• 15-jul-2020

Los dioses mesoamericanos

Alfredo López Austin

6. Los dioses

Los primeros juicios externos de los seres imperceptibles

El cristianismo tuvo como cuna la diversidad cultural del ámbito mediterráneo en una época en que el dominio romano se extendía sobre un mundo complejo. A la base judía y monoteísta del cristianismo, se unió la tradición helenística, que a su vez se había nutrido del panteón clásico y de los cultos orientales y egipcios. Pese a las corrientes politeístas que lo conformaron, sus bases monoteístas fueron reforzadas por la filosofía neoplatónica y el gnosticismo, concepciones que, unidas al original maniqueísmo de Agustín de Hipona, fueron fundamentales en el pensamiento de este gran teólogo cristiano. Al postular su concepción del monoteísmo, Agustín de Hipona trasladó al cristianismo la idea neoplatónica de Dios como bien supremo y del mal como la privación del bien.

Pese a sus bases monoteístas, los contactos del cristianismo con el politeísmo se mantuvieron durante todo el transcurso de la Edad Media. Originalmente, en su difusión por el norte y el occidente europeos, el cristianismo fue influido por los cultos celtas, germánicos y eslavos. Esto produjo una tensión permanente entre los principios prescritos desde la institucionalidad eclesiástica y las tendencias populares a mantener los antiguos credos y prácticas. Como principio, venció la idea del monoteísmo cristiano, establecida teológicamente como el dogma de la Trinidad, mientras que el paganismo fue oficialmente condenado. A partir de esta concepción, la tradición cultural clásica fue negada durante siglos con el estigma de su politeísmo, asociado ahora a la condenación eterna de sus antiguos practicantes.

El cristianismo traído por los españoles a América había convertido la condena y el combate al politeísmo en justificación de la conquista. La argumentación más firme era que el pensamiento indígena había sido guiado desde tiempos inmemoriales por el Demonio mismo, quien había aprovechado la lejanía de la prédica del evangelio para convertir toda esta parte del mundo en sus dominios. La semejanza entre algunas prácticas cristianas y las de los indígenas fue oprobiosa para los evangelizadores, que con ella corroboraban la idea demoníaca, pues la práctica de rituales parecidos al bautismo, a la confesión o a la comunión en las tierras conquistadas probaba que el eterno Enemigo había querido copiar, para gloria propia, lo que legítimamente pertenecía al dios de los cristianos. La idea prevaleciente era que los dioses eran demonios, descubrimiento suficiente para alertar a los evangelizadores y para explicar los prodigios a que se referían los neófitos cuando hablaban de sus antiguas experiencias milagrosas.

Sin embargo, no fue ésta la única explicación de la naturaleza de los dioses indígenas. Una antigua interpretación del monoteísmo neoplatónico, utilizada posteriormente por judíos y cristianos, era que los dioses habían tenido como origen el prestigio de hombres notables. La memoria de sus méritos había ido creciendo a través de las generaciones, hasta convertir a aquellos mortales en númenes de sus nutridos panteones. Fue un buen argumento que, sin dejar atrás la demonización, sirvió para explicar cómo las historias de algunos antiguos caudillos –Quetzalcóatl y Huitzilopochtli se citaron entre ellos– habían transformado hombres en divinidades.

Si, según las creencias cristianas, el Demonio o la mala memoria eran la fuente de la creencia en los dioses del paganismo, el modelo de intelección podía encontrarse en otras religiones que habían tenido iguales orígenes. Los dioses indígenas fueron equiparados a los de la antigüedad clásica para incluir a todos ellos y a sus engañados fieles en la gran población humana destinada a la condenación eterna.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM. Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas (UNAM). Profesor de Posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM).

López Austin, Alfredo, “6. Los dioses”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 69, pp. 8-22.

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