• miércoles, 15 de agosto de 2018

Ollas azules: lluvia a cántaros

En el Templo Mayor se encontraron seis ofrendas relativamente pobres: la 25, la 26, la 28, la 35, la 43 y la 47. Se encontraban en la mitad septentrional del Templo Mayor, o sea, en la parte correspondiente al santuario de Tláloc. Todas fueron enterradas en el relleno constructivo de uno de los cuerpos de la etapa III, alrededor de 1431 d.C. Esto significa que los sacerdotes las inhumaron durante las obras de ampliación que han sido adjudicadas a Itzcóatl.

Cada depósito tenía una olla globular y un cajete de cerámica, así como varias cuentas de piedra verde. Con antelación a su enterramiento, ollas y cajetes fueron salpicados con pigmento azul. Inmediatamente después, los oferentes introdujeron en su interior conjuntos de tres, cuatro o cinco cuentas de piedra verde. Por último, los dones fueron protegidos con tierra fina y, en algunos casos, con lajas o sillares, justo antes de quedar sepultados definitivamente por el núcleo del basamento.

La correlación de las ollas con el culto al dios de la lluvia es bastante clara. El nexo se deriva, primeramente, de su presunta función como contenedores de líquidos y de su coloración celeste. En segundo término, debemos tomar en cuenta la posición septentrional de estos artefactos respecto al Templo Mayor: en varios documentos del siglo XVI, la imagen de la capilla de Tláloc está coronada con almenas en forma de jarras de agua. Asimismo, ollas similares a las descubiertas durante nuestros trabajos arqueológicos desempeñaban un papel fundamental en la veintena de etzalcualiztli, dedicada al dios de la lluvia. Según el Códice Florentino, casi al finalizar las celebraciones, los ministros del culto sacrificaban a quienes habían personificado a los tlaloque. El corazón de estas personas era depositado en vasijas pintadas de azul –llamadas “ollas de nubes”– que más tarde serían arrojadas junto con innumerables cuentas de piedra verde en el remolino de Pantitlan.

Las ollas globulares no eran los únicos recipientes asociados a las solemnidades del dios de la lluvia. Los habitantes de Tenochtitlan también emplearon vasos y jarras, de cerámica o de piedra, decorados con la faz de Tláloc o simplemente pintados de azul. Evidentemente, la elaboración de estas peculiares piezas no es exclusiva de los mexicas, sino que su producción se remonta a tiempos del Preclásico y se distribuye por la mayor parte del territorio mesoamericano. En el Centro de México, la fabricación de estos recipientes tiene profundas raíces. Beatriz Barba recuperó en el sitio de Tlapacoya, del Preclásico, lo que a su juicio pudieran ser los prototipos de las ollas Tláloc teotihuacanas. Se trata de extraños botellones antropomorfos de cerámica negra pulida que representan a un ser con grandes colmillos. Sin embargo, los primeros recipientes con innegables rostros del dios de la lluvia fueron producidos en Teotihuacan. Han sido encontrados en contextos de la fase Tzacualli (1-150 d.C.) tanto en Oztoyahualco como en la Pirámide del Sol. Con el paso del tiempo, las ollas Tláloc teotihuacanas adquirieron formas más complejas, y se produjeron en mayores cantidades y con mejores acabados.

La manufactura de este tipo de vasijas-efigie continuaría, después de la caída de esa urbe, a todo lo largo del llamado Epiclásico (650-900 d.C.). Entre ellas sobresalen los vasos efigie y las jarras de Xochicalco, Morelos. Durante el periodo Posclásico (900-1521 d.C.), estos recipientes alcanzaron su máxima difusión. Se les ofrendó por doquier, principalmente en templos, lagos, manantiales, cuevas y cerros. Por ejemplo, en las ruinas de Tula, la indiscutible capital del altiplano, del Posclásico Temprano, se han hecho varios hallazgos de esta naturaleza. Por su parte, los habitantes del valle de Puebla-Tlaxcala elaboraron falsas jarras Tláloc muy semejantes a las representadas en las láminas 27 y 28 del Códice Borgia. Estas piezas votivas, halladas en Tizatlán y Cholula, son figurillas moldeadas y planas con un asa burda en torsal.

