• 17-ene-2020

El espejo: revelador del destino de los hombres y de los imperios

Guilhem Olivier

Ya mencionamos el presagio de la grulla con un espejo sobre la cabeza, en el cual Motecuhzoma II pudo ver las estrellas y a los españoles cabalgando “sobre venados”, señales inequívocas del fin de la era mexica. Existen otros episodios de la conquista que se pueden relacionar con esta función adivinatoria del espejo.

Cuando los españoles, encabezados por Hernán Cortés, se encontraban en la costa de Veracruz, el soberano mexica les envió una delegación de 100 hombres cargados con presentes dirigidos por un tal Quintalbor, que el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo describe de esta manera: “un gran cacique mexicano, y en el rostro, facciones y cuerpo se parecía al capitán Cortés, y adrede lo envió el gran Montezuma […] y como parecía a Cortés así le llamábamos en el real, Cortés allá, Cortés acullá”. Como lo señaló atinadamente Michel Graulich (2014), Motecuhzoma muy probablemente quiso reproducir un episodio de la lucha entre el dios Tezcatlipoca y Quetzalcóatl en Tollan, la prestigiosa ciudad tolteca. Entre otras maniobras para desterrar a Quetzalcoatl de su capital –como emborracharlo y provocar su incesto con su hermana–, Tezcatlipoca enseñó un espejo a Quetzalcóatl, en el cual el soberano tolteca se vio viejo y feo, con lo cual se espantó y huyó. De esta manera, Tezcatlipoca, dios del destino, confería a Quetzalcóatl su calidad de astro lunar a punto de desaparecer y su derrota como rey-sol de la era tolteca. Sin lugar a dudas, Motecuhzoma II –que consideraba que la llegada de Cortés correspondía al regreso de Quetzalcóatl– intentó reproducir el episodio mítico del espejo para conseguir la huida del conquistador. Como sabemos, la maniobra no tuvo los efectos esperados y Cortés no se preocupó demasiado por el intento de Motecuhzoma de confrontarlo con su propia imagen.…

El papel del espejo como revelador del futuro aparece también en un episodio significativo ocurrido cuando los españoles ya habían entrado en el recinto sagrado de Mexico- Tenochtitlan. En ese momento, Tetlepanquétzal –rey de Tlacopan y poseedor de un espejo– se reunió con Cuauhtémoc en la gran pirámide doble dedicada a Huitzilopochtli y Tláloc. Después de que Tetlepanquétzal hubo pronunciado un conjuro, el espejo se oscureció y sólo una pequeña parte de su superficie permaneció visible y se distinguieron solamente algunos hombres del pueblo. El rey de Tlacopan exclamó llorando: “Digamos al Señor –que era Cuauhtémoc– que nos bajemos porque a México hemos de perder”. Sin embargo, desde antes de enfrentarse a la terrible sentencia del espejo, el último soberano mexica se había desmayado. Volvemos a encontrar a los mismos personajes en 1524, cuando Cortés encabezaba una expedición que se dirigía hacia Honduras, con el fin de sofocar la rebelión de Cristóbal de Olid. Temiendo una sublevación indígena en su ausencia, Cortés consideró adecuado llevar con él a Cuauhtémoc y a Tetlepanquétzal. Al enterarse de que éstos urdían un complot contra los españoles, Cortés los hizo ahorcar, pero perdonó a sus cómplices. Para asegurarse de la temerosa fidelidad de los sobrevivientes, el maquiavélico conquistador aseguró a los indios que se había enterado de la traición de Cuauhtémoc por medio de su brújula. Añade Cortés que “…me rogaban mucho mirase el espejo y la carta [la brújula], y que allí vería cómo ellos me tenían buena voluntad, pues por allí sabía todas las otras cosas; yo también les hice entender que así era la verdad, y que en aquella aguja y carta de marear, veía yo y sabía y se me descubrían todas las cosas”. Hábilmente, Hernán Cortés supo sacar provecho de las concepciones indígenas, ya que los mexicas consideraban su brújula como un “espejo revelador”. Además de su función adivinatoria, el espejo era un símbolo de autoridad real y el tlatoani mexica poseía uno que le había otorgado Tezcatlipoca, de manera que, ante los ojos de los mexicas, y sin saberlo, Cortés era identificado con Tezcatlipoca, o por lo menos como su elegido.

 

Guilhem Olivier. Doctor en historia por la Universidad de Toulouse, Francia, e investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Es autor de Tezcatlipoca. Burlas y metamorfosis de un dios azteca (2004) y de Cacería, sacrificio y poder en Mesoamérica. Tras las huellas de Mixcóatl (2015; ambos en el Fondo de Cultura Económica).

Tomado de Guilhem Olivier, “Tetzáhuitl: los presagios de la conquista de México”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 89, pp. 28-52.

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