• 17-nov-2019

El mundo sobrenatural de los controladores de los meteoros y de los cerros deificados

Johanna Broda

En la religión mexica predomina la herencia de una milenaria actividad agrícola, procesada y transformada a lo largo del tiempo. Los mexicas adaptaron su religión a sus propios cambios históricos, pero conservaron como núcleo de la misma su sentido agrícola, basado en el cultivo de temporal del maíz, lo que implica una particular dependencia del medio y el reconocimiento de las altas montañas como controladores del tiempo atmosférico.

 

La evidencia arqueológica encontrada en las últimas décadas demuestra cada vez más claramente que los mexicas, lejos de ser unos recién llegados a la región central de Mesoamérica, eran los herederos del pasado de una compleja civilización, la cual basaba su sustento en la agricultura. Las sociedades mesoamericanas se desarrollaron desde, por lo menos, 2 000 a.C., sobre la base de una vida sedentaria en aldeas donde se cultivaba maíz, frijol, calabaza y chile, y se practicaba la agricultura de temporal, así como obras de riego cuando las condiciones ambientales lo permitían. Estas condiciones imprimían su sello a las instituciones sociales y políticas de los estados mesoamericanos y se reflejaban en la iconografía de sus monumentos y códices.

Religión, sociedad y naturaleza

La religión formaba una parte importante de la sociedad y en ella se reflejaban muchas actividades cotidianas y conceptos acerca de la vida de los hombres, y se expresaban reflexiones filosóficas más complejas acerca del destino del hombre y su lugar en el cosmos. Las mexicas heredaron una prolongada y sistemática tradición de observación de la naturaleza que incluía muchos elementos “científicos”, en el sentido de un registro deliberado y repetido a lo largo del tiempo de los fenómenos naturales del medio, que permitía a los especialistas hacer predicciones y orientar el comportamiento social de acuerdo con estos conocimientos.

Sin embargo, a diferencia de las sociedades industrializadas modernas, la observación de la naturaleza no era una actividad profana, sino que estaba ligada a la religión y la magia. En términos más amplios, para las sociedades mesoamericanas la integración con la naturaleza constituía un propósito importante, y los rituales y las prácticas religiosas buscaban mantener los equilibrios y vivir en armonía con la naturaleza. Para ello se construyó a lo largo de los siglos un complejo sistema calendárico, que se basó en la observación astronómica del Sol, Venus, la Luna, las Pléyades, etc., y que consistía en una serie de ciclos recurrentes e interdependientes. Los ciclos básicos eran el año solar de 365 días, dividido en 18 veintenas, y un ciclo ritual de 260 días (13 x 20).

La meteorología mexica: el culto a los cerros, las cuevas y el mar

En esta interacción con el paisaje, los cerros jugaban un papel primordial. Las altas montañas del Centro de México, entre ellas las cumbres nevadas del Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, el Nevado de Toluca, La Malinche y el Pico de Orizaba, eran personificadas como deidades y se les rendía culto periódicamente como parte de las fiestas calendáricas. Sin embargo, no sólo a ellas se les rendía culto, sino que cada pueblo tenía su dios patrón, que era el garante de su bienestar y su protector. Existían otros numerosos cerros en los alrededores de los pueblos que también conformaban el paisaje ritual. Esta deificación de las montañas tenía su base en la observación de la geografía y el clima de Mesoamérica.

Una característica general de Mesoamérica –región comprendida aproximadamente entre los 15° y los 21° de latitud norte– era su condición extrema, vinculada a la enorme variedad de microclimas dependientes de la altura y de otros factores geográficos regionales. En su mayor parte, la Mesoamérica indígena constituía un territorio accidentado con enormes cadenas montañosas que se elevan sobre valles profundos. En las cumbres de los cerros se engendran las nubes portadoras de la lluvia; nubes y niebla que también cubren los valles y las cañadas del paisaje escarpado.

De la composición calcárea y volcánica de la mayor parte del territorio proviene que las cuevas sean un rasgo particularmente común de este ambiente geográfico. Las cuevas conducen, de hecho, al interior de la tierra. Con mucha frecuencia contienen fuentes de agua cristalina, lagunas o dan acceso a ríos que corren subterráneamente. El paisaje escarpado y la existencia frecuente de agua subterránea llevaron a las culturas prehispánicas a creer que existía una conexión debajo de la tierra que comunicaba las cuevas y las fuentes con el mar. El mar que limita a Mesoamérica por ambas costas juega además un papel fundamental en la generación de los vientos portadores de la lluvia que preceden al comienzo de la estación húmeda. El mar como región limítrofe se convirtió mediante los procesos de expansión política en una expresión de poder. Quien había alcanzado estos límites, detentaba también el dominio sobre pueblos y hombres.

Sin embargo, en la cosmovisión mexica el mar era, sobre todo, el símbolo absoluto de la fertilidad, cosmovisión que también se plasmó en las numerosas ofrendas de fauna marina enterradas en el Templo Mayor de Tenochtitlan. En este sentido, el cronista fray Bernardino de Sahagún registró en el siglo xvi que los mexicas creían que el espacio debajo de la tierra estaba lleno de agua; estas aguas procedían del Tlalocan –el paraíso del dios de la lluvia– y salían para formar los ríos, los lagos y el mar.

 

Broda, Johanna, “El mundo sobrenatural de los controladores de los meteoros y de los cerros deificados”, Arqueología Mexicana núm. 91, pp. 36-43.

 

Johanna Broda. Doctora en etnología. Investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y profesora de posgrado en la UNAM y la ENAH. Especialista en el México prehispánico, en las culturas indígenas de México y en calendarios, ritualidad y cosmovisión.

 

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