• martes, 18 de septiembre de 2018

El oro de las ofrendas y las sepulturas del Recinto Sagrado de Tenochtitlan

 

Leonardo López Luján

Cuando Hernán Cortés y sus hombres arribaron a la capital del imperio mexica en noviembre de 1519, fueron hospedados en las Casas Viejas de Axayácatl, lujoso palacio ubicado frente al de Moctezuma. Al poco tiempo de haberse instalado, tuvieron un golpe de suerte, pues se percataron de que el vano de una puerta había sido cegado y encalado recientemente. Como era de esperarse, no dudaron en derribar la tapia y penetrar en la sala que era llamada Teucalco, en la cual se resguardaba el tesoro heredado por el emperador mexica de sus antepasados.

 

Según lo cuenta Bernal Díaz del Castillo: “Y desde que fue abierta y Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro é planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuis y otras muy grandes riquezas; quedaron elevados, y no supieron qué decir de tantas riquezas”. A la postre, fueron necesarios tres días y la participación de numerosos orfebres traídos desde Azcapotzalco para arrancar brutalmente todo el oro que engalanaba armas, divisas y ornamentos elaborados con plumas preciosas, maderas finas, pedrería y otros materiales que los conquistadores desdeñaron. Obtuvieron de esta forma tres montones de oro con valor de 600 mil pesos, los cuales fueron fundidos de inmediato. Del botín resultante, Cortés apartó un quinto para el rey de España, otro para sí y una suma determinada para subsanar ciertos gastos de la expedición; luego entregó 80 pesos a cada hombre de a caballo, y entre 50 y 60 pesos a cada soldado de a pie. Ante esta suma irrisoria, nadie quedó satisfecho. Inclusive, algunos se negaron a recibir una dádiva que nada tenía que ver con sus mayúsculos esfuerzos en la empresa conquistadora.

Este conocido pasaje histórico pone de manifiesto que Cortés actuó con gran inequidad ante su gente, pero también nos revela que el oro concentrado en las arcas imperiales de Tenochtitlan no era tan abundante como se suele imaginar. Tal hecho se evidencia aún más si dirigimos nuestra mirada hacia las gigantescas riquezas habidas por los españoles durante la conquista del Perú.

Por ejemplo, el “Tesoro de Cajamarca”, ganado  por las huestes de Francisco Pizarro durante la captura de Atahualpa, equivalió a más de 1 millón 300 mil pesos y el “Tesoro de Cuzco” a casi 600 mil pesos. El primero de ellos, tras haberle descontado el quinto real, alcanzó para pagar a cada soldado una suma hasta cien veces superior a lo repartido por Cortés… De ahí que Gonzalo Fernández de Oviedo hubiera expresado: “Ya todo lo de Cortés paresce noche con la claridad que vemos cuanto a la riqueza de la mar del Sur…”.

 

El oro en Mesoamérica

 ¿Cómo explicar tan ostensibles contrastes entre el mundo mexica y el incaico? La respuesta es sencilla. Señalemos, en primer lugar, que México es un país pobre en oro, sobre todo si lo comparamos con Colombia, Perú y Bolivia, o con los estados norteamericanos de California y Alaska. Recordemos, en segundo lugar, que los estados mexicanos más ricos en oro son los que se encuentran al norte del país. Y, en tercer lugar, que la metalurgia se introdujo muy tardíamente en Mesoamérica y que allí nunca se desarrolló el beneficio del oro a partir de los sulfuros de cobre, plomo, plata y zinc, esto a través de técnicas como la fundición piro metalúrgica avanzada o el procesamiento químico. Lo anterior significa que los mexicas, los mixtecas, los zapotecas y otros pueblos mesoamericanos se limitaron a explotar el preciado metal en su estado nativo. Así las cosas, el oro fue aprovechado en cantidades modestas, por lo que nunca alcanzó la relevancia económica, social, política y religiosa de que gozaron otras materias suntuarias como las plumas de colores y las piedras metamórficas azul-verdes. Esto es claro en la iconografía, la historia, la poesía y el lenguaje metafórico de los discursos.

La arqueología nos enseña algo semejante. En el caso específico de Tenochtitlan, el oro que ha llegado hasta nuestros días es notoriamente escaso. Las excavaciones realizadas entre 1948 y 2015 en la zona arqueológica del Templo Mayor han arrojado la sorprendente cifra de 204 ofrendas en tan sólo 1.5 hectáreas. Sin embargo, sólo 14 de ellas (es decir, 7.3%) contenían artefactos de oro. De estos depósitos rituales se recuperaron únicamente 267 piezas completas, todas ellas de pequeñas dimensiones, y 1 090 fragmentos diminutos. Estas cifras son insignificantes en relación a las decenas de miles de artefactos de piedras verdes, obsidianas, pedernales y cobre encontrados en la misma área. Además, el peso total de los artefactos de oro descubiertos en el Templo Mayor, que asciende a poco más de 500 gramos, es minúsculo en comparación con lo descubierto en contextos arqueológicos de Centro y Sudamérica. Incluso, se antoja poca cosa ante los 2.4 kilogramos hallados en las tumbas 1 y 2 de Zaachila, los 3.6 kilogramos de la Tumba 7 de Monte Albán, los 5.9 kilogramos del Tesoro del Pescador y los 7.2 kilogramos del Cenote de Chichén Itzá, máxime si se considera el poderío delimperio mexica.

 

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre y director del Proyecto Templo Mayor, INAH.

 

López Luján, Leonardo, “El oro de las ofrendas y las sepulturas del Recinto Sagrado de Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana núm. 144, pp. 58-63.

 

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