• 17-nov-2019

Flores, ritual y dioses entre los mexicas

Además de sus múltiples usos medicinales o alimenticios, que no abordaremos aquí, entre los mexicas había algunas flores o representaciones de ellas en adornos, insignias, rodelas y textiles que servían para determinar las jerarquías y eran de uso exclusivo de los pipiltin o nobles y los guerreros destacados (los hombres de baja cuna y que no sobresalían en la guerra sufrían la pena de muerte si las portaban).

Algunas flores hechas de plumas, de acuerdo con Durán, eran “la sombra de los dioses o la sombra de los señores y reyes”. Había flores que se seleccionaban por su delicado olor y que tenían poderes especiales: se creía que suprimían la fatiga causada por desempeñar un cargo público o por gobernar. Éste era el caso de “las flores de verano que huelen bien”; de la eloxóchitl ( flor de elote), que conocemos como magnolia (Magnolia schiedeana), y de otras consideradas de lujo, pues se traían a la Cuenca de México desde “tierra caliente”, como la tlilxóchitl( flor negra) o vainilla (Vanilla fragrans) y la cacaloxóchitl (flor del cuervo, Plumeria rubra) , entre otras. Esta última era muy apreciada y se le menciona en los cantos; es conocida como flor de mayo (una de varias con ese nombre) o como saba nikté, en maya, y aún se emplea en la fabricación de las guirnaldas que adornan las cruces que se veneran el mes que le da su nombre, así como para honrar a los miembros destacados de alguna comunidad cuando ocupan algún cargo civil o religioso. Las flores también fueron utilizadas como tributo y se cultivaron en jardines reales; algunas incluso se adaptaron a condiciones ambientales distintas de las de su lugar de origen.

Entre las flores usadas con frecuencia en los rituales estaba el yauhtli, “el oscuro”, hoy conocido como pericón o hierba de Santa María. En el mundo nahua, se esparcía en forma de polvo a los pies de las deidades o se ponía en las caras de quienes iban a ser sacrificados; también, por su fuerte olor, se quemaba como incienso, pues a través del humo y el aroma se establecía comunicación con lo sagrado . La relación del yauhtli con Tláloc y otras deidades del agua fue muy estrecha. El protomédico Francisco Hernández la llamó “hierba de las nubes” y al parecer también tenía un estrecho vínculo con el ciclo agrícola, ya que sus brotes aparecen en las primeras lluvias y crece junto con el maíz, como bien lo explica la investigadora Dora Sierra Carrillo, quien asocia esta flor con el calor, la luz, el fuego y la vida, atributos calientes que sirven para proteger a los seres de las fuerzas frías perjudiciales, como los aires. En la actualidad se sigue usando como en el pasado (para sahumar, en limpias y purificaciones) y en el Altiplano Central se utiliza el día de San Miguel en la ceremonia conocida como “la enflorada” o “periconeada”, en que se colocan cruces de esta flor como protección. Otra flor de la misma especie, el cempoaxóchitl, formaba parte del tocado de la diosa Coyolxauhqui y se utilizaba en las ceremonias de tecuilhuitontli, en que las mujeres bailaban con ramos de esta flor. Otra flor utilizada en los rituales era el amaranto o huauhtli (Amaranthus hypochondriacus), que -además de sus  semillas eran la materia básica del tzoalli, masa con la que se formaban las imágenes de los dioses, y sus flores adornaban el Cinteopan en honor a Chicomecóatl, diosa de los mantenimientos, durante el ochpaniztli, “barrimiento”, realizado el decimoprimer mes del año. Durante estas festividades se hacían pellas o pelotas con varias plantas, entre ellas el cempoalxóchitl, las cuales se utilizaban en ciertas peleas o escaramuzas en honor a la madre de los dioses: Toci (nuestra abuela).

Ana María L. Velasco Lozano y Debra Nagao, “Mitología y simbolismo de las flores”, Arqueología Mexicana, núm. 78, pp. 28-35.

Ana María L. Velasco Lozano. Maestra en ciencias antropológicas e investigadora en la Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH.

Debra Nagao. Maestra en historia del arte y arqueología en la Universidad de Columbia, Nueva York.

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