• 11-nov-2019

Una nueva perspectiva de la antigua América (Parte IV)

Esther Pasztory

Gigantismo

¿Por qué las civilizaciones de la América antigua construyeron a tal escala, como en Teotihuacan, por ejemplo? Ciertamente la razón visible es probablemente la religión: tal vez estaban edificando una nueva creación, una utopía futura, un hogar para lo sobrenatural. Pero Teotihuacan, incluso con la mitad de su tamaño, hubiera seguido siendo enorme e impresionante. Probablemente contaban con una fuerza de trabajo inusitadamente grande y por eso planeaban en grande. Pero, ¿tan grande?

Tal vez esto pueda explicarse comparativamente mediante un ejemplo de otro lugar y otro tiempo. ¿Por qué se les ocurrieron los rascacielos a los estadounidenses en los siglos XIX  y XX ? Todas las opiniones coinciden en que los rascacielos son símbolos de poder –del capitalismo, la ingeniería, la tecnología que se tiene–, así como de arrogancia y ostentación. ¿Puede decirse lo mismo de los grandes centros y pirámides de la antigua América? Si bien la tecnología era simple, la ingeniería era suficientemente compleja y la herramienta más eficiente fue la “ingeniería” humana del trabajo y su organización. Teotihuacan, como el mayor de estos sitios, fue la demostración máxima que haya podido edificarse de tecnología en piedra e ingeniería humana superlativa. Tengo para mí que estos centros son prueba de optimismo, orgullo y expectativas de un bienestar y un poder futuros –ciertamente como el Empire State de Nueva York en sus tiempos. Los monumentos de la antigua América son prueba de la vitalidad de su mundo.

Cooperación o competencia

La idea de que los antiguos americanos tuvieron políticas con características propias deriva sobre todo de la naturaleza de los monumentos. Los cronistas españoles del siglo XVI se mostraron poco interesados o ciegos ante esos asuntos, puesto que su propia concepción de clase y jerarquía les resultaba “natural”. Sí notaron la modalidad inca de incorporar al pueblo al Estado, con una mirada donde se mezclaban admiración y desprecio. Es bien conocido el sistema donde cada hombre recibía una parcela al casarse y tener hijos y que, a cambio, cada familia debía prestar servicios al Estado de mano de obra en algún momento de su vida: hoy en día sabemos que ésta fue la muy conocida idea andina de la reciprocidad social. Al morir el individuo, la tierra regresaba al Estado: el sistema data tal vez de varios miles de años antes de nuestra era.

El sistema fue mirado con admiración por los socialistas y con sorna por los capitalistas del siglo XIX , cuando los investigadores recurrieron a las civilizaciones antiguas para explicar lo que es humanamente “natural” y en busca de posibles modelos a los cuales seguir. El modelo inca es importante en la discusión, no porque tenga o carezca de mérito, sino porque es un intento de los antiguos americanos por incorporar a sus pueblos en los proyectos de las elites en un plano visiblemente cooperativo. Las fuentes nos informan que tras la finalización de un proyecto inca, se les hacía una gran fiesta a los obreros. Si bien la explotación es posible en un sistema cooperativo, como en cualquier otro, es importante que la ideología del sistema de la América antigua haya sido cooperativo. Aunque no sabemos con precisión cómo funcionó el sistema teotihuacano, el trazo de 2 000 departamentos en una cuadrícula sugiere que hubo algún tipo de participación.

¿De dónde proviene esta ideología cooperativa? Es difícil no remitirse al poblamiento del continente, hace 20 000 años, cuando los cazadores asiáticos seguían a la mega fauna del Pleistoceno. Para cazar con más eficacia mamutes y perezosos, se requería de grupos de cooperación más que de individuos, y todos ellos participaban en el reparto. No tenían nada que temer de otros grupos: el continente estaba deshabitado. En caso de desacuerdos, siempre podían moverse a cualquier territorio; y no sólo eso, en el continente abundaban los animales más pequeños y plantas comestibles que nadie les disputaba. En tiempos posteriores, el pensamiento cooperativista siguió siendo un valor positivo o, al menos, parte de la forma de pensar.

En cambio, el Homo sapiens  llegó al Viejo Mundo desde África en competencia con otras especies tempranas de hombres, en particular los neandertales. Había competencia por el espacio y los recursos, debido en parte a cambios climáticos como las glaciaciones. Hubo matrimonios y conflictos entre los diversos grupos. Parecería que el paradigma de las relaciones humanas fue el conflicto y la competencia, cuyo lado positivo son el incentivo para inventar y la evolución cultural; el lado negativo es la constante agresión política y religiosa, así como la formación de una identidad combativa. A pesar del desprecio con el cual miraban a las civilizaciones del Nuevo Mundo los conquistadores y los misioneros, ¿en cuál de los mundos se vivía mejor? Si uno examina cuidadosamente cada rasgo, la calidad de vida en la antigua América, aunque de manera diferente, fue sorprendentemente buena.

Esther Pasztory. Profesora emérita de la Universidad de Columbia.

 

Pasztory, Esther, “Una nueva perspectiva de la antigua América”, Arqueología Mexicana, núm. 157, pp. 78-83.

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