• lunes, 22 de abril de 2019

Los dioses del Altiplano central

Michel Graulich

Al igual que otras civilizaciones antiguas, los mesoamericanos consideraban los componentes de su medio ambiente y las fuerzas de la naturaleza como seres con quienes era posible dialogar y establecer relaciones sociales, lo que les proporcionaba la impresión de controlarlos en cierta medida. Animales y plantas, árboles, ríos, fuentes, cerros, vientos, fuego, astros, casas, pulque, instrumentos de música, de juego o de trabajo, antepasados, podían entrar en la categoría de los teteo (“dioses”, plural de teotl), categoría mucho más amplia que la nuestra. A muchas entidades personificadas se les atribuía una “semejanza” con la forma humana: un ixiptla (“piel”, “cubierta”), con nombre y atributos definidos, y un doble o alter ego nahualli) de forma animal. Era a ellos a quienes se rendía un culto colectivo.

En varios casos, la entidad referida era sencilla. Xiuhtecuhtli era el ixiptla del fuego, Chalchiuhtlicue el del agua, Chicomecoatl el del maíz. Además de personificar tales elementos, estos dioses presidían también toda una serie de dominios evocados por, o asociados con cada principio: el calor, la vida, la pureza, la cocina… con el fuego; la pureza, la fertilidad, los alimentos… con el agua, etcétera. En otros casos, la red de referencias relacionadas con la deidad resultaba mucho más compleja; Huitzilopochtli, el “picaflor zurdo”, ilustra muy bien el caso. En tanto que numen tutelar de los mexicas, era “nada más el vasallo, el señor”, es decir, la encarnación del pueblo entero. Dios de un pueblo bélico, era además el guerrero “zurdo”, esto es, temible. Pero “zurdo” también puede significar “del sur”, ya que este punto cardinal se encuentra a la izquierda del Sol. En el plano astral, en cuanto mexica valiente, Huitzilopochtli era el Sol, astro conquistador cuyo curso diario proporcionaba el modelo de todo ciclo de vida: el de un hombre, el de un periodo, el de una era. En el plano terrestre, era el águila solar que devora a la serpiente, emblema de las tinieblas y de los ricos autóctonos. Asimismo, se le equiparaba al picaflor, representante del alma del guerrero muerto, y a veces se le figuraba como una culebra, símbolo esta vez del arraigamiento de un pueblo a su tierra prometida. Como ser nocturno, en fin, se le imaginaba como tzitzimitl, una aparición esquelética espantable.

Los dioses resultaban entidades, pero podían a su vez estar representados sobre la tierra por otras semejanzas, como imágenes, estatuas o personificaciones humanas (reyes, sacerdotes o víctimas del sacrificio). En el principio, las deidades vivían en un paraíso o sobre la tierra. Pero casi todas murieron y desde entonces son de una materia muy sutil, impalpable. Perecieron en los albores para convertirse en tierra y cielo, o en Sol y Luna, o en alimento para el Sol, y continúan muriendo mediante diversas clases de personificaciones; porque México es, por excelencia, el país donde los dioses mueren sólo para revivir. Son intangibles pero pueden materializarse en diversas formas. También tienen la facultad de manifestarse en diversos aspectos simultáneamente, por ejemplo, una para cada rumbo del universo; o de asimilarse parcial o totalmente a otra deidad.

Hay distintas maneras de agrupar a los dioses. La división más nítida separa a la pareja creadora, Ometeotl, “dios de la dualidad” (u Ometecuhtli y Omecihuatl, Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl…), de sus criaturas, los demás dioses. A diferencia de éstos, los creadores originales nunca murieron y no reciben veneración de los hombres, quienes deben dirigirse a sus dioses creadores, mientras que a estos últimos les incumbe el culto de sus progenitores. Ometeotl y Omecihuatl viven en el cielo más alto y no se ocupan del mundo sino para enviar las chispas de vida que bajan al cuerpo de la mujer que da a luz. Siguen, pues, siendo los dueños de la vida.

En cuanto dualidad o andrógino, Ometeotl reúne en sí las polaridades del universo. A este respecto, el pensamiento mexicano coincide bastante con el sistema chino del yin y el yang. Lo masculino, luminoso, celestial, ígneo, solar, activo, se opone a lo femenino, nocturno, terrestre, lunar, acuoso y pasivo. Se trata de contrarios, pero contrarios que se complementan, alternan y engendran mutuamente; la muerte resulta de la vida y la vida de la muerte; los huesos humanos son semillas, como los huesos de frutas; morir es fecundar la tierra.

Este sistema de polaridades, y el hecho de que estamos en presencia de pueblos de agricultores y guerreros, nos proporcionan otra clave para la ordenación de las deidades creadas por Ometeotl. Por un lado se encuentran los dioses: activos, llenos de ardor, astrales, creadores, fecundadores, guerreros, en movimiento; por otro lado, las diosas: más bien pasivas, ligadas al hogar y a la tierra, telúricas-nocturnas, dueñas de la sexualidad y de la fecundidad-fertilidad. (Hoy en día estas oposiciones siguen vigentes en Tecospa, polarizadas entre Dios y Guadalupe.) Pero entre los dos polos hay, por supuesto, toda una serie de posiciones intermedias.

En cuanto a las diosas, su prototipo es Tlalteotl, la “diosa tierra”. Al principio del mundo era un monstruo acuático, “lleno por todas las coyunturas de ojos y de bocas, con las que mordía, como bestia salvaje”. Quetzalcoatl y Tezcatlipoca la desgarraron en dos partes, con las cuales hicieron la bóveda celeste y la tierra. De su cuerpo nació “todo el fruto necesario para la vida del hombre” pero, a cambio, la diosa exigió sangre y corazones humanos. Tlalteotl simboliza la tierra y a la mujer, dueña de la casa y, desde luego, siempre anclada en el mismo lugar. Es la “autóctona” por definición, cuyo cuerpo forma la casa que es el mundo. Es la tierra, que devora a los hombres pero da la vida. Es la primera víctima, la primera vencida y la primera “guerrera heroica”, o sea, muerta en el parto. Bajo su forma humana se le llama “nuestra abuela” (Toci), “madre de dioses” (Teteo Innan), “mujer culebra” (Cihuacoatl), “mariposa de obsidiana” (Itzpapalotl), etcétera. Algunos nombres corresponden a aspectos más específicos. Itzpapalotl y Cihuacoatl son más bien las seductoras y las autóctonas, y Cihuacoatl la guerrera y la diosa del parto, al igual que la lunar Coyolxauhqui. Xochiquetzal es la mujer joven y bella; Tlazolteotl, la diosa del tejido y, como su nombre lo indica, de la basura –o sea, de “lo terreno”, la sexualidad. El grupo de las diosas está relativamente poco diferenciado. Sólo las diosas del agua, del pulque, de la sal y del oxitl reinan sobre dominios bien delimitados. Cabe agregar que casi todas estas diosas murieron en el parto o en la guerra; y en cuanto guerreras, invaden el terreno del grupo opuesto, el de los dioses.

Michel Graulich. Doctor en filosofía y letras por la Universidad Libre de Bruselas. Profesor en la Escuela Práctica de Altos Estudios (sección Ciencias Religiosas) de Paris, y en la Universidad de Bruselas.

 

Graulich, Michel, “Los dioses del Altiplano central”, Arqueología Mexicana, núm. 20. pp. 30-39.

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