• sábado, 22 de septiembre de 2018

Caballos lacustres

Es probable que la colocación de las cabezas de los caballos en el tzompantli durante la guerra de Tenochtitlan haya sido un dato conocido por los habitantes de la Nueva España en las décadas posteriores; también es probable que haya sido del dominio público la sorpresa e inquietud que, en general, tuvieron los indígenas al ver por primera vez los caballos de los españoles y a sus jinetes disparando sobre la montura. (López de Gómara difundía en su obra la sorpresa de los indios frente a los caballos, y la decapitación de algunas bestias durante el sitio de Tenochtitlan.) Lo cierto es que, cuando los padres Orbita y Fuensalida visitaron la isla de Tayasal, en la segunda década del XVII, vieron en uno de los templos la escultura de lo que tomaron por un caballo, sentado en sus ancas “y levantado sobre las manos", y supieron que los indios lo adoraban con el nombre de Tzimin Chac. Orbita golpeó la escultura con bíblica furia y la destruyó parcialmente. Ocho décadas después, Avendaño vio la misma escultura y pudo observar, además, un hueso largo, como de caballo, guardado con esmero en una caja. Orbita y Fuensalida habían leído a López de Gómara y pensaron que se trataba de una imagen del caballo que Cortés había encomendado a Canek. Avendaño debía conocer ya la obra de Bernal Díaz y sin duda había leído a Cogolludo, quien aderezaba el relato de Orbita y Fuensalida y afianzaba la leyenda del caballo divinizado; influido por estas lecturas, quiso ver en el hueso una reliquia del caballo abandonado por el conquistador. Lo más probable es que ambos se hayan equivocado: aquella escultura debe haber sido la imagen de un tapir (un altar-tapir, como el de Kaminaljuyú), animal sagrado para los mayas, vinculado con el trueno por el fragor de su pataleo cuando huye de una amenaza (de ahí el nombre Tzim in-Chac). Además, lo  vieron sentado a la manera en que los tapires -y no los caballos- lo hacen, con las patas delanteras estiradas. En cuanto al hueso, debe haber sido un trofeo, pues era costumbre que quien lograba matar a un tapir conservara un pedazo del animal "para Memoria", como dice Landa. El lago Petén ltzá y sus alrededores ofrecían al tapir, ágil nadador y buen buceador, el mejor hábitat del mundo.

Los caballos carecen de la agilidad nadadora de los tapires, y por eso cuando Cortés se aleja del lago Petén Itzá se encuentra de pronto varado en un estero, con el agua hasta la cincha, y el caballo quieto, sin saber que hacer.

 

Tomado de Pablo Escalante Gonzalbo, “Conquistas lacustres. Tenochtitlan (1519-1521), Tayasal (1525-1696)”, Arqueología Mexicana núm. 68, pp. 45-49.

 

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