• lunes, 17 de diciembre de 2018

La turquesa

Phil C. Weigand

En el noroeste de México, región que en otro tiempo incluía el hoy suroeste de Estados Unidos, es muy importante y antiguo el tema de la minería. Las minas y los asentamientos mineros han otorgado a esa vasta región mucho de su carácter sociohistórico y cultural distintivo. La exploración, explotación y obtención mineras se cuentan de hecho entre los factores que dieron origen a la formación de la antigua estructura comercial de Mesoamérica. La actividad minera fue muy importante en ciertas áreas del noroeste en varios o en todos los niveles de organización económica. La explotación de recursos raros en una región árida como es la norteña, llevada a cabo para su propia utilidad por una civilización corno la mesoamericana, no debe sorprendernos: es uno de los aspectos socioeconómicos y políticos más perdurables en la historia mundial. Entre la larga lista de minerales obtenidos en el norte, uno, la turquesa propiamente dicha, cuya composición química consta de fosfato de cobre y aluminio, sobresale como elemento de importancia mayor.

La turquesa y el simbolismo mesoamericano

Esta piedra preciosa aparece en casi todos los ámbitos donde se conjuntan el pensamiento y el simbolismo del sistema ideológico mesoamericano. Se le relacionaba con la lluvia, la sabiduría, el discurso sagrado, la fertilidad, el poder político, el concepto del tiempo, etc., asociaciones que probablemente tienen más de dos milenios de antigüedad. Ninguna otra civilización, ni antes ni después, ha valorado tanto la turquesa como la antigua Mesoamérica.

Dado que la turquesa no se encuentra en su forma mineral cerca de los antiguos centros de consumo de Mesoamérica, su obtención exigía un esfuerzo especial. Se ha estimado que existe más de un millón de piezas de turquesa provenientes de sitios mesoamericanos de todas las épocas. Algunas de ellas se han obtenido en excavaciones arqueológicas y otras por distintas vías han llegado a museos y colecciones privadas. Esa gran cantidad seguramente es sólo un pequeño porcentaje de la que en realidad circulaba en Mesoamérica en la antigüedad y sólo puede ser explicada como el resultado de un esfuerzo sistemático para su adquisición. Por lo demás, el impacto de los esfuerzos de explotación debe de haber sido considerable en las sociedades cercanas a los depósitos naturales.

 Chalchihuites

Las sociedades más antiguas que mostraron un gran interés en la minería en las comarcas norteñas de la civilización emergente datan del periodo Formativo Tardío. En la Sierra Gorda de Querétaro se estableció un complejo minero a gran escala en el que se estima que había entre 2 000 y 3 000 minas, aunque, por supuesto, no todas ellas pertenecieron a los periodos más tempranos del desarrollo. Ahora bien, aun cuando el número de minas es muy grande, en realidad son relativamente pequeñas, si las comparamos con las que han sido encontradas en la región de Chalchihuites, en Zacatecas. El complejo minero cercano al sitio de Chalchihuites es monumental en todo el sentido de la palabra y es el más grande y notable que haya sido consignado como perteneciente a la antigua Mesoamérica. Comprende alrededor de 800 minas, de las que fueron sacados millones de toneladas de escombros. La ingeniería aplicada en las minas era sofisticada. La mina más larga que haya sido medida tiene cámaras y túneles que se distribuyen a lo largo de más de tres kilómetros. Las actividades del complejo minero de Chalchihuites comenzaron probablemente entre los años 200 y 500 d.C. y alcanzaron su apogeo entre 500 y 800 d.C.

Ya que la turquesa química no se encuentra en estado natural en la zona de Chalchihuites, la minería en el lugar tenía otros propósitos, entre ellos obtener una gran variedad de piedras de color azul verde (malaquita, azurita y cuprita); cinabrio, limonita, hematita, pedernal intemperizado y blanco, cal y pirita eran los materiales recuperados en las excavaciones. Además de sus propias operaciones mineras, la gente de la zona obtenía sistemáticamente la turquesa de otras regiones, tanto como producto de intercambio como en cuanto elemento de consumo para sus clases dirigentes. Ciertas variedades de turquesa, aunque de mala calidad, se obtenían cerca, en depósitos de otras zonas de Zacatecas y de San Luis Potosí y Coahuila, si bien esos depósitos no fueron tan extensamente explotados como los de mejor calidad que se encontraban más al norte.

Comercio de la turquesa

Aunque las turquesas aparecieron en Mesoamérica antes del periodo Clásico, fueron los experimentados mineros y comerciantes de la zona de Chalchihuites quienes introdujeron las turquesas de calidad en la estructura comercial de la región. Las culturas asociadas a la de Chalchihuites o colaboradoras de ella fueron la hohokam (Arizona y Sonora), la mogollón (Nuevo México y Chihuahua) y, después, la anasazi (Arizona, Nuevo México, Utah y Colorado), que estaban asentadas cerca de donde se encuentran los depósitos norteños de mejor calidad. Durante el periodo Clásico, la turquesa se encuentra con una frecuencia cada vez mayor, desde Quintana Roo, en el sur, hasta la red de Grandes Kivas, en el norte; en otras palabras, de un extremo de la civilización al otro.

Consecuentemente, el aumento de la demanda de la turquesa en la civilización mesoamericana que se detecta en las fases más tempranas fue el corolario cronológico de la intensificación sociocultural entre los pueblos hohokam, mogollón y anasazi. La demanda de la gema más preciada, así definida por los mesoamericanos, no puede verse como un fenómeno aislado; la evolución de los sistemas socioculturales de las regiones norteñas debe ser considerada dentro de ese contexto.

No se ha podido estimar cuántos depósitos de turquesa fueron explorados al inicio de los proyectos mineros; no obstante, parece razonable proponer las siguientes áreas de extracción: dos en Nuevo México (Cerrillos y Azure), una en Arizona (Gleason/Courtland), una en California (Halloran), por lo menos dos en Zacatecas (Mazapil y Mulatos), una en Coahuila (Santa Rosa) y una en San Luis Potosí (Salinas).

Phil C. Weigand. Doctor en antropología. Especialista en arqueología, etnografía y etnohistoria del Occidente de México. Investigador del Centro de Estudios Antropológicos y del Consejo de Etnohistoria de El Colegio de Michoacán, Zamora, Michoacán.

 

Weigand, Phil C., “La turquesa”, Arqueología Mexicana, núm. 27, pp. 26-33.

Texto completo en la edición impresa. Si desea adquirir un ejemplar:

https://raices.com.mx/tienda/revistas-rocas-y-minerales-prehispanicos-AM027