• 17-jul-2019

Tzompantlis. Un espejo en el arte maya

Virginia E. Miller

Si bien los tzompantlis suelen asociarse con las prácticas rituales mexicas, la primera estructura permanente para la exhibición de cráneos humanos fue construida por los mayas. Muy cerca del Gran Juego de Pelota de Chichén Itzá se encuentran los muros de una plataforma cubiertos de calaveras, guerreros descarnados, águilas y serpientes emplumadas esculpidos en piedra. En otros lugares al norte de las Tierras Bajas mayas hay estructuras que probablemente sirvieron para lo mismo; datan del Clásico Terminal y están decoradas con sombrías imágenes de calaveras, huesos cruzados y ojos fuera de sus cuencas. Estas plataformas son varios siglos anteriores a los tzompantlis de Tenochtitlan.

 

Imaginería sacrificial en el arte maya del Clásico Terminal

Si bien encontramos esqueletos, huesos y calaveras en el arte maya de las Tierras Bajas durante el periodo Clásico, tales imágenes aparecen en objetos de pequeña escala, como la cerámica policroma, o son parte de los atuendos de la elite maya en las representaciones a gran escala. Fue durante el Clásico Terminal (800-1100 d.C.) cuando muchas de las ciudades mayas del norte llegaron a su apogeo, cuando cabezas degolladas, calaveras, huesos cruzados y figuras con máscaras de calavera o parcialmente descarnadas se convirtieron en motivos importantes de su arte monumental. Esos motivos macabros son particularmente abundantes en Chichén Itzá, donde las imágenes, acompañadas de otras de corazones humanos y el sacrificio por extracción de corazón, aparecen en soportes variados: desde el jade labrado hasta los murales. Los esqueletos e imágenes de calaveras se encuentran sobre todo en dos contextos: escenas de cautiverio y sacrificio o retratos y personificaciones de seres sobrenaturales o deidades. Si bien las representaciones de huesos y cráneos pueden relacionarse con actividades funerarias y culto a los ancestros, la mayor parte es distintiva de las victorias guerreras y del sacrificio humano que se hacía tras las batallas. A partir del Clásico Terminal hubo una preocupación más específica, tanto por la representación de cráneos como por la exhibición de las cabezas mismas de los cautivos.

 

¿El primer tzompantli?

Los armazones de cráneos de los mexicas han sido documentado arqueológicamente; se reportan también en descripciones e ilustraciones coloniales, por imprecisas que éstas sean. En el caso de los mayas no existen fuentes coloniales. Sin embargo, es posible que la idea de construir plataformas permanentes de piedra para exhibir los cráneos provenga de los mayas del Clásico Terminal; de Chichén Itzá, específicamente, pues es el primer lugar conocido de Mesoamérica donde se han encontrado armazones para cráneos con relieves labrados. Una estructura semejante en Tula tal vez sea contemporánea de la de Chichén Itzá, pero no está decorada. La imaginería sacrificial y mortuoria prevalece, sin embargo, en otros contextos de ese sitio en el Centro de México. Los estudiosos aún discuten la naturaleza y fechas de la relación entre ambas ciudades, pero es indudable que comparten una ideología y un estilo artístico, en los que destacan las representaciones de cráneos, esqueletos, corazones humanos y animales predadores.

El tzompantli vecino al Gran Juego de Pelota de Chichén Itzá está a 17 grados del norte, hacia el oriente. El plano tiene forma de T y mide 55 por 12 m. Una escalera de seis metros y medio de ancho, al centro del lado este, conduce hasta la cima de la plataforma. El investigador alemán Eduard Seler la describió por primera vez en 1909; se le conoció entonces como Mausoleo II. En 1927 la gran plataforma fue excavada por el arqueólogo mexicano José Erosa Peniche; en 1940 le siguió Manuel Cirerol Sansores y, al fin, fue reconstruida por Jorge Acosta y Ponciano Salazar en 1951, quien también hizo dibujos de su estructura y de sus relieves. Dentro de la estructura se encontraron dos cráneos humanos acompañados por ofrendas de jade, cuentas de concha y espejos con mosaicos de pirita (tal vez se excavaron otros cráneos en ocasiones anteriores, pero no fue documentado). Se encontraron en este lugar, en ocasiones diferentes, fragmentos de un aro de juego de pelota labrado y dos chacmooles bien conservados. El primer chacmool descubierto por arqueólogos proviene de la vecina Plataforma de las Águilas y los Jaguares. Un chacmool sin cabeza fue hallado en una plataforma semejante en Tula, junto al tzompantli. Estos hallazgos implican que al menos algunas de esas enigmáticas figuras fungieron como ofrendas sacrificiales, probablemente de dedicación.

Los elementos más distintivos del tzompantli de Chichén Itzá son las calaveras labradas de perfil, que cubren las paredes del cabezal. El cúmulo de cabezas representadas (alrededor de 2 400) varía de manera notable, lo que indica probablemente que son obra de varios artistas o que se trata de retratos de individuos particulares. Se les representa ensartadas verticalmente en postes –a diferencia de los mexicas, que acostumbraban ensartarlas de manera horizontal. Hay cuatro hileras de cráneos, la de hasta arriba y la de más abajo forman molduras; todos los muros de la plataforma yacen en un talud estrecho e inclinado que sirve de base.

A lo largo del lado este de la plataforma, acercándose a la escalera, hay 20 figuras masculinas de perfil. Alternando con esas figuras en marcha, hay 16 águilas de gran tamaño que aferran corazones humanos entre las garras; este motivo es frecuente en el sitio y también aparece en la Plataforma de las Águilas y los Jaguares y en los tableros del Templo de los Guerreros. Tanto en las figuras humanas como en las aves de rapiña vemos restos de pintura, sobre todo azul y roja. Estos relieves están enmarcados, arriba y abajo, por molduras con serpientes de cascabel ondulantes; las de arriba son emplumadas y las de abajo segmentadas –tal vez se trate de una referencia al cielo y a la tierra. El borde superior de esa parte de la plataforma termina en una cornisa con enormes serpientes emplumadas, cuyas cabezas sobresalen, marcando los rincones de la estructura.

Traducción: Elisa Ramírez

 

Virginia E. Miller. Licenciatura en francés y español por la Universidad McGill, Montreal. Maestría en estudios latinoamericanos y doctorado en historia del arte por la Universidad de Texas, sede Austin. Profesora retirada de arte precolombino en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Illinois, sede Chicago. Especialista en arte y arquitectura de Yucatán, particularmente de Chichén Itzá.

 

Miller, Virginia E., “Tzompantlis. Un espejo en el arte maya”, Arqueología Mexicana núm. 148, pp. 40-45.

 

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