De todos los materiales preciosos disponibles, incluso oro, plumas de quetzal y turquesa, ningún otro estuvo tan arraigado en la antigua Mesoamérica como el jade.
El consumo del tabaco es un elemento central de la religión, las costumbres y las prácticas rituales de los amerindios norteamericanos desde tiempos ancestrales.
En el siglo XVI el jade era descrito como “una piedra que la muy fina dellas parece plasma de esmeraldas, que tira a verde con un color lácteo, la más verde es la mejor”.
Seis meses de labores y la remoción de 38 m cúbicos de rellenos constructivos fueron necesarios para alcanzar el lugar donde se encontraba sepultada la ofrenda dedicatoria del monolito de Tlaltecuhtli.
Piedras o gemas consideradas muy valiosas, chalchíhuitl y xíhuitl (jades y esmeraldas), aparecen mencionadas muchas veces en los códices como metáforas de lo que es bello y valioso.
El empleo en Mesoamérica de piedras semipreciosas de tonalidades verdosas, de textura tersa y de superficie brillante y reflejante, hunde sus raíces profundamente en el tiempo.
Los pueblos mesoamericanos utilizaron de manera extensiva las piedras duras de color verde para crear joyas y divisas que servían de marcadores sociales de estatus.