• 1-oct-2020

Historia de una vasija de obsidiana

Jane M. Walsh

La vasija de obsidiana de Texcoco

Eugene Boban comienza su breve historia sobre el descubrimiento de la pieza citando la descripción del catálogo de 1882 de Mendoza y Sánchez; se pregunta por qué ha recibido tan poca atención la que considera “una de las más asombrosas piezas que se pueda contemplar y que representa, por su magnífica factura y las dificultades superadas, una obra maestra de la lapidaria del Anáhuac” (1884, pp. 70-71). Boban, quien en su tiempo presumía de ser el anticuario del emperador Maximiliano, pasó más de un cuarto de siglo en México y formó varias grandes colecciones de antigüedades mexicanas. Buena parte de ese material se encuentra actualmente en el Museo del Hombre de París, aunque en casi cualquier gran museo del mundo pueden encontrarse fragmentos y piezas de aquellas colecciones. Boban publicó algunos artículos sobre ciertas piezas, muchas de las cuales habían sido recolectadas y vendidas por él mismo o sobre las que tenía una especie de interés financiero.

De acuerdo con Boban, un tal doctor Rafael Lucio adquirió el mono de obsidiana en 1869. Según su relato, el doctor Lucio era un “hábil artista además de reconocido médico [que] había visto la pieza en la casa de un enfermo al que visitaba”. El paciente ofreció la bella vasija como pago al doctor, quien la había estado admirando por largo rato. El paciente, a su vez, la había cambiado por un borrego “valuado en 12 reales, o 7.50 francos”, que dio “a un campesino que la había encontrado en el terreno de una hacienda cercana a Texcoco” (Boban, 1884, p. 71).

Esta versión francesa, de 1884, del cuento del mono de obsidiana incluye al campesino y el intercambio agropecuario, aunque la talega se convierte en borrego y el director del museo no interviene en la trama. La historia toma un nuevo sesgo cuando Boban describe al Dr. Lucio presa del arrepentimiento por haber aceptado algo cuyo alto valor conoce. Sospecho que Eugene Boban tuvo algo que ver en el avalúo de la pieza, lo cual explicaría, por supuesto, cómo se había enterado de la transacción. El buen doctor, continúa Boban, llevó “un anillo de diamantes a su paciente al siguiente día”. Probablemente lo hizo para aligerar su conciencia, pues al parecer conservó el objeto. La historia sigue y dice que a fin de cuentas el Dr. Lucio vendió la vasija al Museo Nacional “por una bicoca… para que se quedara en el país donde había sido hecha” (ibid., 71).

El señor Pérez, amigo de Boban, fotografió el objeto cuando aún estaba en el consultorio del doctor y de allí se tomaron los tres grabados que ilustraron el artículo de la Revue D’ethnographe. Boban lo describe así: “Este vaso, de unos 16 cm de alto y un poco menos ancho que alto, fue esculpido con una paciencia admirable en un bloque de obsidiana, (con las paredes) tan bien adelgazadas que a primera vista parece una botella de vidrio. El interior está ahuecado con regularidad admirable; en el exterior el artista labró en relieve la imagen de un mono acuclillado que se agarra con ambas manos la cola, la cual rodea la vasija formando su borde. Esta figura convencional es bien conocida en la arqueología mexicana, es Ozomatli, una representación frecuente que, como demostró el Dr. Hamy, simboliza a Quetzalcóatl en su forma de dios del viento” (ibid., p. 71).

 

Jane M. Walsh. Doctora en antropología por la Universidad Católica de Washington, D.C. Investigadora del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano.

Walsh, Jane M, “La vasija de obsidiana de Texcoco”, Arqueología Mexicana, núm. 70, pp. 66-67.

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