• sábado, 18 de mayo de 2019

Flora y cultura en una fosa tectónica

Alejandro de Ávila Blomberg

El Valle de Tehuacán-Cuicatlán es una fosa tectónica, es decir, una depresión alargada entre dos fallas paralelas, donde el terreno no se hunde por erosión sino por fuerzas internas de la tierra. La fosa tectónica más conocida en el mundo es el valle Rif, en África Oriental, parte del cual fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2011. Al igual que Tehuacán-Cuicatlán, el Rif muestra una variedad sorprendente de procesos geológicos y una gran diversidad de plantas y animales, muchos de ellos endémicos. La barranca de Olduvai, famosa por la cantidad de fósiles de seres humanos tempranos hallados allí, forma parte del Rif.

¿Pero qué tienen de especial las fosas tectónicas para explorar la historia humana en África o en México? Algunos arqueólogos proponen que nuestros ancestros se hicieron humanos al habitar regiones tectónicamente activas. En áreas como el Rif y el Valle de Tehuacán-Cuicatlán, el plegamiento y afallamiento de la corteza moldean un entorno complejo de cerros, valles y acantilados. Esos paisajes eran favorables para nuestros antepasados, quienes no eran muy rápidos ni fuertes en comparación con otros animales, pero eran inteligentes y adaptables. La irregularidad del terreno les permitía comer carne, matando a grandes herbívoros al hacerlos caer en estampida. El agua subterránea que sube a la superficie por fallas geológicas forma refugios húmedos para plantas y animales que servían como alimento. Los taludes y otras barreras físicas ofrecían protección contra depredadores y enemigos. En las llanuras abiertas, en cambio, los primeros humanos estaban en desventaja ante la velocidad de las fieras, sin hablar de bípedos más astutos.

Para poner a prueba esa hipótesis, se ha correlacionado la distribución de los sitios ricos en fósiles humanos con la actividad tectónica. En África se encontró que 93% de esos sitios corresponden a terrenos quebrados. El mismo patrón es evidente en diversas regiones de Europa y Asia. En el caso de América, no conocemos estudio alguno que relacione la ocupación humana durante el periodo Arcaico con la actividad tectónica. El Valle de Tehuacán- Cuicatlán parece una zona idónea para hacerlo.

Alejandro de Ávila Blomberg. Director fundador del Jardín Etnobotánico de Oaxaca. Estudia la nomenclatura de las plantas en las lenguas otomangues, con énfasis en las lenguas mixtecas. Su trabajo muestra que los criterios culturales para categorizar diversas especies en el centro y sur de México ponen en entredicho principios supuestamente universales en la clasificación de los seres vivos.

 

De Ávila Blomberg, Alejandro, “Flora y cultura en una fosa tectónica”, Arqueología Mexicana, núm. 155, pp. 40-48.

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