La historia de los mexicas es un cordel formado por dos hilos enlazados: el tenochca y el tlatelolca, y es necesario intentar desenredarlo para comprenderlo, ya que las fuentes etnohistóricas del siglo XVI presentan diferencias, aunque las realizadas por manos indígenas son más fidedignas. Sin duda el mexica fue el pueblo que concretó la maravillosa herencia mesoamericana y el objetivo de la conquista europea.
Robert H. Barlow llamó a un relato La Crónica X, quizá autoría de fray Andrés de Olmos, pionero en los albores del siglo XVI en la recuperación de su confuso pasado; la mayoría de los autores coincide que emigraron de Aztlan “el lugar de las garzas”, “lugar de la blancura” (véase, por ejemplo: Chimalpahin, 1982, p. 63; Historia de los mexicanos por sus pinturas, en Garibay, 1985, p. 44; Códice Boturini, 1975; Alvarado Tezozómoc, 1944, p. 223; Códice Aubin de 1576, 1980, pp. 11-13; Códice Ramírez, 1985, pp. 2-3; Torquemada, 1969, p. 31). Chimalpahin (1982, p. 63) habla de 1 004 años de desarrollo de los mexicas en ese lugar. Cristóbal del Castillo (1991, pp. 113, 115, 117) asevera que los mexicas eran los pescadores de los aztecas, quienes los odiaban, y su guía Huitzilopochtli los sacó de Aztlan para ir al segundo lugar: Chicomóztoc, “el lugar de las siete cuevas”. Sahagún afirma:
Por la cual cuenta no se puede saber que tanto tiempo estuvieron en Tamoanchan, y se sabía por las pinturas que se quemaron en tiempo del señor de México que se decía Itzcóatl. En cuyo tiempo los señores y principales que había entonces acordaron y mandaron que se quemasen todas, porque no viniesen a manos del vulgo y viniesen en menosprecio (Sahagún, 1985, p. 611).
Fue necesario ocultar que carecían de un linaje culto o divino, a pesar de que las crónicas nos permiten ver que se trató de un grupo con estructura social compleja: calendario, religión politeísta, agricultura, etc. De Aztlan salieron varios grupos (Códice Ramírez, 1985, p. 21), el mexica se separó de ellos por mandato divino (Durán, 2002, vol. I, p. 30), lo que fue condicionante de su futuro, y Huitzilopochtli decidió cada paso (Anales de Tlatelolco, 1980, p. 32). Torquemada refiere que emigraron con el nombre de aztecas y al llegar a un enorme árbol, su dios lo partió por la mitad y les habló:
Ya estáis apartados, y segregados de los demás, y así quiero que como escogidos míos, ya no os llaméis Aztecas, sino Mexicas, y que ahí, fue donde primeramente, tomaron este Nombre de Mexicanos y juntamente, con trocarles el Nombre, les puso señal en los Rostros, y en las Orejas, un emplasto de trementina, cubierto de plumas, tapándoselas con él; y dióles juntamente un Arco, y unas Flechas, y un Chitlatli… (Torquemada, 1969, vol. I, p. 79).
En el Códice Aubin de 1576 (1980, p. 14) se menciona que después de desgajarse el árbol, su dios les ordenó separarse de los demás grupos. Más tarde abandonan a Malinalxóchitl en un paraje de Michoacán, quien se fue a fundar Malinalco (Durán, 2002, pp. 30-31) y fue madre de Cópil. Otra división es citada en los Anales de Tlatelolco (1980, p. 33).
En la mayoría de las crónicas, los tlatelolcas son vistos como parte de los tenochcas, quizá debido a que en el momento de la conquista europea Tenochtitlan y Tlatelolco formaban una sola ciudad, pero las fuentes relatan diferencias entre ambos y su obligada separación antes de asentarse en las islas del lago de Texcoco, y se fundó en primer término la ciudad de Tlatelolco. Pablo Martínez del Río menciona en su primera “Nota preliminar” de Tlatelolco a través de los tiempos la siguiente reflexión: “Nada en realidad, sabemos acerca de la fundación de Tlatelolco, si bien desde antaño existía una tradición, sin duda antiquísima y que encontramos transcrita por Gómara, según la cual Tlatelolco debía reputarse más antiguo que la propia Tenochtitlan (Martínez del Río, 1944, vol. I, p. 5).
Salvador Guilliem Arroyo. Arqueólogo por la ENAH. Maestro en estudios mesoamericanos por la UNAM. Director del Proyecto Tlatelolco desde 1987.
Tomado de Salvador Guilliem Arroyo, “Tlatelolco a través del tiempo”, Arqueología Mexicana, núm. 197, pp. 40-57.

