• 23-jul-2019

La meteorología mexica: el culto a los cerros, las cuevas y el mar

En esta interacción con el paisaje, los cerros jugaban un papel primordial. Las altas montañas del Centro de México, entre ellas las cumbres nevadas del Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, el Nevado de Toluca, La Malinche y el Pico de Orizaba, eran personificadas como deidades y se les rendía culto periódicamente como parte de las fiestas calendáricas. Sin embargo, no sólo a ellas se les rendía culto, sino que cada pueblo tenía su dios patrón, que era el garante de su bienestar y su protector. Existían otros numerosos cerros en los alrededores de los pueblos que también conformaban el paisaje ritual. Esta deificación de las montañas tenía su base en la observación de la geografía y el clima de Mesoamérica.

Una característica general de Mesoamérica –región comprendida aproximadamente entre los 15° y los 21° de latitud norte– era su condición extrema, vinculada a la enorme variedad de microclimas dependientes de la altura y de otros factores geográficos regionales. En su mayor parte, la Mesoamérica indígena constituía un territorio accidentado con enormes cadenas montañosas que se elevan sobre valles profundos. En las cumbres de los cerros se engendran las nubes portadoras de la lluvia; nubes y niebla que también cubren los valles y las cañadas del paisaje escarpado. De la composición calcárea y volcánica de la mayor parte del territorio proviene que las cuevas sean un rasgo particularmente común de este ambiente geográfico. Las cuevas conducen, de hecho, al interior de la tierra. Con mucha frecuencia contienen fuentes de agua cristalina, lagunas o dan acceso a ríos que corren subterráneamente.

El paisaje escarpado y la existencia frecuente de agua subterránea llevaron a las culturas prehispánicas a creer que existía una conexión debajo de la tierra que comunicaba las cuevas y las fuentes con el mar. El mar que limita a Mesoamérica por ambas costas juega además un papel fundamental en la generación de los vientos portadores de la lluvia que preceden al comienzo de la estación húmeda. El mar como región limítrofe se convirtió mediante los procesos de expansión política en una expresión de poder. Quien había alcanzado estos límites, detentaba también el dominio sobre pueblos y hombres. Sin embargo, en la cosmovisión mexica el mar era, sobre todo, el símbolo absoluto de la fertilidad, cosmovisión que también se plasmó en las numerosas ofrendas de fauna marina enterradas en el Templo Mayor de Tenochtitlan. En este sentido, el cronista fray Bernardino de Sahagún registró en el siglo XVI que los mexicas creían que el espacio debajo de la tierra estaba lleno de agua; estas aguas procedían del Tlalocan –el paraíso del dios de la lluvia– y salían para formar los ríos, los lagos y el mar .

Los antiguos de esta tierra decían que los ríos todos salían a un lugar que se llama Tlalocan, que es como paraíso terrenal, y también decían que los montes que están fundados sobre él, que están llenos de agua, y por fuera son de tierra, como si fuesen vasos grandes de agua, o como casas llenas de agua ... [Por otra parte afirma que] la Mar, a la cual llaman teoatl... que quiere decir agua maravillosa en profundidad y grandeza; llámase también ilhuicaatl, quiere decir, agua que se juntó con el cielo, porque los antiguos habitadores de esta tierra pensaban que el cielo se juntaba con el agua en la mar... como si dijesen agua que se juntó con el cielo...

 

Tomado de Johanna Broda, “El mundo sobrenatural de los controladores de los meteoros y de los cerros deificados”, Arqueología Mexicana núm. 91, pp. 36-43.

 

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