• 12-dic-2019

Paso de Cortés (II)

Ismael Arturo Montero García

Segunda de tres partes

Tres aspectos resultan relevantes al tomar los españoles la ruta del Paso de Cortés: el primero es la táctica militar, pues al seguir un camino por terrenos agrestes por los que no se espera su incursión, intentan sorprender a los mexicas y evitan ser emboscados; el segundo es el prestigio obtenido al ascender al Popocatépetl, pues se muestran valerosos; y el tercero es de carácter simbólico, pues pretenden relacionarse con el mito de la huida de Quetzalcóatl, lo cual lleva a la confusión de considerar la llegada de Cortés como el retorno del dios.

Una de las crónicas que mejor cuenta este suceso es la Historia de la conquista de Mejico, de Antonio de Solís:

No se espantaban los indios de ver el humo por ser casi ordinario en este volcán, pero el fuego, que se manifestaba pocas veces, los entristecía y atemorizaba como presagio de venideros males, porque tenían aprendido que las centellas cuando se derramaban por el aire y no volvían a caer en el volcán, eran las almas de los tiranos que salían a castigar la tierra, y que sus dioses cuando estaban indignados se valían de ellos como instrumentos adecuados a la calamidad de los pueblos.

En este delirio de su imaginación estaban discurriendo con Hernán Cortés, Magiscatzin y algunos de aquellos magnates que ordinariamente le asistían; y él reparando en aquel rudo conocimiento que mostraban de la inmoralidad, premio y castigo de las almas, procuraba darles a entender los errores con que tenían desfigurada esta verdad, cuando entró Diego de Ordaz a pedirle licencia para reconocer desde más cerca el volcán, ofreciendo subir a lo alto de la sierra y observar todo el secreto de aquella novedad. Espantáronse los indios de oír semejante proposición y procurando informarle del peligro y desviarle del intento, decían: “que los más valientes de su tierra sólo se atrevían a visitar alguna vez unas ermitas de sus dioses que estaban a la mitad de la eminencia, pero que de allí adelante no se hallaría huella de humano pie, ni eran sufribles los temblores y bramidos con que se defendía la montaña”. Diego de Ordaz se encendió mas en su deseo con la misma dificultad que le ponderaban; y Hernán Cortés, aunque lo tuvo por temeridad, le dio licencia para intentarlo, porque viesen aquellos indios que no estaban negados sus imposibles al valor de los españoles, celoso a todas horas de su reputación y la de su gente. Acompañaron a Diego de Ordaz en esta facción dos soldados de su compañía, y algunos indios principales que ofrecieron llegar con el hasta las ermitas, lastimándose mucho de que iban a ser testigos de su muerte. Es el monte muy delicioso en su principio, hermoseándose por todas partes frondosas arboledas, que subiendo largo trecho con la cuesta, suavizan el camino con su amenidad, y al parecer con engañoso divertimento llevan al peligro por el deleite. Vase después esterilizando la tierra, parte con la nieve, que dura todo el año en los parajes que desampara el sol o perdona el fuego, y parte con la ceniza, que desampara desde lejos con la oposición del humo. Quedáronse los indios en la estancia de las ermitas, y partió Diego de Ordaz, con sus dos soldados, trepando animosamente por los  riscos y poniendo muchas veces los pies donde estuvieron las manos, pero cuando llegaron a poca distancia de la cumbre, sintieron que se movía la tierra con violentos y repetidos vaivenes, y percibieron los bramidos horribles del volcán, que a breve rato disparó con mayor estruendo gran cantidad de fuego envuelto en humo y ceniza, y aunque subió derecho sin calentar lo transversal del aire, se dilató después en lo alto, y volvió sobre los tres una lluvia de ceniza tan espesa y tan encendida que necesitaron de buscar su defensa en el cóncavo de una peña, donde faltó el aliento a los españoles, y quisieron volverse, pero Diego de Ordaz viendo que cesaba el terremoto, que se mitigaba el estruendo y salía menos denso el humo, los animó a adelantarse, y llegó a la boca del volcán, en cuyo fondo observó una gran masa de fuego, que al parecer hervía como materia líquida y resplandeciente, y reparó en el tamaño de la boca, que ocupaba casi toda la cumbre y tendría como un cuarto de legua su circunferencia.

Volvieron con esa noticia, y recibieron enhorabuena de su hazaña, con grande asombro de los indios que redundó en mayor estimación de los españoles. Esta bizarría de Diego de Ordaz no pasó entonces de una curiosidad temeraria, pero el tiempo la hizo de consecuencia, y todo servía en esta obra, pues hallándose después el ejército con falta de pólvora para la segunda entrada que se hizo por fuerza de armas en Méjico, se acordó Cortés de los hervores de fuego líquido que se vieron en este volcán, y halló en el toda la cantidad que hubo menester de finísimo azufre para fabricar esta munición; con que se hizo recomendable y necesario el arrojamiento de Diego de Ordaz y fue su noticia de tanto provecho en la conquista, que se la premió después el emperador con algunas mercedes, y ennobleció la misma facción dándole por armas el volcán.

Sin embargo, Hernán Cortés en la segunda de las Cartas de relación manifiesta que Diego de Ordaz y sus acompañantes jamás llegaron a la cima del Popocatépetl a causa de: “la mucha nieve […] y de muchos torbellinos que de la ceniza que de allí sale […] y también porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía, pero llegaron muy cerca de lo alto”. ¿Acaso Cortés recelaba del éxito de su capitán y quiso restarle mérito a su empresa?

 

Ismael Arturo Montero García. Arqueólogo, maestro en historia de México, doctor en antropología con posdoctorado en antropología ecológica. Miembro del SNI-Conacyt. Premio Nacional al Mérito Forestal 2002. Asesor de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Director del Centro de Investigación y Divulgación de la Ciencia de la Universidad del Tepeyac.

Montero García, Ismael Arturo, “Paso de Cortés”,  Arqueología Mexicana, núm. 160, pp. 77-81.

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