• 18-sep-2020

Una deidad olvidada en el tiempo. Muerte, fuego y transformación en la escultura de Tenochtitlan

Ángel González López, Andrew D. Turner, Raúl Barrera Rodríguez

La escultura de Donceles 97 –en una postura inusual, con las piernas cruzadas, brazos levantados y cara vuelta hacia arriba– se relaciona con la muerte, la tierra y el inframundo; suponemos que tuvo en edificios públicos su lugar original de culto y función. La evidencia arqueológica también muestra una fuerte conexión simbólica con el fuego y su poder transformador.

 

Durante las recientes excavaciones llevadas a cabo por el Programa de Arqueología Urbana (PAU) en el corazón de Tenochtitlan, en el lugar que se cree formó parte del calmécac, la escuela de la nobleza mexica, salió a la luz una enigmática escultura que muestra a un ser antropomorfo descarnado. La postura inusual de la pieza, con las piernas cruzadas, brazos levantados y cara vuelta hacia arriba, es conocida únicamente en otro ejemplo, la llamada Tlaltecuhtli del Metro. Aunque este ser sobrenatural fue inicialmente identificado como Mictlantecuhtli –de hecho muestra ciertos elementos relacionados con el señor del mundo de los muertos–, un reciente estudio iconográfico arrojó como resultado una rara y pocas veces mencionada deidad. En el presente trabajo mostramos una revaloración de esa escultura, comparándola con lo visto en otras piezas mexicas, imágenes de los códices y textos etnohistóricos. Lo que argumentamos es que la pieza localizada en el predio de Donceles número 97, en el Centro Histórico de Ciudad de México, representa a una deidad identificada en contadas ocasiones y es al mismo tiempo una manifestación del fuego y de sus propiedades transformadoras en su viaje por el inframundo.

Para tener una aproximación general a este ser tendremos que revisar otras fuentes documentales donde se representaron varias de sus insignias. Ciertas características relacionan esa pieza con otras deidades del inframundo y la muerte. Las manos colocadas a los costados de la cara tienen largas y filosas garras, además de mascarones de seres terrestres en codos y rodillas. Esos elementos aparecen en otras deidades de la tierra como Coatlicue y Tlaltecuhtli. La cabeza descarnada en la escultura comentada presenta en la frente un rosetón de papel plisado, un ixcuatechimalli. Ostenta también cuatro líneas horizontales, dos en cada mejilla, evidencia de la pintura facial de Mictlantecuhtli, tal como se muestra en el Códice Telleriano-Remensis. Aunque la escultura se encuentra rota y presenta varios golpes que la mutilaron en parte, es posible apreciar una serie de prominentes dientes en la boca. Además, su tocado es un brasero, único en la estatuaria tenochca, que se encuentra amarrado por una cuerda gruesa, de- talle del cual hablaremos más adelante.

La escultura tiene otros elementos distintivos, por ejemplo, en las muñecas exhibe corazones humanos cercenados, a lo que se suman cuatro bandas anudadas en los antebrazos, que recuerdan lo visto en antorchas, manojos de hierba y sahumadores. Una larga tira de papel rodea el cuello y se cruza en el pecho, un rodea el cuello y se cruza en el pecho, un  amaneapanalli, elemento que se presenta en otros contextos, como en los fardos mortuorios. No estamos seguros de la razón por la que una corriente de agua fluye por su espalda. El más particular de sus atavíos es un collar doble, uno de tiras de cuero trenzado y otro de petate, que tiene el cascabel y la cabeza de una serpiente en los extremos, adornado a la vez por caracoles marinos y corazones humanos. Los mencionados atavíos nos remiten claramente a ofrendas del fuego o cadáveres humanos listos para su cremación.

Las características descritas aparecen en otras esculturas mexicas. Sabemos de la existencia de otros siete ejemplos donde se plasmó a esa deidad, varios recuperados dentro de los límites de Tenochtitlan. Afortunadamente, en dos casos contamos con un contexto arqueológico; así, si los examinamos como un conjunto, podremos observar ciertas constantes significativas. Todas las representaciones de la deidad son de tamaño monumental, presumiblemente para su exhibición pública; generalmente se plasmaron en bloques masivos de grano fino, y la talla muestra un sorprendente detalle. Las formas e iconografía pertenecen al llamado estilo imperial, que apareció en su forma madura en la isla durante el periodo comprendido entre 1486-1519, bajo los reinados de Ahuít zotl y Motecuzoma II. Destaquemos que la narrativa presente en esos relieves es privativa de los estadios finales de la estatuaria mexica. Aunque hay otros ejemplos de la deidad, provienen de periodos más tempranos, y están hechos con otros materiales, como los cuchillos de pedernal o braseros de cerámica.

