K’uhul Chatahn winik, ‘persona divina de Chatahn’, es un título de tradición muy antigua: se le menciona en el norte de Petén desde el Clásico Temprano.
Los tributos intensificaron la política imperial y el poder militar, y contribuyeron tanto material como simbólicamente a conquistas y alianzas futuras.
En Mesoamérica había por lo menos tantos nombres de dioses o espíritus de la lluvia como idiomas o culturas. Tláloc, al que mejor conocemos, tenía al menos 26 advocaciones.
Sobre la caída de Teotihuacan hacia 650 d. C., sabemos que la parte central de la ciudad fue incendiada y saqueada, y que un tiempo después hubo migraciones masivas fuera de la Cuenca de México.
Las excavaciones en la Acrópolis de Kinichná y en los solares prehispánicos que se encuentran al oriente de ese gran complejo arquitectónico, permitieron fijar el lugar del primer asentamiento y sus características básicas.
En un abrigo rocoso, en Zimapán, Hidalgo, se encontró un fardo mortuorio con los restos óseos de un adulto de aproximadamente 20 años de edad al morir, hasta ahora caso único en la arqueología de la entidad.
El empleo en Mesoamérica de piedras semipreciosas de tonalidades verdosas, de textura tersa y de superficie brillante y reflejante, hunde sus raíces profundamente en el tiempo.
Entre 1600 a.C. y 900 d.C., en Tlaxcala se dieron desarrollos que incluyen la transición a la agricultura, la formalización de tradiciones religiosas, la urbanización, el auge y el colapso de estados, y la migración.
Los pueblos mesoamericanos utilizaron de manera extensiva las piedras duras de color verde para crear joyas y divisas que servían de marcadores sociales de estatus.