• 19-feb-2020

El juego de pelota de Chichén Itzá, Yucatán

Adriana Velázquez Morlet

Diseñado para conmemorar un encuentro épico en el que se mezclaron lo mítico y lo profano, este extraordinario juego de pelota es el más grande e importante del mundo maya y el principal de los trece documentados hasta ahora en Chichén Itzá.

Fue construido en el Clásico Terminal, hacia el año 900 d.C., cuando la región maya del norte se organizó políticamente y se abandonó el viejo esquema de gobiernos centralizados en un solo personaje real y se sustituyó por el de un consejo de nobles. El complejo arquitectónico está formado por cuatro grandes estructuras. Las ubicadas al este y al oeste son dos largas plataformas, en las que se encuentran las banquetas con los relieves que lo han hecho célebre. En la parte posterior había escalinatas que conducían a cinco pequeños templos en la parte superior, así como al Templo Superior de los Jaguares. En los extremos norte y sur, cerrando la cancha, se edificaron dos templos más que complementan el conjunto.

Los relieves de las banquetas muestran una escena que se repite seis veces (tres a cada lado). Es una representación de la ceremonia sagrada de juego de pelota, en la que se enfrentan dos equipos con seis jugadores cada uno, más sus capitanes. Al centro de la escena se aprecia una gran pelota de pedernal con una calavera parlante dentro (el flequillo que lleva en la parte superior la identifica como un way o espíritu acompañante).

Visto de frente, el jugador de la izquierda es el triunfador, pues sostiene la cabeza decapitada del capitán derrotado, el cual, de rodillas y sangrante, aparece a la derecha. La sangre del perdedor está representada mediante seis serpientes (wak kan), que simbolizan el gran árbol que crece al centro del mundo. En medio de las serpientes emerge una planta de calabaza, que representa también, según Linda Schele, al árbol del mundo. Los demás jugadores, ricamente ataviados con la típica vestimenta del guerrero-jugador maya, atestiguan la escena, rodeados por volutas que indican que se encuentran cantando o declamando algún himno sagrado.

Por encima de las banquetas y a una altura inusual se aprecian los marcadores del juego de pelota, que tiene la forma dos serpiente emplumadas entrelazadas que convierten a los anillos en portales hacia el inframundo. Los pequeños ojos humanos que asoman entre sus cuerpos indican que los anillos están “mirando” y que funcionan como espejos y estandartes de la batalla. Las escenas pictóricas que aún se conservan en el Templo Superior de los Jaguares –en las que dos personajes, Capitán Serpiente y Capitán Disco Solar, aparecen como protagonistas principales– complementan la idea de que el juego de pelota es una batalla por la supervivencia y un renacimiento de la vida. Según Schele, este templo conmemora también las guerras de la fundación del imperio de los itzaes, y sus emblemas guerreros definen al juego de pelota como el lugar del Escudo de Pedernal y de la Serpiente de la Guerra, en alusión simultánea a la guerra y al sacrificio que caracterizan a la idea que del juego se tenía en el Posclásico, así como la del Clásico, en la que el juego de pelota era una entrada al inframundo, el lugar donde el tiempo se regeneraba a través del juego y la muerte ritual de los cautivos.

El juego de pelota de Chichén Itzá tiene un indudable vínculo con la idea de la guerra sagrada, pero de ninguna manera debe verse como un concepto guerrero vinculado a la vieja idea del Posclásico de una sociedad militarista en el área maya, que contrasta con la teocrática en el Clásico. Desde tiempos tempranos, el terreno del juego de pelota siempre estuvo ligado a la guerra y a la perpetuación de la historia dinástica. Como menciona Schele, el juego practicado aquí no era un deporte, era un asunto muy serio que involucraba la perpetuación del estado y la comunicación con el otro mundo.

 

Adriana Velázquez Morlet. Arqueóloga. Fue directora del Centro INAH Quintana Roo.

Velázquez Morlet, Adriana, “El juego de pelota de Chichén Itzá”, Arqueología Mexicana, núm. 44, pp. 46-47

Texto en la edición impresa.

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