La variante más frecuente del conjunto se presenta bajo una forma humana, plasmada de perfil y cuya postura corporal es genuflexa, que fue vista en contextos rituales y parece tener un sentido de reverencia. Exhibe una cabellera ensortijada, de hierba malinalli, cubierta con plumones. Destaquemos que sobre la cabeza porta una gran flor y un ixcuatechimalli. En su cara, cruces de Malta cubren los ojos y en la boca largos cuchillos de pedernal semejan dientes. Siempre sostiene objetos, como bolsas de copal o cráneos humanos, que representan a Cihuacóatl, decorados con cuchillos de obsidiana en el tocado, que se complementa con tiras de cuero y caracoles marinos.

 

La cruz y el fuego

Como ya mencionamos, una de las características iconográficas más distintivas de este ser sobrenatural es la cruz de Malta que cubre sus ojos. Este elemento aparece en las jambas y dinteles de un templo en el Códice Borbónico durante la ceremonia del fuego nuevo en Tenochtitlan, donde cuatro figuras prenden fardos de leña en un fogón. Tales individuos son posiblemente una personificación de los fardos, lo que conlleva la muerte simbólica del ciclo calendárico de 52 años y el ardiente renacer de una nueva era. Sus diademas de turquesa, xiuhuitzolli, pectorales en forma de perro, xolocózcatl, rosetones de papel, banderas y el amaneapanalli sobre sus cuellos, también se encuentran en representaciones mexicas de bultos mortuorios. Podemos sugerir que la cruz está relacionada con el fuego y con ofrendas que arden, como se observa en varios braseros de cerámica. Los calados triangulares que conforman las figuras habrían permitido el intercambio de humo y oxígeno, pasando por las paredes de los artefactos, y habrían iluminado el área por el fuego que se consumía. Asimismo, los calados aparecen en objetos portátiles para dar ofrendas en combustión, como se advierte en varios sahumadores. Si extendemos nuestra búsqueda para examinar las evidencias dejadas por sociedades anteriores a la mexica, encontraremos que la cruz de Malta parece referir a una variante tardía del símbolo ampliamente representado en Mesoamérica conocido como la cruz kan. En ella se mezclan conceptos de fuego y centralidad, con significados compartidos por culturas del Clásico, como las de los grupos zapotecos y mayas.

 

El brasero sobre la cabeza

Regresando a nuestro ejemplo, otras características aluden a su naturaleza ardiente. La cabeza de la deidad sostiene un brasero de donde brotan grandes flamas y la lengua bífida de una serpiente. En los costados se aprecia una serie de picos y un borde festoneado, como en aquellas piezas similares de barro recuperadas en las excavaciones del Templo Mayor y Tlatelolco. En uno de los relieves que aquí presentamos se muestra a un ser antropomorfo de manera frontal y sentada, aunque le falta parte de la cabeza. Sin embargo, podemos identificarlo como la deidad que aquí nos ocupa. Señalemos que un pequeño brasero se encuentra enfrente, y que una manera de interpretar la composición es que su pierna está emergiendo del artefacto.

Por tanto, estamos en condiciones de afirmar por el tocado de la escultura proveniente del área cercana al predio de Donceles 97, adornada con cruces, que puede ser identificada como un ser sobrenatural muerto. Su memos a ello que sobre el brasero se encuentra esculpida una xiuhcóatl que emerge, la cual es al mismo tiempo una manifestación de que las flamas transforman las ofrendas en humo.

 

• Ángel González López. Arqueólogo por la ENAH, maestro en artes y candidato a doctor en antropología por la University of California, Riverside.

• Andrew D. Turner. Doctor en antropología por la University of California, Riverside. Asociado postdoctoral en la Yale University Art Gallery.

• Raúl Barrera Rodríguez. Arqueólogo por la ENAH, investigador de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH. Responsable del Programa de Arqueología Urbana.

 

González López, Ángel, Andrew D. Turner, Raúl Barrera Rodríguez,  “Una deidad olvidada en el tiempo. Muerte, fuego y transformación en la escultura de Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana número 149, pp. 70-75.

 

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