Hasta aquí hemos discutido las connotaciones simbólicas de las ollas Tláloc y su amplia difusión en el tiempo y el espacio. No obstante, la comprensión del significado de las seis ofrendas del Templo Mayor sólo es posible con la ayuda de la información contextual. La clave central reside en la posición correlativa de los dones: las ollas fueron acostadas intencionalmente y los cajetes se colocaron en posición horizontal abajo de la abertura de las ollas. En otras palabras, registramos en cada ofrenda la presencia de una olla azul con cuentas de piedra verde en su interior, la cual estaba abatida sobre uno de sus costados y cuya abertura se asociaba a un cajete. Este hecho no debe sorprendernos, pues contamos con numerosos casos análogos en el recinto sagrado de Tenochtitlan. Por ejemplo, en la ofrenda 48, había 11 esculturas de tezontle que imitan jarras Tláloc, todas ellas recostadas intencionalmente sobre los cadáveres de cuando menos 42 infantes sacrificados.

El porqué de la posición inclinada de estos recipientes parece quedar claro en la descripción que se hace en la Historia de los mexicanos por sus pinturas acerca del mundo de las divinidades acuáticas:

Del cual dios del agua [Tláloc] dicen que tiene un aposento de cuatro cuartos, y en me- dio de un gran patio, do están cuatro barreñones grandes de agua: la una es muy buena, y de ésta llueve cuando se crían los panes y semillas y enviene en buen tiempo. La otra es mala cuando llueve, y con el agua se crían telarañas en los panes y se añublan. Otra es cuando llueve y se hielan; otra cuando llueve y no granan y se secan.

Y este dios del agua para llover crió muchos ministros pequeños de cuerpo, los cuales están en los cuartos de la dicha casa, y tienen alcancías [vasijas] en que toman el agua de aquellos barreñones y unos palos en la otra mano, y cuando el dios de la lluvia les manda que vayan a regar algunos términos, toman sus alcancías y sus palos y riegan del agua que se les manda, y cuando atruena, es cuando quiebran las alcancías con los palos, y cuando viene un rayo es de lo que tenían dentro, o parte de la alcancía (cap. II).

A partir de lo expuesto, puede proponerse que los sacerdotes mexicas representaron en estas seis ofrendas las alcancías de los tlaloque en una posición tal que simulan verter agua preciosa sobre la superficie terrestre. En Mesoamérica abundan datos que corroboran dicha propuesta. Destaca a este respecto el fragmento de un tepetlacalli mexica que se conserva en el British Museum. En una de sus caras se aprecia a Tláloc volando en medio de las nubes. Sujeta con una mano una olla, de la cual emergen copiosamente mazorcas y chorros de agua rematados con cuentas de piedra verde y caracoles. Existen asimismo representaciones iconográficas similares en los murales de Teotihuacan y de Cacaxtla. En Tepantitla, por ejemplo, se pintó al dios de la lluvia asiendo ollas decoradas con su propio rostro. Y en el mural de la jamba norte del Edificio A de Cacaxtla, se puede admirar un personaje que sostiene con el brazo derecho una vasija decorada con un mascarón de Tláloc, de la cual brotan gotas de agua.

Las pictografías cuentan con escenas similares. Las láminas 27 y 28 del Borgia, que se refieren a los pronósticos del clima y las cosechas, muestran a los tlaloque produciendo diversos tipos de lluvia. El Códice Vaticanus A (f. 4v) nos muestra a Chalchiuhtlicue cuando inunda la faz de la tierra, poniendo fin de esta manera a la primera de las cinco eras de la cosmovisión nahua. En numerosas láminas de los códices mayas Dresde (láms. 36, 39, 43 y 74) y Madrid (láms. 9, 13 y 30) aparecen Chaac y la Diosa del Tejido, vaciando sobre la superficie terrestre el agua contenida en cántaros. De manera significativa, casi todas las escenas en cuestión se localizan en secciones dedicadas a los almanaques de campesinos y a la glorificación de la temporada de lluvias.

Para concluir, mencionemos que en la actualidad se llevan a cabo ceremonias en territorio oaxaqueño que mucho nos recuerdan los contextos oblatorios del Templo Mayor. Entre ellas destaca el procedimiento para hacer llover de los zapotecos de San Antonino Ocotlán. Allí, cada vez que escasea el líquido, un serrano que es tenido como nahual de belde nis (“culebra de agua”) entierra una olla en el cerro. Supuestamente, esta olla se convertirá con el paso del tiempo en un charco. Los chontales de Guiengola, en el istmo de Tehuantepec, siguen un método similar que ellos llaman “sembrar el agua”.

 

Tomado de Leonardo López Luján, “Aguas petrificadas. Las ofrendas a Tláloc enterradas en el Templo Mayor de Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana núm. 96, pp. 52-57.

 

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