso una secuencia para el Valle de Tehuacán caracterizada por la sustitución gradual de pequeñas bandas de cazadores del Pleistoceno por agrupaciones más grandes de cazadores-recolectores, las cuales incorporaron más plantas a su dieta a lo largo de los siglos. La mayor disponibilidad estacional de ciertos productos, plantas y animales fomentaba la concentración de poblaciones humanas más grandes, que habitaban ciertos lugares durante periodos más largos, de acuerdo con la abundancia de recursos. una mayor dependencia de plantas cultivadas y domesticadas (como el maíz) fomentaba un incremento en la población, así como la posibilidad de establecer periodos sedentarios de mayor duración. Por otro lado, las actividades de caza y recolección no desaparecieron, aunque su importancia en algunas áreas se redujo.

Alrededor de 2500 a.C. este patrón de campamentos semisedentarios transformados en aldeas permanentes cuya subsistencia se basaba en la producción agrícola estaba bien establecido en Mesoamérica. Aunque se ha documentado un patrón semejante en la Sierra de Tamaulipas, la Sierra Madre y el Valle de Oaxaca, no se ha demostrado para otras regiones de Mesoamérica. Cabe señalar que estas regiones tienen cuevas y abrigos rocosos en zonas áridas o semiáridas donde las condiciones son favorables para la conservación de restos orgánicos, testigos de las actividades de subsistencia. Por lo tanto, mientras que la evidencia proveniente del Valle de Tehuacán es importante por su contribución al estudio de los cambios socioculturales y económicos relacionados con la introducción del cultivo de plantas, no hay indicios de que la domesticación propiamente hablando tuviera lugar ahí. También habría que señalar que las investigaciones realizadas en las décadas recientes, con base en el fechamiento directo por acelerador (AMS, por sus siglas en inglés) de los restos de maíz excavados en Tehuacán, Oaxaca y Tamaulipas, han puesto en duda la antigüedad de otras plantas recuperadas en los mismos contextos arqueológicos.

Es probable que los patrones asociados con el desarrollo de la producción de los alimentos y los cambios económicos y sociales correspondientes sean más diversos de lo que se pensaba, especialmente en las zonas de las tierras bajas. La incorporación de estrategias de investigación más elaboradas junto con el análisis sistemático de restos macro y microbotánicos son fundamentales en este sentido.

 

Tomado de Emily McClung de Tapia, “El origen de la agricultura”, Arqueología Mexicana núm. 120, pp. 36-41.

 

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