• sábado, 18 de mayo de 2019

Templo Mayor. Vestigios prehispánicos

Raúl Barrera

Los antecedentes de uno de los proyectos arqueológicos más exitosos de México, con amplio reconocimiento a nivel internacional, iniciaron el 21 de febrero de 1978, cuando trabajadores de la compañía de Luz y Fuerza, al hacer una excavación en la esquina que formaban las calles de Argentina y Guatemala, se encontraron con una piedra con relieves que les pareció importante, por lo que decidieron notificar al INAH. Los arqueólogos Ángel García Cook y Raúl Arana Álvarez atendieron la denuncia. A los pocos días, Felipe Solís Olguín, miembro del equipo del rescate arqueológico del monolito de forma circular, se percató que se trataba de Coyolxauhqui, hermana de Huitzilopochtli e hija de Coatlicue. Este trascendental acontecimiento fue el detonador para que de inmediato se abriera la posibilidad de excavar el Templo Mayor de Tenochtitlan, y correspondió al arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma asumir esta responsabilidad (Matos, 1999, pp. 177-192; Matos, 2002, pp. 265-269). Este proyecto del INAH comenzó el 20 de marzo de 1978 y concluyó en 1982 (las actividades del proyecto continúan, ahora bajo el mando del Dr. Leonardo López Luján). Tras cinco años de intensos trabajos de excavación se logró la liberación casi total del Templo Mayor, principal edificio del recinto sagrado de Tenochtitlan.

Al entrar a la zona arqueológica (desde el nuevo vestíbulo en la Plaza Manuel Gamio), los visitantes observarán seis de las siete etapas constructivas del basamento, la primera relacionada con la fundación de Tenochtitlan, hacia 1325, y la última con la llegada de Hernán Cortés y su ejército de conquistadores, en 1519; cada ampliación del edificio se relaciona con cada uno de sus gobernantes.

Conforme el visitante avance en su recorrido, identificará algunos de los rasgos arquitectónicos del Templo Mayor, considerado por los tenochcas como el centro u ombligo del universo, desde donde era posible ascender a los niveles celestes o descender al inframundo, y a partir del cual partían los cuatro rumbos del universo. Las excavaciones en este edificio, que en su última etapa de ampliación midió 84 m de norte a sur y 77 m de este a oeste, con unos 45 m de altura, permitieron profundizar en su simbolismo; la plataforma sobre la que se asienta vendría siendo el nivel terrestre, los cuatro cuerpos arquitectónicos

 

Raúl Barrera Rodríguez. Arqueólogo por la ENAH. Investigador de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH. Responsable del Proyecto de Arqueología Urbana.

 

Barrera Rodríguez, Raúl, “Templo Mayor. Vestigios prehispánicos”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 79, pp. 32-35.

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