• miércoles, 24 de abril de 2019

Las escuelas

Enrique Vela

La sociedad mexica contaba con un eficiente sistema de educación formal que le permitía no sólo transmitir los conceptos que le daban identidad sino también los conocimientos necesarios para colaborar en las empresas militares que eran su principal sustento. Permitía además congregar la importante fuerza de trabajo que representaban los jóvenes y coordinar su participación en la obra pública. Todo lo anterior explica el porqué la asistencia a alguna de las instituciones educativas era obligatoria. Desde edad temprana, los padres de los niños debían ponerlos bajo la protección de algún templo, con el compromiso de, una vez alcanzada la edad adecuada, llevarlos a su escuela. El ofrecimiento, en el que se dejaba un objeto como prenda, más que al templo mismo era a la deidad protectora y por lo tanto el no cumplir con el compromiso podría acarrear males tanto al niño como a sus padres. Existían dos tipos de templo-escuela a los que podían optar libremente los padres para enviar a sus hijos: el telpochcalli y el calmécac. Se supone que en cada barrio había varios telpochcalli, en tanto que la cantidad de los calmécac era menor.

Sin embargo, esa aparente libertad de elección estaba condicionada por las características de la estructura social mexica, claramente dividida en dos grandes grupos: gente común (macehualtin) y nobles (pipiltin).

Los primeros estaban destinados a asistir preferentemente al telpochcalli, y los segundos, al calmécac; de hecho, la educación que se impartía en cada una de esas instituciones era diferente en la medida que estaba destinada a satisfacer distintas necesidades. Eso también explica los distintos grados de disciplina que había entre ambas instituciones; por ejemplo, mientras los jóvenes del telpochcalli podían eventualmente abandonar las instalaciones, los del calmécac eran castigados si lo intentaban. Aun con esas diferencias, ambas instituciones eran parte de un mismo sistema y de hecho había un responsable general de la administración y la observancia de la integridad de los contenidos impartidos, al que se conocía como mexícatl teohuatzin.

Telpochcalli

“La casa de los jóvenes” o telpochcalli era la institución a la que acudían en su gran mayoría los jóvenes mexicas, con excepción de los nobles. En cada uno de los barrios de la ciudad existían varias de estas escuelas que eran dirigidas por un telpuchtlato, “el que ordena entre los jóvenes”. Ahí la gente común adquiría la disciplina y las habilidades necesarias para apoyar las actividades militares y participar adecuadamente en el largo y complejo sistema ritual mexica.

Los alumnos del telpochcalli debían vivir en sus instalaciones, lo que además de servir para infundir disciplina tenía otra consecuencia práctica: aprovechar la fuerza de esos jóvenes para el cultivo y para las numerosas obras públicas que requería una ciudad en constante expansión como México-Tenochtitlan. Cuando estaban listos, los jóvenes acompañaban a las expediciones militares como cargadores y podían intentar capturar un enemigo, lo que les permitía conseguir ascensos.

Los jóvenes debían permanecer en la escuela hasta que estaban listos para contraer matrimonio.

 

Calmécac

Los alumnos de esta escuela, cuyo nombre significa “en la hilera de casas”, eran sobre todo jóvenes de la nobleza. Cabe indicar que los macehualtin podían optar por ingresar a este tipo de escuela, aunque en la práctica sería algo inusual debido a condicionantes

sociales e ideológicas. Los alumnos del calmécac recibían una educación más enfocada a aspectos relacionados con la conducción de los asuntos militares, la religión y los distintos campos del conocimiento que se asociaban al ritual y al transcurso adecuado de la vida pública. Recibían, por ejemplo, lecciones sobre el calendario y la historia de los mexicas, y obtenían preparación para oficios como la metalurgia, la escultura, la carpintería y la plumaria. En suma, se preparaba a los alumnos del calmécac para ejercer el sacerdocio o cargos de alto rango en la burocracia de la ciudad.

Existían varias escuelas para nobles, asociadas a los templos dedicados a diferentes dioses. En vista de que las fiestas y los ritos tenían características particulares en función de su deidad patrona, es posible que, por lo menos a ese nivel, la enseñanza en cada calmécac fuese específica. En el calmécac la disciplina era notablemente más estricta que la del telpochcalli. Los alumnos tenían varias actividades nocturnas; entre otras, debían levantarse para ir al monte a ofrecer incienso a los dioses, debían también pincharse con púas de maguey para ofrecer su sangre o se bañaban a media noche con agua fría.

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

 

Vela, Enrique, “Las escuelas”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 75, pp. 44-51.

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