• 19-jul-2019

Los animales domésticos

Raúl Valadez Azúa

La domesticación de los animales en tiempos antiguos fue un fenómeno generalizado que se dio en todos los continentes. Su mayor o menor desarrollo dependió fundamentalmente de la fauna presente, de que fuera o no viable para soporta el cambio, de las condiciones ambientales y del tipo de necesidades humanas. En el área mesoamericana la domesticación fue un proceso continuo y constante, que se inició hace unos 5 000 años y que quizá nunca concluyó.

 

Un animal doméstico es el resultado de una interacción entre el hombre y la especie animal a la que aquél pertenece, a través de la cual lo introducimos dentro de nuestra esfera de actividades y lo convertimos en parte de nuestro ambiente, con el propósito de obtener de él algunos beneficios. Conforme el proceso avanza, la otrora especie silvestre pierde su autonomía y el hombre progresivamente adopta el papel de protector del animal para cubrir sus necesidades básicas. Cuando se ha llegado al punto en que éste cubre su ciclo de vida completo dentro del ámbito humano, podemos decir que el proceso está concluido y ya podernos hablar de una nueva especie, pero doméstica. Respecto a qué tan importante y prolongada sea esta interacción, ello depende fundamentalmente de los beneficios que obtenemos. 

 

La domesticación como producto natural del desarrollo humano

La domesticación de los animales en tiempos antiguos fue un fenómeno generalizado que se dio en todos los continentes, excepto el australiano. Su mayor o menor desarrollo dependió fundamentalmente de la fauna presente, de que fuera o no viable para soportar el cambio, de las condiciones ambientales y del tipo de necesidades humanas.

En la actualidad sabemos que un proceso de domesticación de animales consta de dos fases: la primera, llamada cautividad,  implica la captura de ejemplares y la privación de la libertad, en tanto que la segunda, que es la domesticación propiamente dicha, representa el periodo en el que poco a poco las necesidades de los animales son cubiertas por el hombre, hasta llegar al punto en que aquéllos ya no requieren del ambiente natural para cubrir su ciclo de vida. 

 

La domesticación de animales en Mesoamérica

La región de Mesoamérica, como foco cultural independiente, tuvo sus propios eventos de domesticación, que nos fueron ni mejores ni peores que los que se dieron en otros centros de civilización, pues en todo caso siempre surgen como un simple derivado de la combinación fauna existente-intereses humanos. Respecto al factor animal, en esta zona no hay especies de mamíferos medianos o grandes que sean aptos para la domesticación con fines alimentarios o como fuente de materia prima (como las llamas en América del Sur, los borregos en Medio Oriente o el jabalí en Asia). Sin embargo, existe como contraparte una importante fauna de aves, varias de las cuales si podían adaptarse al ámbito humano. 

Acerca de los intereses del hombre mesoamericano, éstos se centraron con mayor frecuencia en lo religioso que en lo material, en parte porque las necesidades básicas en este último rubro siempre estuvieron cubiertas adecuadamente a través de la fauna silvestre, del perro y del guajolote, y en parte también porque varios de estos eventos de domesticación se dieron dentro del seno de culturas que tenían una infraestructura económica bien establecida, y por tanto el esfuerzo humano se dirigió a satisfacer necesidades de otro tipo, por ejemplo el religioso. 

En Mesoamérica la domesticación fue un proceso continuo y constante, que se inició hace unos 5 000 años y quizá nunca concluyó. Hasta donde sabemos no existió una región donde se dieran estos eventos en mayor cantidad, y de hecho lo que conocemos en este momento quizá es sólo una pequeña parte de lo ocurrido. 

 

Raúl Valadez Azúa. Biólogo y doctor en ciencias por la UNAM. Especialista en etnozoología. Investigador del Instituto de investigaciones Antropológicas de la UNAM. Encargado del Laboratorio de Paleozoología.

 

Valadez Azúa, Raúl, “Los animales domésticos”, Arqueología Mexicana núm. 35, pp. 32-39.

 

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