• 20-nov-2019

Los lugares de destino del teyolía

Alfredo López Austin

La muerte como dispersión

Para los antiguos nahuas la muerte significaba la desagregación y la dispersión de los componentes del ser humano. Una locución de la lengua náhuatl, consignada por fray Alonso de Molina, resume esta idea. Cuando el franciscano se refiere a la muerte, transcribe: Onacico in nacian, in nopoliuhya in noxamanca, in nopoztequia, lo que significa: “alcancé mi alcanzadero, mi destrucción, mi ruptura, mi fragmentación”. El hombre era un ser complejo: estaba formado por la materia pesada de su cuerpo y contaba con varias entidades anímicas invisibles y ligeras. Estas últimas le otorgaban naturaleza humana, individualidad, facultades sensoriales y de movilidad, sentimientos, impulsos, capacidad intelectual, y lo vinculaban con una divinidad protectora. Sus principales entidades anímicas eran el teyolía, el tonalli y el ihíyotl. En el primero, ubicado en el corazón, radicaban su esencia humana, su vida, lo más importante de sus facultades mentales y su pertenencia a un grupo de parentesco; al morir el individuo, el teyolía viajaba a uno de los lugares destinados a los muertos. El tonalli, ligado a la individualidad y al destino personal, reposaba sobre la tierra tras la muerte, y generalmente era guardado por los familiares del difunto en una caja que contenía sus cenizas y dos mechones de cabellos. Por último, el ihíyotl, motor de las pasiones, se dispersaba en la superficie terrestre y podía convertirse en seres fantasmales o en enfermedades (yohualehécatl o “viento nocturno”).

Un problema por dilucidar es la composición de cada una de estas entidades. Al parecer eran complejas y escindibles. Al menos el teyolía de los tlatoque o reyes podía repartirse, después de la muerte, en diferentes sitios del más allá.

Los lugares de destino del teyolía

Generalmente se habla de cuatro diferentes lugares de destino: el Mictlan (“lugar de los muertos”), situado en las profundidades de la tierra, al que se dirigían quienes habían fallecido de muerte común; el Ichan Tonatiuh Ilhuícatl (“el cielo que es la morada del Sol”), reservado a los caídos en combate, los ofrecidos en sacrificio al Sol, las mujeres muertas en su primer parto y los comerciantes que habían perecido en las expediciones mercantiles; el Tlalocan (“lugar de Tláloc”), paraíso de la vegetación, que reunía a los golpeados por rayo, a los ahogados y a los que habían fenecido a consecuencia de una enfermedad “acuática”, y finalmente el Chichihualcuauhco (“lugar del árbol nodriza”), sitio en el que los niños muertos durante la lactancia esperaban una segunda oportunidad de vida. Sin embargo, hay suficiente información acerca de la creencia en otras moradas de muertos.

La muerte era una terrible y postrera toma de posesión: un dios invadía el cuerpo de un ser humano para llevarlo a sus dominios. Cada dios elegía a sus súbditos y los mataba con sus poderes específicos. El Sol y la diosa Tonan Quilaztli usaban respectivamente la muerte en la guerra y en el primer parto para tener servidores, ambos, en la Casa del Sol. Tláloc y Chalchiuhtlicue se valían de sus poderes acuáticos para contar con auxiliares en el Tlalocan. Las fuentes mencionan a otros dioses que mataban a los elegidos y los llevaban a sus propios reinos. Por ejemplo, la muerte en estado de ebriedad era señal de que Ometochtli (el principal de los dioses del pulque) había escogido a la víctima, y que el destino del muerto era el paraíso de los borrachos. Otro caso interesante es el de Tlazoltéotl, diosa que inspiraba el adulterio y se llevaba a quienes morían ajusticiados por dicho delito. En las exequias, los muertos lucían la indumentaria particular de sus nuevos amos divinos.

La forma de morir estaba condicionada, en mayor o menor grado, por la conducta observada en vida: ser casto hacía que un joven guerrero resultara apetitoso al Sol, mientras que el devoto a Tláloc caía en los dominios acuáticos del Tlalocan. Pero no toda elección derivaba de la buena conducta de la víctima: quien atesoraba chalchihuites (las joyas de Tláloc) enfurecía al dios por su atrevimiento, y en castigo era muerto por rayo o ahogado, por lo que iba al Tlalocan, por tanto, podemos comprobar que la muerte llegaba más por contagio de los poderes específicos de las divinidades que por una distinción entre la buena o la mala conducta.

La correlación entre conducta, forma de morir y destino ultramundano ha hecho que algunos autores incluyan la religión de los antiguos nahuas entre las de salvación-condenación. Discrepo de esta opinión. Es indudable que entre los antiguos nahuas las creencias sobre el más allá servían para encauzar determinadas conductas. También es cierto que no les era ajena la idea del castigo por algunos comportamientos indebidos, ya propios, ya de sus familiares. Por ejemplo, se expiaban en el otro mundo el incumplimiento de un acto ritual o no levantar los granos de maíz tirados en el suelo. Pero nada de esto es equiparable a las vigorosas creencias sobre premio y castigo de las verdaderas religiones de salvación-condenación, como son la cristiana y la musulmana.

El difunto estaba obligado a realizar tareas importantes en o desde el ámbito ultraterreno al que había arribado: conducir la lluvia, hacer brotar las plantas, honrar al Sol en su camino, causar o curar algunas enfermedades, etc. El cumplimiento de una función cósmica era más importante que el premio o el castigo. No existían paraísos de ocio; se iba a trabajar. Sabemos por las fuentes que estas tareas, al menos en la Casa del Sol y en el Mictlan, duraban sólo cuatro años. En el Códice Florentino se dice que al terminar este periodo, los que iban al Mictlan desaparecían.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM. Investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Actualmente realiza una investigación acerca de los mitos, la religión, la política y la iconografía de las sociedades mesoamericanas.

Tomado de López Austin, Alfredo, “Misterios de la vida y de la muerte”, Arqueología Mexicana, núm. 40, pp. 4-9.

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