• 22-nov-2019

Las aves de rico plumaje en Mesoamérica

María de Lourdes Navarijo Ornelas

Para comprender el desarrollo de las civilizaciones es necesario reconocer el impacto continuo que han tenido las interacciones de los seres humanos con los medios físico y biológico. De las aves se obtiene un beneficio material y uno espiritual, asociado a diversos valores culturales, por lo que hoy día existe un nutrido historial de usos y de significados.

Los censos mundiales indican que el grupo de las aves está formado por entre 9 720 a 10 550 especies, agrupadas en 29 órdenes, de las cuales en nuestro país se han registrado cerca de 1 150 especies, reunidas en 22 órdenes. Esta riqueza coloca a la República Mexicana en el lugar número 11 a nivel internacional, ya que, debido a su privilegiada posición geográfica en la parte meridional de Norteamérica, alberga una mezcla de avifauna de origen neártico y neotropical. Esto favorece una gran variedad de climas y una compleja topografía, en la que se encuentra una enorme biodiversidad de ecosistemas. La diversidad biológica y cultural hacen de México una de las regiones donde las interacciones de los humanos con los recursos naturales han alcanzado gran complejidad.

El florecimiento de las culturas prehispánicas en este escenario dio lugar a un mosaico étnico y lingüístico, con sus singularidades y generalidades culturales, lo que hace que el abanico de posibilidades para aquilatar la importancia de las aves en los múltiples contextos sea infinito.

Los objetos de plumaria como herramienta de estudio

Estudiar a las aves desde la óptica prehispánica plantea un dilema: ¿qué ruta seguir para obtener una imagen objetiva sobre su papel y dimensionar su valor? En los estudios enfocados a comprender las maneras de percibir y conocer la naturaleza por parte del hombre prehispánico se ha recurrido a las fuentes históricas, como los códices y los textos de conquistadores, frailes, viajeros e incluso los propios indígenas y mestizos.

Determinar la identidad de las especies de aves utilizadas en la elaboración de los variados objetos de plumaria permite explorar, en primer lugar, la calidad de los conocimientos sobre la diversidad de especies y, de ahí, la importancia de su manejo bajo la serie de implicaciones que entraña su obtención.

En prendas de vestir y de abrigo, como mantas, se usaban las plumas blancas suaves del pecho del ganso de frente blanco (Anser albifrons), las plumas delicadas como algodón del abdomen del pato de collar (Anas platyrhynchos) y de otras especies de ánades. Las plumas del garzón blanco (Ardea alba) fueron muy estimadas para adornos específicos, como las borlas llamadas aztaxelli, que se llevaban en la cabeza. La variedad y cantidad de artículos fue vasta, a juzgar por lo que consignó Hernán Cortés en su segunda carta de Relación al emperador Carlos V, pues sin ocultar su asombro refiere la majestuosidad de los atuendos de Moctezuma: “vestíase todos los días cuatro maneras de vestiduras, todas nuevas, y nunca más se las vestía otra vez”.

Colores, texturas y cantidades

El examen ornitológico de seis piezas de plumaria del siglo XVI permite conocer el universo de aves valoradas y empleadas, piezas que se resguardan en tres países: el xicalcoliuhqui chimalli rojo o de fondo anaranjado y el xicalcoliuhqui chimalli greca verde se localizan en la ciudad de Stuttgart, Alemania; el escudo Ahuítzotl o del Cánido Emplumado y el penacho de Moctezuma están en el Museo de Etnología de Viena. En la Ciudad de México se conserva el quetzalcuexyo, en el Museo del Castillo de Chapultepec, y en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología se encuentra el tapacáliz de plumas.

En ese conjunto se determinó la presencia de plumas cuyos colores, matices y texturas son diferentes en razón de provenir de 16 especies incluidas en nueve familias que corresponden a seis órdenes. Los análisis cualitativos indican que las plumas azules de la cotinga azuleja y las del quetzal de tonos verde dorado o iridiscente que varían con la luz son las más empleadas. En cantidades desiguales, las de cotinga se aplicaron en cinco de las seis obras y las del quetzal están en cuatro. Hay también plumas de cuatro especies en tres de las seis piezas: las rosadas de la espátula rosada, las canela o marrón brillante de la cola del delgado pájaro vaquero, las de tono rojo anaranjado de la guacamaya roja y las amarillo anaranjado del bolsero o turpial. Las plumas parduzcas del pato (Anas sp.) y las negras con un lustre iridiscente del zanate se observan en dos piezas; en una ocasión se aplicaron las de trogones, loros, vermivora, tangara y cacique, lo que denota una selección preferente.

 

María de Lourdes Navarijo Ornelas. Doctora en ciencias (biología) por la Facultad de Ciencias de la UNAM, y maestra en museología por la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía del INAH. Etnobióloga especializada en documentar la importancia de las aves en distintos contextos culturales.

Navarijo Ornelas, María de Lourdes, “Las aves de rico plumaje en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana, núm. 159, pp. 48-53.

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