• lunes, 15 de octubre de 2018

El primer taller de navajas prismáticas en Mesoamérica

 

Kenneth Hirth

La producción de navajas de obsidiana fue uno de los primeros oficios especializados de Mesoamérica y el taller de Malpica es uno de los ejemplos más antiguos de cómo se organizó ese oficio; el trabajo era doméstico y fue una actividad suplementaria de subsistencia. La producción estuvo en manos de los artesanos plebeyos, y en San Lorenzo se dio sin la intervención de las elites.

 

Una navaja de obsidiana es la herramienta perfecta por muchas razones: delgada y afilada por ambos lados se convirtió, a lo largo de la historia mesoamericana, en el instrumento cortante preferido en muchas partes de México y Guatemala. La obsidiana es un cristal volcánico natural y los pueblos mesoamericanos la usaron para obtener un buen número de herramientas filosas y cortantes. Los bordes de las navajas de obsidiana recién hechos son los más filosos del mundo, más todavía que las herramientas quirúrgicas modernas. Si hemos de encontrar un defecto en las herramientas de obsidiana, sería que pierden rápidamente el filo. Pero como las navajas disponibles siempre fueron suficientes, no hubo necesidad de sustituirlas por herramientas de metal, de bronce o de hierro, como sucedió en el Viejo Mundo.

La manufactura de navajas de obsidiana fue un oficio especializado. Cualquiera puede obtener un trozo con filo golpeando un nódulo de obsidiana, pero producir navajas delgadas es muy distinto y fueron artesanos especializados quienes las fabricaron en la antigua Mesoamérica. Las navajas se obtenían haciendo presión en núcleos de obsidiana con una configuración especial y la producción requería de tres elementos: el primero, un bloque de alta calidad, sin impurezas, que se prestara a la aplicación de las técnicas de presión. En segundo lugar, se requería un conocimiento especializado de la técnica, tanto para hacer los núcleos –que se obtenían percutiendo– como para extraer de allí, mediante presión, las navajas. En tercer lugar, los artesanos requerían entrenamiento, habilidad y práctica para producir las navajas de manera eficiente y sin errores. Un artesano bien capacitado podía proveer, él solo, las navajas requeridas durante un año por hasta mil hogares, dependiendo de cuántas se usaran. La tecnología requerida para hacer navajas se desarrolló tempranamente y los artesanos que las producían bien pudieron haber sido los primeros trabajadores especializados de Mesoamérica. Si bien ignoramos cómo se inició la tecnología usada para producir las navajas de obsidiana, parece que existen desde 2500 a.C.; encontramos ejemplares sueltos en asentamientos aldeanos como San Lorenzo desde 1700 a.C., y ya para 1200 a.C. eran más frecuentes, hasta convertirse en hallazgos comunes en contextos domésticos. La tecnología de las navajas se difundió rápidamente por toda Mesoamérica después de 1000 a.C. y sustituyó, como herramienta cortante, a las lascas obtenidas por mera percusión. Resulta sorprendente que, a pesar de los cambios en la técnica de producción de navajas de obsidiana en el curso del tiempo y el espacio, la forma de las navajas fuera la misma durante 4 000 años: desde su primera aparición hasta la llegada de los españoles. Las navajas de obsidiana son el tipo de herramienta ideal, y reconstruir cómo y cuándo apareció este oficio especializado del navajero es importante para comprender la organización, integración y complejidad de la economía prehispánica.

 

Origen y difusión de la tecnología de las navajas de obsidiana

Aunque desconocemos el lugar donde apareció la tecnología de las navajas de obsidiana, es indudable que la habilidad necesaria para hacerlas requería de un artesano calificado. Los arqueólogos propusieron inicialmente que la producción de navajas había sido auspiciada y difundida a través de Mesoamérica por una elite que tenía los vínculos interregionales para conseguir la obsidiana procedente de lugares lejanos, así como los recursos necesarios para mantener a los artesanos que producían las navajas –tanto para el uso como para la comercialización. Esta conclusión derivó de la idea de que las elites apoyaron a los primeros artesanos especializados y al constatar que la tecnología de las navajas se expandió por toda Mesoamérica, al mismo tiempo que crecían las sociedades jerárquicas durante los periodos Preclásico Medio y Tardío.

Aunque suene lógico, no hay evidencia directa alguna que muestre que las elites hayan participado de manera directa en el florecimiento de tal tecnología. El primer sitio donde se han encontrado rastros de trabajadores especializados en la obsidiana es Chalcatzingo, Morelos; allí se recuperó gran cantidad de desperdicio de obsidiana en un basurero grande, asociado a la producción de navajas. Este desperdicio data de 500 a 700 a.C. y se trata, al parecer, de los sobrantes de un taller pequeño donde los artesanos producían navajas para el intercambio o la demanda interna. Chalcatzingo fue un centro político y ritual grande e importante en la zona central de México entre 900 y 500 a.C., pero no hay evidencia directa de que la elite local haya financiado a los artesanos que trabajaban allí ni de que estuvieran bajo su control directo. Fue por esto que produjo notable entusiasmo el descubrimiento de una zona de producción de navajas de obsidiana en San Lorenzo, el sitio olmeca. Una gran concentración de desperdicio fue identificada en un pozo de prueba de Puerto Malpica, en el extremo sur de la isla San Lorenzo. En2012 y 2013 se realizaron investigaciones estratigráficas para determinar si el lugar había sido un taller donde se hacían navajas de obsidiana y, de ser el caso, definir y fechar el contexto productivo. Las excavaciones y los análisis confirmaron que en el taller de Malpica se produjeron navajas entre 1200 y 1000 a.C., durante la fase B de San Lorenzo.

 

Kenneth G. Hirth. Doctor en antropología y arqueología por la Universidad de Wisconsin, Milwaukee, Estados Unidos. Profesor distinguido de Estudios Precolombinos en Dumbarton Oaks Library and Research Collections, Washington D.C.

 

Hirth , Kenneth G., “El primer taller de navajas prismáticas en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 150, pp. 42-47.

 

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